Es domingo. He tenido una semana pésima. No me ha ido bien en nada. Espero que pronto todo cambie. Ya no quiero seguir con esta mala racha, me es insoportable. Me he cuestionado demasiado en asuntos a los que debería darle poca importancia, pero así soy yo, que le voy hacer, siempre me cuestiono de forma severa y suelo culparme de mis errores, pero ya no más, esto tiene que cambiar de una vez por todas.
Caprichos involuntarios me consumen siempre y aunque sé que soy débil ante ellos, siempre me aferro y me rindo tontamente como un niñito terco que no tiene más opción que terminar derrotando y culpándose de sus fracasos. Patrañas. No se qué carajo me pasa.
Mi único refugio son estas líneas que parecen condenarme a una derrota constante, donde intento desahogar toda mi tristeza interna sin tener buenos resultados. Dicen que los ojos son la ventana del alma, por lo tanto, si esto es verdad, tendría que decir que mi alma es demasiada indefensa y deprimente, y esto se ve reflejado en la mirada triste y resignada que poseo.
No crean que intento hacer un escrito triste, es simplemente que no tengo nada más que escribir sino tan solo palabras sombrías que emergen naturalmente desde lo más profundo de mi corazón. Ahora me lamento por hacer sufrir a las personas que me muestran cariño. Suelo comportarme como un personaje desinteresado y egoísta que sólo piensa en su bienestar y fundamenta motivos ridículos para excusarse de los problemas que genera. Soy tan mezquino. Los pocos amigos que tengo se están alejando por mi conducta irreverente y huraña.
Suelo desear lo mejor a las personas, les deseo suerte y mucha felicidad, pero cuando consiguen ser más felices sin mí, me siento traicionado y humillado por no ser yo el causante de esa felicidad. He perdido muchas personas cercanas a mí que me querían incondicionalmente (o quizá todavía me quieren pero silencio). Es triste ver como los demás tejen sus caminos e intentan mejorar su vida mientras yo me rehúso a cambiar la mía y me justifico diciendo que soy feliz con lo que hago, cuando en el fondo sé que estoy mintiendo y sólo digo tal disparate para que los demás no sientan pena por mí, pero las personas se dan cuenta de lo infeliz que soy y sospechan que sufro demasiado conviviendo en mi monótona vida.
Leer y escribir me encanta, pero sé que ahora ese encanto no me hace feliz, He perdido el deseo de aventurarme a la vida. Me encarcelo voluntariamente cada fin de semana en mis cosas, y vivo ensimismando en ideas que no tienen lógica ni fundamentos validos. Soy un maldito mentiroso que calla resignado y se inclina ante la soledad. Quisiera pronto despojarme de todo el sentimiento que ahora me atormenta, pero siento que sería como arrancarme la piel y caminar desnudo por estas calles frías, exponiéndome al cruel destino inminente que vislumbro desde mi pronto presente.
Siempre la gente me ve como el chico buenito incapaz de realizar alguna cosa malintencionada, incapaz de cometer algún acto vil o alguna travesura malvada, pero lo que muchos ignoran es que detrás del rostro de muchachito educado y buenito que pueden apreciar en mí, se oculta un tipo desolado que mira un futuro incierto, con incertidumbre y mucho miedo, pues detrás de mi rostro indefenso existe una alma vacía que poco a poco pierde interés por seguir adelante luchando por sus sueños.
Últimamente he pensado que no tengo talento, que me limito a escribir textos intentando huir de mi realidad, pues sólo en mis relatos puedo pintar un mundo interesante, cosa que en la realidad me es tan ajeno e indiferente. En mis escritos puedo amar con el alma y puedo ser feliz con alguna palabra bonita o alguna frase divertida o algún deseo tentador. Mentira. Detrás de ese escritor, existe un narrador insatisfecho con sus historias y miente para provocar interés en sus lectores, lectores escasos que depositan su confianza en breves historias de amor que el escritor suele amoldar con sus recursos literarios que cada vez se desvanecen y pierden lucidez.
Cuando por las noches me echo en mi cama y apago la luz y establezco absoluta oscuridad en mi cuarto, me envuelvo en recuerdos que quisiera volver a vivir, como por ejemplo: me encantaría volver a vivir aquella historia de amor que viví en la secundaria, aquel amor que fue prohibido y que, sin embargo, tuvo el coraje de amarse a pesar de las circunstancias, aquel romance de infinita felicidad donde los amantes demostraban todo su amor en un segundo, por eso huían hacia los salones más alejados como dos personitas traviesas para que los auxiliares no vean aquella muestra de amor simplificado en un beso. O por ejemplo, me encantaría volver a tener la oportunidad de aprovechar mi tiempo en escribir historias fascinantes en vez de haberlo desaprovechado en vicios tontos. Me gustaría volver a tener a mi mamá cerca y decirle que es la mejor mamá del mundo y que la quiero con el alma entera y decirle que nunca se vaya de mi lado porque desde que se fue no tengo una cómplice como ella ni una confidente que escuche mis problemas. Extraño sus caricias nocturnas y los momentos cuando ella me llamaba y yo iba a su cuarto encantadísimo de la vida y le comentaba con timidez mis secretos de amor, ella acariciaba mi cabello mientras yo me perdía en su perfume exquisito y oía sus maravillosos consejos pensando en lo afortunado que era mi papá por tener a una mujer tan encantadora como mi mami.
Los tiempos ahora son otros y debo solventar mi presente y darle lucha a los cuestionamientos que me inundan la cabeza y debo hacer prevalecer mis ideales y ser perseverante en la batalla por ser escritor y debo dejarme envolver en mis sueños como antes lo hacia, cuando tenía una motivación enérgica llena de esperanzas y confianza hacia mí mismo. Aunque los tiempos cambien y ahora ya nada sea como antes, aún conservo talentos que no exploto y debo sacar a flote si quiero ser el personaje que tanto soñé de niño.
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Este blog es un desesperado intento por huir de la realidad. No esperen encontrar amor, aunque lo haya, ni esperen encontrar humor, aunque lo tenga.
martes, 26 de octubre de 2010
viernes, 22 de octubre de 2010
Poema XIII
El futuro me parece tan incierto como el desarrollo de este poema.
No tengo ideas, sueños, mucho menos interés por seguir de pie.
Siento frío y me siento austero.
Siento que soy un ermitaño de suprema incapacidad.
Deambulo sin rumbo y me pierdo en el sabor de mis pensamientos que yacen ya sin sabor.
Es de noche, y el día fue tan fugaz como el suspiro de los enamorados, como el mío antes de perder el amor imperdible que albergo en mi corazón.
