viernes, 27 de noviembre de 2009

Noche de sexo desenfrenado

Lima es acogedora y comprensible, tan comprensible que puede saciar el apetito sexual de algunos jóvenes curiosos con tan sólo algunos soles


Sábado, 11:30 de la noche. Me encuentro con mis amigos en la avenida La Molina para ir a una fiesta en Rinconada del Lago. Daniel y Leandro, así se llaman ellos. Los saludo, les digo para ir a comprar cigarros. Ellos aceptan. Mientras caminamos a la bodega más cercana alucinamos ingenuamente que encontraremos chicas lindas que nos harán caso, que bailarán con nosotros toda la noche y estarán libres y dispuestas a disfrutar de nuestra compañía. Y si la fortuna está de nuestra parte, Daniel encontrará por fin una enamorada, porque una vez nos dijo ridiculizado: “estoy preocupado, mi mamá piensa que soy gay. Creo que es porque nunca he llevado a ninguna chica a mi casa, ustedes son los únicos que me llaman por teléfono y preguntan por mí”.

Al llegar a la fiesta, nuestra ilusión de encontrar chicas bonitas y una fiesta idónea se desploma, se desmorona porque vemos un ambiente aburrido. Escasas personas, música inapetente y estridente, poco agradable para pasarla bien toda la noche. Decidimos quedarnos un par de horas. La idea no funciona porque a los pocos minutos nos vamos. Nos marchamos sin beber un solo sorbo de alcohol.

Daniel se molesta. ¿Adónde vamos a ir?, nos pregunta. Leo y yo quedamos mudos. No sabemos adónde ir. Leandro prende su pucho, Daniel mira su reloj y yo observo lo que hacen ambos. Al final decidimos irnos de “cacería” – en realidad a una discoteca, pero le decimos así en honor a un viejo amigo –. Nos embarcamos en un taxi y nos vamos en busca de una diversión sabática llena de tragos y cánticos ensordecedores que de seguro habrá una vez que estemos ebrios.


En el camino se cambian los planes. A Leandro se le ocurre la genial idea de visitar un burdel. Todos reímos.

- ¿Oe para qué voy a ir a un burdel si yo tengo enamorada?– digo irónicamente. De inmediato me clavan la mirada y me golpean.

La idea de ir a un burdel en busca de chicas complacientes que hacen caridad sexual por algunos billetitos, es buena. Es tan buena que incluso el señor que maneja el taxi nos recomienda uno. Nos dice que él podría llevarnos, pero nos costará algunos soles extra. Nosotros aceptamos.

El señor, como todo taxista historiador, nos cuenta sus aventuras de adolescente, nos dice que antiguamente los jóvenes perdían su castidad de esa manera: que iban a un burdel y allí tenían su primera experiencia sexual. Hecho que no me extraña pues mi papá ya me había contado algo parecido algún tiempo atrás. Incluso, hace algunos años, cuando estaban tarrajeando la fachada de mi casa, el tipo que tarrajeaba me dijo con cara de pajero compulsivo:

- oe chino, ¿ya te levantaste alguna flaquita?
- No, señor, todavía.
- Puta, no sabes lo que se siente – me dijo mostrando una ligera sonrisa demoníaca en el rostro – Dile a tu viejo que te lleve a debutar a un burdel, vas a ver qué rico se siente culearse a una jermita.

Aquel mismo día se lo comenté a mi papá, le dije que el señor tarrajeador me había dicho que es rico ir a un burdel, que yo ya debía debutar, que ya estaba en edad. Mi papá al oírme se quedó boquiabierto, pasmado, inerte. Lamentablemente me dijo que nunca me llevaría a uno de esos porque él me quiere, y que si tengo que tener mi primera experiencia tendría que ser con una chica a quien yo quiera de verdad.

Al día siguiente mi papá despidió al señor. Nunca le pagó.

