martes, 14 de diciembre de 2010

Un lunes cualquiera, pero distinto a los demás

Hace poco más de un mes quedé con una chica en salir hoy, lunes 13 de diciembre. Al principio todo comenzó como un juego, como si fuese un día distante y muy alejado de la realidad. Sinceramente pensé que no ocurriría. Pero el día llegó y aquí me tienen, escribiendo estas líneas para recordar lo vivido.
Quedamos en encontrarnos a las 5 de la tarde en Open Plaza, un centro comercial ubicado en el cruce de la Avenida Angamos con Tomás Marsano, en el disttrito de Surquillo. Quedé con ella en ir al cine (clásico en personas de mi edad). Llegué a destiempo (habitual en mí), ella hizo lo mismo. La llamé a su celular pensando que ya se había desanimado de verme. Al contestarme oí por primera vez su voz. Me pareció una voz extraña, algo juguetona y pizpireta. Le pregunté dónde estaba, ella me dijo que estaba en el cine, esperándome, luego me hizo la misma pregunta y yo le dije que en mi casa (bromeando). Después me desmentí y le dije que ahí iba, que estaba muy cerca (en realidad yo estaba en una esquina llamándola desde un teléfono público).
Cuando la vi desde lejos, ella me sonrío sin motivo, quizá pensando arrepentida: ¿él es Eduardo? - Me acerqué intentando mostrar sobriedad, pero en el fondo me moría de nervios. Estaba muy nervioso.
Ella vestía con blue jean y casaca. Sandalias negras y una cartera pequeña. Su cabello era negro y tenía un peinado que le acentuaba bien. El rostro risueño y dulce. Era simpática, simpatiquísima, más de lo que me había imaginado. Ella no mentía cuando me decía por Messenger que me quedaría impresionado al verla.
A su lado me sentí torpe, mal vestido y temeroso. Me reía sin razón y decía cosas incoherentes. Ella lo notó (lo sospecho), es que me era imposible estar tranquilo a su lado.
Inicialmente habíamos quedado en ver una película de terror, pero lamentablemente a esa hora no había más películas que: Narnia, Harry Potter y Megamente. Optamos por esta última, ya que a ella no le gustaba ni Narnia ni Harry Potter, además a mí tampoco me apetecía ver esas películas.
Antes de entrar al cine compramos pop corn y gaseosa. Cuando entramos a la sala, no había nadie. Estaba vacía. Sólo éramos ella y yo. A los pocos minutos entró un niño con su mamá, luego una pareja de enamorados y de a poco fue ingresando gente a la sala. Hubo poca gente durante la película. Mientras esperábamos a que empiece estuvimos hablando un poco. Ella se reía de vez en cuando con mis bromas tontas y mis ocurrencias impertinentes. Yo la miraba constantemente, ella no tanto, quizá se sentía incomoda por mi mirada o quizá le importaba poco mirarme, el hecho es que empezamos a dialogar de forma agradable. Ella reía y yo reía con ella. De pronto, ella empezó a hacer las tontas travesuras de cine: empezó a tirarme canchita. Yo disfrutaba que me joda y disfrutaba que sea tan niña para molestarme. Durante la película hablamos poco, casi nada. Rara vez nos fastidiábamos (ella me fastidiaba más) y nos decíamos cosas al oído. Reíamos como dos niños ingenuos divertidísimos por las ocurrencias de los protagonistas, aunque, a decir verdad, yo a veces me salía de la película y pensaba: ¿después que ver esto se tendrá que ir? ¿Habrá tiempo para conocernos un poquito más? ¿Para tan siquiera decirle que disfruto estar a su lado? Me cuestionaba inútilmente. No había razón para atormentarme con preguntas sin sentido, si se tenía que ir, pues bien, sus motivos tendrá. Y si se queda, en horabuena. Lo cierto es que tenía que disfrutar del momento y dejar de lado lo que vendría después, sino arruinaría mi presente y no quería que pase eso porque la estaba pasando genial.
Su papá la llamaba a cada rato, dando muestras de preocupación e interés por lo que hacía su hija. Ciertamente yo sería igual si fuese padre, cuidaría a mi hija sobre todas las cosas y me preocuparía siempre por su bienestar.
Al terminar la película paseamos por el centro comercial y hablábamos de todo un poco. Me contó acerca de su familia y yo de la mía. En fin, no me arrepiento de haberla conocido. Me agradó mucho compartir unas pocas horas con ella. Su presencia me encantó y me dejó maravillado. Espero volver a verla, aunque ciertamente no sé si ella quiera verme.
Cuando nos despedimos, su papi la llamó diciendo que la esperaría en una de las entradas del centro comercial, así que nos despedimos y yo tuve que salir por una salida alterna, ya que ella le había dicho a su papá que saldría al cine con una amiga, no con un chico.
Mientras caminaba por la calle feliz por la tarde que tuve, ella apareció en una esquina con su papi y caminaban en dirección opuesta hacía donde yo iba. Quede mirándola y vi que ella se reía. Nos cruzamos riéndonos, como si fuéramos dos niñitos disfrutando de una travesura. Me sentí su cómplice y muy feliz por haber pasado una tarde especial a su lado.

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