¿Soñar? Me es tan ajeno a veces.
He dejado de soñar.
Si pudiera siquiera saber lo que me espera, estoy seguro que detendría mi andar, pero el tiempo pasa y me es improbable detenerlo.
A veces solo huyo, y huyo en los escritos que afiebrado intento crear sin tener un fin exacto.
Si mi futuro dependiera de mi intuición entonces escribía sin cesar, pero como de sueños no se vive, solo me limito a vivir esta vida ya sin vida.
Aliviaría mi sedienta ambición si pudiera tener una motivación, motivación que surge y se adhiere a una crónica evaluada como decepcionante ante la intriga del lector que no se atreve a leer mis líneas y que, sin embargo, me critica.
Mezquindad y abulia empozados en mi alma es el refugio donde decaigo en días como hoy, donde el silencio se hace eterno y la soledad una constante intolerable.
Baldíos de placer es lo que me obsequia el cuerpo de una dama de comportamiento anómalo que infringe seducción con sus deseos pecaminosos. Menudo ofrecimiento la suya y obstinada aceptación la mía.
Con los días, sabré si mi prematura exigencia literaria tendrá frutos, y si ha de ser una respuesta inesperada, solo será la repercusión de lo evidente.
No tengo ideas, sueños, mucho menos interés por seguir de pie.
Siento frío y me siento austero.
Siento que soy un ermitaño de suprema incapacidad.
Deambulo sin rumbo y me pierdo en el sabor de mis pensamientos que yacen ya sin sabor.
Es de noche, y el día fue tan fugaz como el suspiro de los enamorados, como el mío antes de perder el amor imperdible que albergo en mi corazón.
¿Soñar? Me es tan ajeno a veces.
He dejado de soñar.
Si pudiera siquiera saber lo que me espera, estoy seguro que detendría mi andar, pero el tiempo pasa y me es improbable detenerlo.
A veces solo huyo, y huyo en los escritos que afiebrado intento crear sin tener un fin exacto.
Si mi futuro dependiera de mi intuición entonces escribía sin cesar, pero como de sueños no se vive, solo me limito a vivir esta vida ya sin vida.
Aliviaría mi sedienta ambición si pudiera tener una motivación, motivación que surge y se adhiere a una crónica evaluada como decepcionante ante la intriga del lector que no se atreve a leer mis líneas y que, sin embargo, me critica.
Mezquindad y abulia empozados en mi alma es el refugio donde decaigo en días como hoy, donde el silencio se hace eterno y la soledad una constante intolerable.
Baldíos de placer es lo que me obsequia el cuerpo de una dama de comportamiento anómalo que infringe seducción con sus deseos pecaminosos. Menudo ofrecimiento la suya y obstinada aceptación la mía.
Con los días, sabré si mi prematura exigencia literaria tendrá frutos, y si ha de ser una respuesta inesperada, solo será la repercusión de lo evidente.
viernes, 15 de octubre de 2010
Para la monga más dulce del mundo
Esta es una post muy especial, va dedicado a una persona encantadora que supo soportarme un tiempo breve que pareció una eternidad. Sí, una eternidad llena de momentos inolvidables que quizá, algún día, pueda contar con detalles específicos.
Llevo un par de días sin ella, y siento que todo anda mal entre nosotros. Ella se comporta de forma indiferente e intenta manifestarme su rencor y desprecio aunque no lo logre, pues yo sé que ella no me desprecia ni me odia, al menos no del todo. Ante sus ojos soy un oportunista que desaprovechó la oportunidad de ser feliz, y tiene razón, perdí mucho al alejarme de ella, pero mi decisión fue tomada por motivos que ahora explicaré.
Rozalyn, su nombre ha alborotado mi mente estos últimos meses. Ha llenado de ternura mi vida. Supo comprender mi conducta inconsistente y me apoyó en lo que pudo, aunque para ella yo sea un canalla que le paga con traición. Ella era mi chica, mi enamorada, la mujer que a base de cariño me supo conquistar. La última vez que nos vimos, tomé una decisión muy apresurada y me atreví a confesarle mis sentimientos. Le dije que no me sentía enamorado, que he intentado enamorarme pero no he podido, le expliqué que yo no mando en el corazón, que si fuese así me hubiese encantado enamorarme de ella. Pero ella no me entendió, echó a llorar y me miraba con tristeza, con los ojos humedecidos de llanto como reclamándome por el amor que me brindó.
- ¿Estás enamorada de mí? – Le pregunté con frialdad.
- Un poco – me respondió, muy tímida, como sospechando una mala noticia.
- No te quiero mentir, es mejor decirte esto de una vez antes que siga pasando más tiempo - dramaticé
- Qué cosa mongo, dime
- Es que siento que no estoy enamorado. Sí te quiero, te quiero muchísimo, pero no me siento enamorado. No creo ser capaz de quererte como tú esperas que lo haga. No puedo – dije con voz suave, como disculpándome – He intentado enamorarme de ti, pero he fracasado, y es mejor que sepas esto de una vez porque no quiero ser un cobarde mentiroso. No es justo que tú me quieras como lo haces mientras yo juego al confundido.
Ella me miraba en silencio, escuchando mis palabras que eran como puñaladas que desgarraban su alma. Yo me sentía una persona descorazonada, muy estúpido, muy incapaz e inútil por hacer sentir mal a la chica que me abrió el corazón para llenarme de cariño. El silencio dividía nuestros mundos y yo observaba desde lejos cómo su mundo se desplomaba. Intenté consolarla y abrazarla pero ella no me lo permitía, me rechazaba una y mil veces, era yo un traidor que la había defraudado. El ambiente se tornaba insoportable, hostil. Yo me permití algunas ironías para aliviar su tristeza.
- No llores, si quieres méteme un lapo para que te desquites, pero no llores, no me gusta verte así. – Le dije, cariñoso.
Ella permanecía callada, como ausente. Luego añadí.
- Oye, abotónate un poquito tu blusa, se te ve las tetas.
