lunes, 23 de mayo de 2011

Recuerdos

Hay momentos que uno nunca olvida y probablemente jamás olvidará. Existes instantes de esos que se recuerdan toda la vida. Yo no sé cuántos años viva pero estoy convencido de que algún día, quizá en muchos años, esté en algún lugar que ahora desconozco - pero que para ese entonces ya no desconoceré -, y tal vez en ese momento pueda recordar con disimulada alegría todas las cosas que ahora conservo en absoluto silencio.

Siempre digo que no llegaré a ser anciano, que mi desordenada vida y mis comprobadas limitaciones físicas no me permitirán serlo, pero ahora más que nunca me gustaría llegar a una edad prolongada.

Creo que cada anciano guarda indescifrables secretos de su larga vida. Incluso existen secretos que nunca se revelan y que, quizá, nunca se revelarán porque las personas prefieren guardarlas como suyas para siempre.

Es fácil contar lo que nos conviene, es fácil mentir y alterar ligeramente los recuerdos a favor de uno, como también lo es exagerar e inventarse historias falsas, pero ¡qué difícil es guardar secretos y conservarlos dentro de uno mismo!

Tener una historia sin que nadie lo sepa, sólo tus pensamientos, es complicadísimo.

Hace mucho comprendí que yo estaba condenado a ser una de esas personas, pues pese a tener amigos mayores que yo, sé que hay historias y anécdotas que no pueden ser reveladas por el simple hecho de que ellos lo tergiversarían, y alborotados inventarían o modificarían mi verdad.

Comprendí que debo callar y debo mantenerme sosegado y fingir que todo anda normal, que mis mayores alegrías son sólo para mí y que por más que quiera gritarle al mundo entero lo feliz que soy, debo callar sus causas. Es por mi bien, por respeto a mí recuerdo, por el honor de la persona involucrada.

Yo no me considero una persona reservista de secretos, pero si de algo estoy seguro, es que sé guardarlos muy bien. Sin embargo, tengo la mala suerte de tener amigos que sólo me buscan en momentos difíciles, cuando están tristes o cuando se sienten solos; en el peor de los casos, cuando tienen algún tipo de problema. Y cuando yo los necesito, no están o prefieren mantenerse al margen por razones desconocidas.

Es verdad que a veces se me han escapado ligeros comentarios un poquito evidentes que comprometen al resto, pero al final nadie me cree porque piensan que son inventos míos o simplemente bromas sin sentido. He perdido credibilidad.

El hecho es que ahora tengo mi propia historia. Mi propio recuerdo. Mi propio secreto. Y sé que algún día muy lejano, en tiempos muy apartados a éste, seré feliz recordando mi historia, mis recuerdos, los instantes que viví en alguna etapa de mi vida, cuyos fragmentos tendrán origen en una complicidad adolescente, en la inquietud por descubrir el mundo con ansias locas.

Hace unas horas, volviendo a casa después de una exposición de pintura, me topé con un tipo que estaba sentando al borde de una rampa, la cual cubría unos metros el pequeño jardín de una caseta de serenazgo. El tipo me produjo nostalgia. Parecía un personaje literario. Su vestuario era oscuro y poseía cierto aire intelectual. Mientras las personas pasaban por su lado, él parecía estar ensimismado, como sumergido en sus pensamientos. Llevaba la mirada perdida. Sus ojos reflejaban un vacío profundo. Procuré fingir desinterés. Hice como si no me interesara, pero su presencia me produjo un recuerdo inmediato. Recordé el libro de Ernesto Sabato, “El Túnel”, y aquel tipo me recordó al protagonista, Juan Pablo Castel, un pintor obsesionado con una mujer, cuyo amor de vuelve odio y, en consecuencia, un crimen: asesinarla. El pesimismo y la melancolía que el tipo expresaba sentado en la rampa, es el mismo que relacioné con el pesimismo y la melancolía que se desarrolla a lo largo de la novela.

Con esto quiero llegar a un punto exacto: muchas veces los recuerdos lastiman. Muchas veces es mejor despojarse de ellos y evitar guardarlos. Uno nunca sabe hasta qué punto pueda llegar a influir en nosotros.

Yo de momento intento guardar mis mejores recuerdos, pero sé que los mejores recuerdos también lastiman en un momento dado. Lo que importa en sí, es saber manejarlos, llevarlos como son, como recuerdos.

Yo no sé de qué manera influyan en mi vida los recuerdos que tengo, pero si de algo estoy seguro, es que los peores recuerdos que conservo ni los he escrito ni los he contado, sólo quiero que no me pertenezcan. Y los mejores, pues, que se vuelvan a repetir.

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