Bajamos del taxi, vemos una cuadra repleta de burdeles. Le pagamos al taxista la carrera y le agradecemos por su solidaridad al habernos recomendado burdeles. No sabemos adónde entrar. En las puertas de los burdeles hay chicas de bellas formas corporales, vestidas con minifaldas y topcitos con tiras que les deja el torso descubierto.

Cada uno prende un cigarro y entramos a “Poseidón”, un burdel que tiene como publicidad: “2 x 12 la cerveza”. Al ingresar, todos nos miran. Hay muchos hombres que están sentados en cómodos sillones con mujeres de formas adecuadas para una buena faena sexual. El ambiente está decorado con publicidad de algunos tragos muy reconocidos. La luz tenue y colorida hace notar que es un lugar variopinto repleto de hombres y mujeres de distintas características. Nos sentamos. Dos tipas se nos acercan y nos preguntan qué vamos a tomar. Una se llama Lorena y la otra Verónica. Les decimos que nos traigan tres cervezas. Las chicas obedientes nos traen la cerveza y, sin pedir permiso, osan sentarse a nuestro lado. Lorena se sienta al lado de Leandro y Verónica al lado de Daniel, yo sólo observo, como haciendo barrita. Verónica es alta y delgada. Tiene el cabello negro y una sonrisa coqueta. Un cuerpo espléndido. Sus senos son pequeños pero sensuales. Está vestida con un atuendo transparente. Lorena, por el contrario, es baja y tiene el cabello ondeado. De mirada vacía, como si no le gustase estar en ese lugar.

Al terminar las tres primeras cervezas, pedimos tres más. Después de haber bebido algunos vasos, Daniel y Verónica se paran y se dirigen a una especie de cuarto íntimo sin puerta, solo cortina.



Leandro está feliz. Lorena le besa el cuello y le hace caricias inapropiadas por determinadas partes de su cuerpo, como incitándole a tener sexo. Yo lo miró, fumo mi cigarro, bebo mi trago y sonrió. Luego Lorena se para y se sienta encima de mi amigo. Él me mira atónito. Ella empieza a moverse con sensualidad. Poco a poco el movimiento va acelerando y fluye con mayor rapidez. Leandro parece estar excitado, como disfrutando los movimientos de aquella chica. De pronto, como para no perder el ritmo, Leandro frota con su inquieta mano los senos de la chica y ella se sacude aún más. El momento es increíble. Me divierte Leandro, la chica y la postura de ambos. En una de esas vibraciones frenéticas la mano de Leandro desciende del pecho de la chica para explorar zonas más íntimas, el sólo hecho de verlos me genera una erección inmediata, llena de lascivia.

Al igual que Daniel, Leo desaparece con la chica, pero no logro saber adónde, quizá fueron a apaciguar esas ganas calenturientas que se les ha originado de tanto toqueteo.

Paso largo rato fumando y bebiendo solo, vislumbrando a todas las parejas artificiales de aquel lugar que sólo están unidas por el morbo escurridizo de satisfacer sus deseos lujuriosos, con el fin de copular y fingir una absurda felicidad orgásmica. Es un trueque justo: las chicas entregan su cuerpo y los hombres su dinero.

Pasan los minutos y empiezo tener sueño. Mis amigos no aparecen. No sé si pedir más cerveza o dormirme hasta que salgan de su actividad sexual. Empiezo a cabecear, mis sentidos se nublan y ya no soporto más, el sueño me consume. Cuando estoy a punto de darme por vencido, Daniel sale de aquel oscuro lugar erótico. Exhausto. Me mira y sonríe victorioso, como si hubiese tocado la gloria. Pedimos tres cervezas más. Voy al baño, me lavo la cara y estoy nuevamente sobrio. Daniel se sirve cerveza a vaso lleno, como campeón. Yo solo la mitad.