Ella sonrió ligeramente, como orgullosa de que le vean sus senos. Yo no sabía qué hacer, quería abrazarla y decirle que me perdone, que no era mi intención lastimarla, pero el daño ya estaba hecho y no podía dar marcha atrás, no podía decirle: oye, por si acaso lo que te dije fue de broma, si estoy enamorado de ti. No podía jugar en ese momento de seriedad, tampoco podía comportarme como un niñito inmaduro que miente por lástima. Era mejor decirle la verdad aunque le duela, no podía callar algo tan importante, ella no se lo merecía, por eso lo hice, porque ella es tan importante para mí que no le puedo ocultar nada, ni mis sentimientos. Ella me abrió el corazón y me hizo vivir momentos de amor, de ternura, de pasión, de locura, y en honor a esos momentos, debía ser sincero. Parte del amor es alejarse de la persona a quien quieres por su felicidad, es algo que ella no entiende. Ella podrá ser más feliz sin mí, estoy seguro. Yo quisiera hacerla inmensamente feliz, lo intenté, pero no pude, por eso me alejo, para dejarle el camino libre y dejar de ser una carga para su corazón.
Antes de despedirnos, me acerqué para abrazarla y sentirla cerca, sentir su fragancia de mujer y conservarla en mis mejores recuerdos, pero ella no me lo permitió, me empujó bruscamente y yo me puse triste. No entendía por qué actuaba de esa forma tan cruel, quizá yo merecía lo peor del mundo, pero no su desprecio, solo quería hacerle entender que pese a no estar enamorado de ella sí la quiero, y la quiero demasiado, pero ella no lo entendía, me veía como un enemigo que intenta hacerle daño, y no era así, yo la quiero de verdad. Que lastima que hayamos terminado mal. Yo nunca quise que me odie, no quise su desprecio, solo la quise a ella y quería hacerla feliz, no pude y me arrepiento, me arrepiento del tiempo que le quité y del final que le regalé. Lo siento, lo siento de verdad Rozalyn Medina, lo siento por quererte como te quiero y por alejarme de ti. Discúlpame, y espero que algún día me puedas comprender.
Llevo un par de días sin ella, y siento que todo anda mal entre nosotros. Ella se comporta de forma indiferente e intenta manifestarme su rencor y desprecio aunque no lo logre, pues yo sé que ella no me desprecia ni me odia, al menos no del todo. Ante sus ojos soy un oportunista que desaprovechó la oportunidad de ser feliz, y tiene razón, perdí mucho al alejarme de ella, pero mi decisión fue tomada por motivos que ahora explicaré.
Rozalyn, su nombre ha alborotado mi mente estos últimos meses. Ha llenado de ternura mi vida. Supo comprender mi conducta inconsistente y me apoyó en lo que pudo, aunque para ella yo sea un canalla que le paga con traición. Ella era mi chica, mi enamorada, la mujer que a base de cariño me supo conquistar. La última vez que nos vimos, tomé una decisión muy apresurada y me atreví a confesarle mis sentimientos. Le dije que no me sentía enamorado, que he intentado enamorarme pero no he podido, le expliqué que yo no mando en el corazón, que si fuese así me hubiese encantado enamorarme de ella. Pero ella no me entendió, echó a llorar y me miraba con tristeza, con los ojos humedecidos de llanto como reclamándome por el amor que me brindó.
- ¿Estás enamorada de mí? – Le pregunté con frialdad.
- Un poco – me respondió, muy tímida, como sospechando una mala noticia.
- No te quiero mentir, es mejor decirte esto de una vez antes que siga pasando más tiempo - dramaticé
- Qué cosa mongo, dime
- Es que siento que no estoy enamorado. Sí te quiero, te quiero muchísimo, pero no me siento enamorado. No creo ser capaz de quererte como tú esperas que lo haga. No puedo – dije con voz suave, como disculpándome – He intentado enamorarme de ti, pero he fracasado, y es mejor que sepas esto de una vez porque no quiero ser un cobarde mentiroso. No es justo que tú me quieras como lo haces mientras yo juego al confundido.
Ella me miraba en silencio, escuchando mis palabras que eran como puñaladas que desgarraban su alma. Yo me sentía una persona descorazonada, muy estúpido, muy incapaz e inútil por hacer sentir mal a la chica que me abrió el corazón para llenarme de cariño. El silencio dividía nuestros mundos y yo observaba desde lejos cómo su mundo se desplomaba. Intenté consolarla y abrazarla pero ella no me lo permitía, me rechazaba una y mil veces, era yo un traidor que la había defraudado. El ambiente se tornaba insoportable, hostil. Yo me permití algunas ironías para aliviar su tristeza.
- No llores, si quieres méteme un lapo para que te desquites, pero no llores, no me gusta verte así. – Le dije, cariñoso.
Ella permanecía callada, como ausente. Luego añadí.
- Oye, abotónate un poquito tu blusa, se te ve las tetas.
Ella sonrió ligeramente, como orgullosa de que le vean sus senos. Yo no sabía qué hacer, quería abrazarla y decirle que me perdone, que no era mi intención lastimarla, pero el daño ya estaba hecho y no podía dar marcha atrás, no podía decirle: oye, por si acaso lo que te dije fue de broma, si estoy enamorado de ti. No podía jugar en ese momento de seriedad, tampoco podía comportarme como un niñito inmaduro que miente por lástima. Era mejor decirle la verdad aunque le duela, no podía callar algo tan importante, ella no se lo merecía, por eso lo hice, porque ella es tan importante para mí que no le puedo ocultar nada, ni mis sentimientos. Ella me abrió el corazón y me hizo vivir momentos de amor, de ternura, de pasión, de locura, y en honor a esos momentos, debía ser sincero. Parte del amor es alejarse de la persona a quien quieres por su felicidad, es algo que ella no entiende. Ella podrá ser más feliz sin mí, estoy seguro. Yo quisiera hacerla inmensamente feliz, lo intenté, pero no pude, por eso me alejo, para dejarle el camino libre y dejar de ser una carga para su corazón.
Antes de despedirnos, me acerqué para abrazarla y sentirla cerca, sentir su fragancia de mujer y conservarla en mis mejores recuerdos, pero ella no me lo permitió, me empujó bruscamente y yo me puse triste. No entendía por qué actuaba de esa forma tan cruel, quizá yo merecía lo peor del mundo, pero no su desprecio, solo quería hacerle entender que pese a no estar enamorado de ella sí la quiero, y la quiero demasiado, pero ella no lo entendía, me veía como un enemigo que intenta hacerle daño, y no era así, yo la quiero de verdad. Que lastima que hayamos terminado mal. Yo nunca quise que me odie, no quise su desprecio, solo la quise a ella y quería hacerla feliz, no pude y me arrepiento, me arrepiento del tiempo que le quité y del final que le regalé. Lo siento, lo siento de verdad Rozalyn Medina, lo siento por quererte como te quiero y por alejarme de ti. Discúlpame, y espero que algún día me puedas comprender.
sábado, 2 de octubre de 2010
El Facebook y sus consecuencias
No quiero tocar temas que afecten a nadie, pero es mejor desahogar toda la incomodidad que llevo dentro, y la única forma que encuentro es esta, escribiendo. Si alguien se siente afectado, pues deberá comprender lo que hago, así lo haga de manera arbitraria.
A veces mi tolerancia y mis ganas de establecerme en una realidad inexistente, y sentir que todo está bien aún sabiendo que no lo está, me lleva a una constante autodestrucción.
Hace unos días tuve un descontrol emocional, un disgusto que me gustó por sus consecuencias.
Un impertinente cometario generó entredichos en personas que era mejor mantenerlas distantes, pero lamentablemente se generó un enfrentamiento mediante mensajes inoportunos escritos por puro impulso. Todo comenzó por un comentario negligente de mi prima, un descuido tonto, quien comentó el estado de Facebook de Sandrita, mi ex enamorada, y yo, donde habíamos escrito de forma juguetona algunos pequeños cometarios inofensivos, el cual, mi prima, muy ingenua y tonta, malinterpretó, y luego comentó de forma ingenuamente venenosa una frase popular que dice: “donde hubo fuego… ”. Dicho comentario causó disgusto por parte del novio de Sandrita, a quien seguramente le incomodó todo lo escrito, desde mis comentarios juguetones hasta las respuestas cómplices de Sandrita, y, obviamente, la torpeza imperdonable de mi prima. Al ver todo lo escrito, quiso hacerse presente y, en consecuencia, comentó el estado de Facebook de Sandrita, pero su comentario fue desdeñoso, menospreciativo, humillador e indiferente.
Yo respondí de inmediato, diciendo: “lamento generarles problemas, lo siento, en serio. Espero que sean felices”, disculpándome por lo ocurrido y por el error que mi prima había cometido.
Luego se desencadenó una serie de entredichos y juramentos banales por parte de Sandrita, quien afirmaba querer a su chico, le juraba que lo quería solo a él, pero él, muy ofendido, denegó el estado de reconciliación y armonía, desconfiando del cariño de Sandrita, haciéndole un berrinche celópata por Facebook. (Ciertamente yo estaba de su parte(de parte del chico), yo tampoco creía que Sandrita sólo lo quisiera a él - lo dudo muy tajantemente -. Yo sé que ella aún me quiere, quizá en silencio y sin tanta intensidad como antes, pero aún me sigue queriendo. Quizá su cariño sea débil y escaso, pero me quiere. Un amor de años no se olvida tan pronto. Nuestra relación duró casi 4 años. Sé que si yo la necesitase en algún momento, ella acudiría a mí para ayudarme. Lo sé porque la conozco. Porque conozco la nobleza de su alma y he vivido los sentimientos que conserva en el corazón. Sé lo buena que es, y sé también que me guarda un cariño muy especial, por eso estoy seguro que me quiere, pero es mejor jurar que sólo lo quiere a él para no tener problemas.)
Después de leer la versión hecha por Sandrita asegurando que sólo lo quiere a él, el tipo escribió un mensaje refiriéndose a mí y al amor que le tuve a Sandrita, afirmando categóricamente y con excesiva seguridad que: “yo (él) he llenado a Sandrita de amor, cosa que tú nunca hiciste”. Al leer sus líneas no sabía si reírme o responderle, lo cierto es que me quedé perplejo frente al computador inundado de pensamientos nauseabundos. Desolado preferí no responder. Pensé que responderle sería como envilecerme. No quería ser parte de su juego. Si intentaba manipularme y creerse un tipo superior y prepotente, que se crea lo que quiera, no me interesa. Él quizá se siente muy halagado porque Sandrita le jura que lo quiere, pero ese cariño que Sandrita le dice tener, no se compara al interminable amor que sintió por mí, pues a mí me amó, y yo la amé más de lo que él podrá hacerlo, se lo aseguro. Pero preferí no comentarle porque a mí no me interesa convencerlo del cariño que Sandrita me tuvo o yo le tuve, me basta con que ella y yo sepamos que el amor que tuvimos fue real. Incomparable. Lo más tierno y embellecedor que nos ha podido pasar a tan corta edad. Por eso preferí mantener la educación y evitar que se genere más conflictos entre ellos.
Unas horas después, me percato que Sandrita borró todos los comentarios. Optó por lo más sabio, pienso. Hizo lo correcto.
PPor eso amé tanto a esa chica, me digo, porque sabe callar cuando es necesario, y sabe mostrar su cariño en momentos oportunos y, sobre todo, sabe decir palabras dulces y enternecer todo instante áspero y avinagrado con su prematura sabiduría adolescente. Sabe calmar las aguas turbias a base de dulzura y encanto, por eso amé tanto a esa chica, porque con hacer tan poco, hace mucho. Por eso la amé, porque en sus pequeños detalles está la grandeza de su amor.
A veces mi tolerancia y mis ganas de establecerme en una realidad inexistente, y sentir que todo está bien aún sabiendo que no lo está, me lleva a una constante autodestrucción.
Hace unos días tuve un descontrol emocional, un disgusto que me gustó por sus consecuencias.
Un impertinente cometario generó entredichos en personas que era mejor mantenerlas distantes, pero lamentablemente se generó un enfrentamiento mediante mensajes inoportunos escritos por puro impulso. Todo comenzó por un comentario negligente de mi prima, un descuido tonto, quien comentó el estado de Facebook de Sandrita, mi ex enamorada, y yo, donde habíamos escrito de forma juguetona algunos pequeños cometarios inofensivos, el cual, mi prima, muy ingenua y tonta, malinterpretó, y luego comentó de forma ingenuamente venenosa una frase popular que dice: “donde hubo fuego… ”. Dicho comentario causó disgusto por parte del novio de Sandrita, a quien seguramente le incomodó todo lo escrito, desde mis comentarios juguetones hasta las respuestas cómplices de Sandrita, y, obviamente, la torpeza imperdonable de mi prima. Al ver todo lo escrito, quiso hacerse presente y, en consecuencia, comentó el estado de Facebook de Sandrita, pero su comentario fue desdeñoso, menospreciativo, humillador e indiferente.
Yo respondí de inmediato, diciendo: “lamento generarles problemas, lo siento, en serio. Espero que sean felices”, disculpándome por lo ocurrido y por el error que mi prima había cometido.