Verónica, la trabajadora sexual que estuvo con Daniel en aquel lugar oscuro y siniestro, donde presumo que han de haber tenido algo coital, se me acerca, se sienta a mi lado y me hace cariñito. Al principio me causa gracia. Empezamos hablar. Me sofoco, estoy con el bultito en la entrepierna inquieto y rígido. Verónica empieza a acariciarme la pierna. Me pongo tenso. Ella sigue. Su mano sube hasta tocarme el bultito en la entrepierna. Mi muchacho se impacienta, disfruto su caricia. Mientras está frotándome el pipilin siento un ardor terrible. Me quejo, le digo que se me abrió la capuchita. Ella se ríe. “Vamos para que me la metas, mi amor”, me dice muy sensual. Miro a Daniel y me pongo nervioso. No sé qué hacer, me da ganas de desnudarme ahí mismo y agitarme encima de Verónica. Me aparto un poco y me sirvo más cerveza, como dándome valor. Después pienso en mi enamorada, pienso en que no debo fallarle. Por más deseos que tenga de estar con Verónica y saciar este apetito sexual que ella me ha provocado, decido no hacer nada, así que me pongo firme y le digo que no me fastidie, que me deje en paz, que sólo fui a ese lugar para acompañar a mis amigos, que a ellos les falta experiencia, no a mí. Daniel me mira sorprendido. “Putamadre, que dije”- pienso. Verónica se levanta del sillón muy enojada y me dice: “Chibolo de mierda, ¿Para eso vienes? ¿Acaso no te excito?”, robando la atención de todas las personas presentes. Ni la música estridente es capaz de aliviar aquel bochorno.



Me levanto ofuscado. Le digo a Daniel para irnos. Él se rehúsa porque no sabe dónde está Leandro. Pienso que seguramente Daniel no se quiere ir porque la chica esa, Verónica, la que viste con prendas diminutas ha alborotado sus testosteronas y de seguro quiere otro polvo con ella. Me enfado. Lo chantajeo, le digo que si no me acompaña me iré solo. No tiene más opción. Para mi buena suerte Leandro aparece encapuchado fumándose un pucho. Le digo inmediatamente para irnos: “ya vamos ps”- me dice sin oposición alguna. Pedimos la cuenta. 81 soles – nos dicen en caja. Reclamamos. Decimos que sólo hemos tomado 9 cervezas, que afuera en la publicidad dice que las cervezas están 2 x 12. El señor que atiende en caja nos dice: “sí, están 2 x 12, pero sólo hasta la medianoche. El precio normal es s/ 9.00 c/u”. Pagamos resignados. Salimos. Daniel le cuenta a Leandro lo que me pasó con la chica y empiezan a burlarse de mí. Me apanan, me lapean. “Por qué serás tan cojudo” – me reprochan - "Te vas a quedar casto y aguantado" añaden. Me quedó callado y prendo un cigarro para consolarme. Luego Daniel nos comenta soberbiamente: “pucha, huevones, la puta se mueve bien. Cacha rico. Lo malo es que me cobró 10 lucas por un condón, además me ha dejado la huevada adolorida. Le hubiese pedido descuento ¿no?”. Me río y me atoro con el humo del cigarro, luego Leandro añade: “No se vayan a burlar ¿ya?, pero…” – se baja la capucha y nos muestra su cuello lleno de chupetones horrorosos, terriblemente visibles. Me río de ambos. Me burlo. A Daniel le venden un condón extremadamente caro y a Leandro le dejan evidencia de su delito sexual. “no soy tan cojudo después de todo” – pienso dándole una pitada a mi cigarro.

2 comentarios:

Luco dijo...

jajajajajajajaja que buena historia, ficción y realidad?

Catherine Milushka Gotuzzo Cuellar dijo...

Debe ser x como relataste que supuestamente rechazaste a la servidora sexual XD pero no te creo, si te la chifaste! XD Sexo es sexo... Me has hecho reir un monton con esto!

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