Luego se desencadenó una serie de entredichos y juramentos banales por parte de Sandrita, quien afirmaba querer a su chico, le juraba que lo quería solo a él, pero él, muy ofendido, denegó el estado de reconciliación y armonía, desconfiando del cariño de Sandrita, haciéndole un berrinche celópata por Facebook. (Ciertamente yo estaba de su parte(de parte del chico), yo tampoco creía que Sandrita sólo lo quisiera a él - lo dudo muy tajantemente -. Yo sé que ella aún me quiere, quizá en silencio y sin tanta intensidad como antes, pero aún me sigue queriendo. Quizá su cariño sea débil y escaso, pero me quiere. Un amor de años no se olvida tan pronto. Nuestra relación duró casi 4 años. Sé que si yo la necesitase en algún momento, ella acudiría a mí para ayudarme. Lo sé porque la conozco. Porque conozco la nobleza de su alma y he vivido los sentimientos que conserva en el corazón. Sé lo buena que es, y sé también que me guarda un cariño muy especial, por eso estoy seguro que me quiere, pero es mejor jurar que sólo lo quiere a él para no tener problemas.)
Después de leer la versión hecha por Sandrita asegurando que sólo lo quiere a él, el tipo escribió un mensaje refiriéndose a mí y al amor que le tuve a Sandrita, afirmando categóricamente y con excesiva seguridad que: “yo (él) he llenado a Sandrita de amor, cosa que tú nunca hiciste”. Al leer sus líneas no sabía si reírme o responderle, lo cierto es que me quedé perplejo frente al computador inundado de pensamientos nauseabundos. Desolado preferí no responder. Pensé que responderle sería como envilecerme. No quería ser parte de su juego. Si intentaba manipularme y creerse un tipo superior y prepotente, que se crea lo que quiera, no me interesa. Él quizá se siente muy halagado porque Sandrita le jura que lo quiere, pero ese cariño que Sandrita le dice tener, no se compara al interminable amor que sintió por mí, pues a mí me amó, y yo la amé más de lo que él podrá hacerlo, se lo aseguro. Pero preferí no comentarle porque a mí no me interesa convencerlo del cariño que Sandrita me tuvo o yo le tuve, me basta con que ella y yo sepamos que el amor que tuvimos fue real. Incomparable. Lo más tierno y embellecedor que nos ha podido pasar a tan corta edad. Por eso preferí mantener la educación y evitar que se genere más conflictos entre ellos.
Unas horas después, me percato que Sandrita borró todos los comentarios. Optó por lo más sabio, pienso. Hizo lo correcto.
PPor eso amé tanto a esa chica, me digo, porque sabe callar cuando es necesario, y sabe mostrar su cariño en momentos oportunos y, sobre todo, sabe decir palabras dulces y enternecer todo instante áspero y avinagrado con su prematura sabiduría adolescente. Sabe calmar las aguas turbias a base de dulzura y encanto, por eso amé tanto a esa chica, porque con hacer tan poco, hace mucho. Por eso la amé, porque en sus pequeños detalles está la grandeza de su amor.
martes, 31 de agosto de 2010
A los 5 años
Mi infancia fue duradera y complicada. Me hicieron vivir de manera apresurada. Experimenté lo que, estoy seguro, nadie ha experimentado a tan corta edad.
A los 5 postulé para entrar al colegio. Aprobé el examen pero no ingresé por mi edad. Era muy niño. Necesariamente tenía que tener 6 años para iniciar la vida escolar.
A los 5 di mi primer besito en mi fiesta de cumpleaños. Un payaso me hizo jugar con una niña. Nos puso frente a frente, mirándonos. Puso una galleta en medio de nuestros labios y nos dijo: cuando yo cuente hasta tres, ustedes tienen que darle un besito a la galleta, el que lo hace primero, gana. Recuerdo que yo vestía con traje de marinerito, la niñita se llamaba fany y lucía un vestido turquesa.
El payaso puso música y luego contó: uno, dos… dos y medio. Y recuerdo que yo hice trampa porque pensé que ese dos y medio era tres y me acerqué a la galleta para darle besito y ganarle a la chica. El payaso me acusó de impaciente pero a mí ciertamente me daba igual. Luego dijo: esta vez sí contaré hasta 3 así que atentos. El payaso robó la atención de todas las personas de la fiesta y se concentraron en mí y en la chica.
Yo me mantenía con la mirada enfocada en la galleta y, seguramente, la chica también. El payaso contó: 1, 2 y… 3. La chica y yo nos acercamos rápidamente a la galleta y el payaso, tramposo, sacó la galleta del medio y la chica y yo nos dimos un besito a vista de todos los invitados de la fiesta, quienes disfrutaron con mucha simpatía aquel beso inesperado. Fue inevitable evitar el contacto de nuestros labios. Ese fue mi primer beso, accidentado y juguetón.
A los 5 años también iba a casa de mi madrina por la tardes. Iba a jugar con su sobrina y con su amiguito. Solíamos jugar a las escondidas. Yo siempre hacía que el niño cuente primero y nos busque. El niño tenía que contar hasta 10, pero parecía que contaba hasta 100 porque siempre se equivocaba y volvía a empezar de nuevo. Yo hacía trampa, era tramposo y un poquito travieso desde muy niño, yo le decía a la sobrina de mi madrina dónde escondernos. Le decía que se metiera al armario, ella me hacía caso y entraba obediente. Yo me hacía el tonto y entraba con ella. Nos escondíamos como dos personitas que intentan cometer un crimen. Un día nos escondimos demasiado tiempo. Yo intenté acercarme a ella para susurrarle algo al oído pero fue tanta la oscuridad que terminé por darle un besito. Luego de esa vez siempre nos escondíamos en el armario y nos dábamos besitos a escondidas. Éramos novios en secreto. Nadie sabía nuestro romance, ni nosotros mismos. Pero cuando entrábamos a ese armario nos comportábamos como amantes de toda la vida.
A los 5 también experimenté otras cosas. Tuve mi primera vez. Recuerdo que fui al estadio con mi papá y sus amigos, jugaba la “U” vs Sport Boys. Yo no sabía el nombre de los jugadores, excepto de uno, de mi ídolo, del goleador: Roberto Martínez. Yo quería ser como él cuando creciera. Quería ser el goleador de la “U” y que mi nombre sea coreado por miles de hinchas. Imaginaba hacer un gol de chalaca al último minuto de un partido y salir campeón del Perú con Universitario de Deportes.
¡Es tan fácil soñar de niño¡ El partido estaba emocionante, pero como yo no sabía los nombres de los jugadores me aburrí rapidito y le dije a mi papá: papi, tengo sed, cómprame algo. Mi papá me dijo que me compraría en el entretiempo, pero yo me moría de sed e insistí. Lastimosamente no había ningún vendedor cerca y yo moría de sed. Mi papá se compadeció de mí y me dijo: prueba un poquito. Invitándome su lata de cerveza Cusqueña. Como yo no sabía que la cerveza amargaba tomé un sorbito considerable. Después me lamenté porque ese líquido me raspó la garganta y, además, sabía amargo.
Al poco rato no podía caminar con firmeza y mis piernitas se sentían débiles y trémulas. Me dio sueño inexplicablemente y no podía mantenerme en pie. El trago había dado efecto. Estaba borrachito. Caminaba zigzagueante. Mi papá se burlaba de mí y sus amigos también. Yo los miraba ingenuamente y ellos disfrutaban verme mareado.
A los 5 años yo le gustaba a dos chicas del jardín que eran primas. Siempre le pegaban a mi amigo porque él me molestaba con las 2 y ambas se avergonzaban. A mí me gustaba una de ellas. Recuerdo que yo las miraba desde lejos y disfrutaba verlas jugar en el recreo. Solían mecerse en los columpios.
Mis días favoritos eran cuando iban con vestido y se subían a los columpios. Yo las miraba atento desde lejos y las chicas se mecían con tal velocidad que, sin querer, les veía su calzoncito blanquito o rosadito, en ocasiones amarillo, siempre colores claros. Adoraba ese instante fugaz de placer. Me encantaba verles su ropita interior. A veces le rogaba a Diosito que mandara vientos fuertes para que agite las faldas de las chicas.
Yo, en ese entonces, no entendía por qué cada vez que las veía, algo se despertaba en mi entrepierna. Era como un ser que tomaba firmeza sin que yo se lo ordenara. A veces me causaba problemas porque se despertaba sin mi permiso y cuando me paraba para caminar, se me veía un bultito en la parte baja.
Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos años, pero sin duda, guardo esos recuerdos con un absoluto cariño. Fueron momentos especiales. Considerando, claro, que no todos los niños tenemos el privilegio de verle el calzoncito a nuestras amigas.
A los 5 postulé para entrar al colegio. Aprobé el examen pero no ingresé por mi edad. Era muy niño. Necesariamente tenía que tener 6 años para iniciar la vida escolar.
A los 5 di mi primer besito en mi fiesta de cumpleaños. Un payaso me hizo jugar con una niña. Nos puso frente a frente, mirándonos. Puso una galleta en medio de nuestros labios y nos dijo: cuando yo cuente hasta tres, ustedes tienen que darle un besito a la galleta, el que lo hace primero, gana. Recuerdo que yo vestía con traje de marinerito, la niñita se llamaba fany y lucía un vestido turquesa.
El payaso puso música y luego contó: uno, dos… dos y medio. Y recuerdo que yo hice trampa porque pensé que ese dos y medio era tres y me acerqué a la galleta para darle besito y ganarle a la chica. El payaso me acusó de impaciente pero a mí ciertamente me daba igual. Luego dijo: esta vez sí contaré hasta 3 así que atentos. El payaso robó la atención de todas las personas de la fiesta y se concentraron en mí y en la chica.
Yo me mantenía con la mirada enfocada en la galleta y, seguramente, la chica también. El payaso contó: 1, 2 y… 3. La chica y yo nos acercamos rápidamente a la galleta y el payaso, tramposo, sacó la galleta del medio y la chica y yo nos dimos un besito a vista de todos los invitados de la fiesta, quienes disfrutaron con mucha simpatía aquel beso inesperado. Fue inevitable evitar el contacto de nuestros labios. Ese fue mi primer beso, accidentado y juguetón.
A los 5 años también iba a casa de mi madrina por la tardes. Iba a jugar con su sobrina y con su amiguito. Solíamos jugar a las escondidas. Yo siempre hacía que el niño cuente primero y nos busque. El niño tenía que contar hasta 10, pero parecía que contaba hasta 100 porque siempre se equivocaba y volvía a empezar de nuevo. Yo hacía trampa, era tramposo y un poquito travieso desde muy niño, yo le decía a la sobrina de mi madrina dónde escondernos. Le decía que se metiera al armario, ella me hacía caso y entraba obediente. Yo me hacía el tonto y entraba con ella. Nos escondíamos como dos personitas que intentan cometer un crimen. Un día nos escondimos demasiado tiempo. Yo intenté acercarme a ella para susurrarle algo al oído pero fue tanta la oscuridad que terminé por darle un besito. Luego de esa vez siempre nos escondíamos en el armario y nos dábamos besitos a escondidas. Éramos novios en secreto. Nadie sabía nuestro romance, ni nosotros mismos. Pero cuando entrábamos a ese armario nos comportábamos como amantes de toda la vida.
A los 5 también experimenté otras cosas. Tuve mi primera vez. Recuerdo que fui al estadio con mi papá y sus amigos, jugaba la “U” vs Sport Boys. Yo no sabía el nombre de los jugadores, excepto de uno, de mi ídolo, del goleador: Roberto Martínez. Yo quería ser como él cuando creciera. Quería ser el goleador de la “U” y que mi nombre sea coreado por miles de hinchas. Imaginaba hacer un gol de chalaca al último minuto de un partido y salir campeón del Perú con Universitario de Deportes.
¡Es tan fácil soñar de niño¡ El partido estaba emocionante, pero como yo no sabía los nombres de los jugadores me aburrí rapidito y le dije a mi papá: papi, tengo sed, cómprame algo. Mi papá me dijo que me compraría en el entretiempo, pero yo me moría de sed e insistí. Lastimosamente no había ningún vendedor cerca y yo moría de sed. Mi papá se compadeció de mí y me dijo: prueba un poquito. Invitándome su lata de cerveza Cusqueña. Como yo no sabía que la cerveza amargaba tomé un sorbito considerable. Después me lamenté porque ese líquido me raspó la garganta y, además, sabía amargo.
Al poco rato no podía caminar con firmeza y mis piernitas se sentían débiles y trémulas. Me dio sueño inexplicablemente y no podía mantenerme en pie. El trago había dado efecto. Estaba borrachito. Caminaba zigzagueante. Mi papá se burlaba de mí y sus amigos también. Yo los miraba ingenuamente y ellos disfrutaban verme mareado.
A los 5 años yo le gustaba a dos chicas del jardín que eran primas. Siempre le pegaban a mi amigo porque él me molestaba con las 2 y ambas se avergonzaban. A mí me gustaba una de ellas. Recuerdo que yo las miraba desde lejos y disfrutaba verlas jugar en el recreo. Solían mecerse en los columpios.
Mis días favoritos eran cuando iban con vestido y se subían a los columpios. Yo las miraba atento desde lejos y las chicas se mecían con tal velocidad que, sin querer, les veía su calzoncito blanquito o rosadito, en ocasiones amarillo, siempre colores claros. Adoraba ese instante fugaz de placer. Me encantaba verles su ropita interior. A veces le rogaba a Diosito que mandara vientos fuertes para que agite las faldas de las chicas.
Yo, en ese entonces, no entendía por qué cada vez que las veía, algo se despertaba en mi entrepierna. Era como un ser que tomaba firmeza sin que yo se lo ordenara. A veces me causaba problemas porque se despertaba sin mi permiso y cuando me paraba para caminar, se me veía un bultito en la parte baja.
Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos años, pero sin duda, guardo esos recuerdos con un absoluto cariño. Fueron momentos especiales. Considerando, claro, que no todos los niños tenemos el privilegio de verle el calzoncito a nuestras amigas.
viernes, 27 de agosto de 2010
No soy sincero, pero tampoco un mentiroso
Hace mucho que no sé de Sandrita. No hemos vuelto hablar ni nos hemos vuelto a ver. Ya ni recuerdo cómo era conmigo. Las últimas fotos que vi de ella me mostraban a una chica diferente, una Sandrita cambiada. Espero que haya cambiado, pero no del todo, porque me gustaría que conserve ese encanto tan dulce que siempre tuvo, y que yo adoraba cuando estaba con ella.
Anoche me llamó. Me dijo que estaba esperando mi llamada todo el día porque pensó que yo la llamaría para vernos. Me dijo que se había puesto guapísima y que así había ido a la universidad porque tenía pensado verme esa tarde. A mí me dio gusto saber que quiso sorprenderme con su apariencia, es que Sandrita es tan linda, un poquito irreverente a veces, pero linda al fin y al cabo.
Ella quiere verme. Yo también, pero tengo mucho miedo. Es extraño porque la última vez que fui a visitarla ella me evadía y evitaba tener cierto contacto físico conmigo, ni siquiera hubo un abracito tierno por nuestro rencuentro, sino que ella permanecía distante y fría, se comportaba así debido a que tenía enamorado y no quería defraudarlo. Quizá el solo hecho de tenerme cerca es un peligro, y más si tiene enamorado. Yo creo lo mismo. Siempre es un peligro estar con Sandrita, nunca se sabe qué cosas puedan ocurrir, aunque sé que ahora ella no quiere nada conmigo y yo respeto eso, además yo ando comprometido y quiero mucho a mi chica, pero no por eso dejo de sentir un cariño especial por Sandrita.
Es irónico pensar que ambas son mujeres diferentes. Una es mi chica actual y la otra lo fue hace mucho tiempo. Tiempos tan adorables que guardo en mi corazón como muestra del amor de dos personas que intentaron amarse a pesar de las circunstancias y los problemas que surgieron en el camino. Fuimos muy felices, pero el tiempo y el distanciamiento, y un maldito desencuentro, fueron los que generaron nuestra separación. En realidad tuvimos un fin innecesario. Aquella noche en que decidimos terminar con nuestro romance solo hicimos lo que quisimos hacer desde hace mucho tiempo atrás. Nuestra relación no andaba bien y era mejor respirar y andar por caminos diferentes. Eso nos convenía más. Yo quería separarme de ella y quería que conociera nuevos chicos y que, quizá, encuentre en unos de ellos el amor y la felicidad que yo le negaba los últimos días que estuvimos de enamorados. Ella lo hizo. Se ilusionó de otro chico y estuvo con él.
A mí, por el contrario, me gustaba una chica que estudiaba la misma carrera que yo, pero nunca quise decirle nada a la chica porque el recuerdo de Sandrita aun permanecía en mi corazón, y sabía que mientras no la olvide totalmente era preferible no enamorarme de nadie, no quería hacerle daño a nadie.
Hasta que un día, una chica se interesó en mí. Yo al principio trataba de caerle mal. De ser un chico aburrido, tonto y demasiado homosexual. Pero ella nunca aflojó, siguió incesantemente y logró convencerme para encontrarnos un día. Después de ese encuentro nos vimos más seguido. Sus muestras de cariño fueron muchas pero yo no cedía. Me mantenía firme en mi decisión de no estar con nadie. Yo sabía que si estaba con ella solo la lastimaría. Mi corazón no estaba vacío, tenía el recuerdo de otra mujer. Y yo sabía que mientras esa mujer no salga totalmente de mi vida no podría hacer feliz a otra.
Yo nunca intenté olvidar a Sandrita, pero su recuerdo día a día se iba desvaneciendo. Ella era feliz al lado de otra persona y yo era infeliz en mi soledad.
Fue así que un día cedí a los encantos de la chica con la que estaba saliendo y quise intentar algo con ella, quise desafiar mi lado interno y probarme que también puedo ser feliz como lo era Sandrita. Pero fui un tonto. Yo debo ser feliz porque quiero ser feliz, no porque quiero demostrárselo a otra persona.
Muchos amigos me decían que Sandrita había tenido una mala elección por dejarme e irse con ese otro chico. La mayoría de mis amigos conocían a ese chico. Decían que era un sinverguenza que no sabe respetar a las mujeres. A mí ciertamente me daba igual, si Sandrita era feliz con él, pues entonces yo respetaría su relación. Ahora no sé si seguirá con él, pero si está le deseo suerte, y si no está también. Yo intento ser feliz al lado de mi chica aunque me cuesta lograrlo.
A veces caigo en profundos caprichos que me llevan al desgano y descontrol de mi comportamiento. A veces la trato mal y me encierro en mi tristeza. A veces no sé si hice bien en aceptar una relación sentimental. Creo que no estoy preparado. Soy demasiado incapaz para sobrellevar un romance por caminos de felicidad. Me siento débil y a veces quiero no hacer nada. Siento que le hago daño y que ella se merece un chico menos complejo que yo. Tengo características anormales y reacciones que muestran una inmadurez total. La quiero, y la quiero tanto que por eso me gustaría que ella me deje, porque cualquier persona le haría más feliz que yo. Yo ni siquiera intento enamorarla. Soy un cobarde que no sabe cuidar el corazón de esa chica que me quiere con locura. Me gustaría quererla como ella espera que lo haga. Su amor es tan puro que me quiere sin esperar nada a cambio. Quererme le hace daño, pero a mí hace bien. Lo único que no sé es si mi cariño le hace tan feliz como el suyo me hace a mí. Siempre nos decimos que nos queremos pero yo ni siquiera lo demuestro. Ella ya lo hizo, y lo hace constantemente. Me encanta que lo haga. La quiero porque sabe quererme de manera singular. Nadie me había querido así jamás. Intento no hacerla daño, pero siempre fracaso. Soy poco hombre para hacerla feliz. Ella se merece lo mejor del mundo, y sabe que yo no soy lo mejor pero se conforma con lo poco que le doy, y eso me hace quererla más, porque a pesar de mis errores, ella es paciente y es feliz con mi tímido cariño de muchachito tonto. Por ahora ella intenta ser el papel protagónico en nuestro romance, pero sé que no será por mucho tiempo. Dicen que todo da vueltas, y si este dicho es verdad, entonces ella recibirá mucho amor algún día. Espero ser yo quien se lo brinde, y si no logro hacerlo, sé que ella lo disfrutará con quién sea, porque así es ella: disfruta siempre lo mejor, sin importar lo que venga luego. Sabe disfrutar la vida y suele ser feliz con los pequeños detalles. Ese es tal vez, el significado del verdadero amor: ser feliz con las pequeñas cosas que recibimos.
Anoche me llamó. Me dijo que estaba esperando mi llamada todo el día porque pensó que yo la llamaría para vernos. Me dijo que se había puesto guapísima y que así había ido a la universidad porque tenía pensado verme esa tarde. A mí me dio gusto saber que quiso sorprenderme con su apariencia, es que Sandrita es tan linda, un poquito irreverente a veces, pero linda al fin y al cabo.
Ella quiere verme. Yo también, pero tengo mucho miedo. Es extraño porque la última vez que fui a visitarla ella me evadía y evitaba tener cierto contacto físico conmigo, ni siquiera hubo un abracito tierno por nuestro rencuentro, sino que ella permanecía distante y fría, se comportaba así debido a que tenía enamorado y no quería defraudarlo. Quizá el solo hecho de tenerme cerca es un peligro, y más si tiene enamorado. Yo creo lo mismo. Siempre es un peligro estar con Sandrita, nunca se sabe qué cosas puedan ocurrir, aunque sé que ahora ella no quiere nada conmigo y yo respeto eso, además yo ando comprometido y quiero mucho a mi chica, pero no por eso dejo de sentir un cariño especial por Sandrita.
Es irónico pensar que ambas son mujeres diferentes. Una es mi chica actual y la otra lo fue hace mucho tiempo. Tiempos tan adorables que guardo en mi corazón como muestra del amor de dos personas que intentaron amarse a pesar de las circunstancias y los problemas que surgieron en el camino. Fuimos muy felices, pero el tiempo y el distanciamiento, y un maldito desencuentro, fueron los que generaron nuestra separación. En realidad tuvimos un fin innecesario. Aquella noche en que decidimos terminar con nuestro romance solo hicimos lo que quisimos hacer desde hace mucho tiempo atrás. Nuestra relación no andaba bien y era mejor respirar y andar por caminos diferentes. Eso nos convenía más. Yo quería separarme de ella y quería que conociera nuevos chicos y que, quizá, encuentre en unos de ellos el amor y la felicidad que yo le negaba los últimos días que estuvimos de enamorados. Ella lo hizo. Se ilusionó de otro chico y estuvo con él.
A mí, por el contrario, me gustaba una chica que estudiaba la misma carrera que yo, pero nunca quise decirle nada a la chica porque el recuerdo de Sandrita aun permanecía en mi corazón, y sabía que mientras no la olvide totalmente era preferible no enamorarme de nadie, no quería hacerle daño a nadie.
Hasta que un día, una chica se interesó en mí. Yo al principio trataba de caerle mal. De ser un chico aburrido, tonto y demasiado homosexual. Pero ella nunca aflojó, siguió incesantemente y logró convencerme para encontrarnos un día. Después de ese encuentro nos vimos más seguido. Sus muestras de cariño fueron muchas pero yo no cedía. Me mantenía firme en mi decisión de no estar con nadie. Yo sabía que si estaba con ella solo la lastimaría. Mi corazón no estaba vacío, tenía el recuerdo de otra mujer. Y yo sabía que mientras esa mujer no salga totalmente de mi vida no podría hacer feliz a otra.
Yo nunca intenté olvidar a Sandrita, pero su recuerdo día a día se iba desvaneciendo. Ella era feliz al lado de otra persona y yo era infeliz en mi soledad.
Fue así que un día cedí a los encantos de la chica con la que estaba saliendo y quise intentar algo con ella, quise desafiar mi lado interno y probarme que también puedo ser feliz como lo era Sandrita. Pero fui un tonto. Yo debo ser feliz porque quiero ser feliz, no porque quiero demostrárselo a otra persona.
Muchos amigos me decían que Sandrita había tenido una mala elección por dejarme e irse con ese otro chico. La mayoría de mis amigos conocían a ese chico. Decían que era un sinverguenza que no sabe respetar a las mujeres. A mí ciertamente me daba igual, si Sandrita era feliz con él, pues entonces yo respetaría su relación. Ahora no sé si seguirá con él, pero si está le deseo suerte, y si no está también. Yo intento ser feliz al lado de mi chica aunque me cuesta lograrlo.
A veces caigo en profundos caprichos que me llevan al desgano y descontrol de mi comportamiento. A veces la trato mal y me encierro en mi tristeza. A veces no sé si hice bien en aceptar una relación sentimental. Creo que no estoy preparado. Soy demasiado incapaz para sobrellevar un romance por caminos de felicidad. Me siento débil y a veces quiero no hacer nada. Siento que le hago daño y que ella se merece un chico menos complejo que yo. Tengo características anormales y reacciones que muestran una inmadurez total. La quiero, y la quiero tanto que por eso me gustaría que ella me deje, porque cualquier persona le haría más feliz que yo. Yo ni siquiera intento enamorarla. Soy un cobarde que no sabe cuidar el corazón de esa chica que me quiere con locura. Me gustaría quererla como ella espera que lo haga. Su amor es tan puro que me quiere sin esperar nada a cambio. Quererme le hace daño, pero a mí hace bien. Lo único que no sé es si mi cariño le hace tan feliz como el suyo me hace a mí. Siempre nos decimos que nos queremos pero yo ni siquiera lo demuestro. Ella ya lo hizo, y lo hace constantemente. Me encanta que lo haga. La quiero porque sabe quererme de manera singular. Nadie me había querido así jamás. Intento no hacerla daño, pero siempre fracaso. Soy poco hombre para hacerla feliz. Ella se merece lo mejor del mundo, y sabe que yo no soy lo mejor pero se conforma con lo poco que le doy, y eso me hace quererla más, porque a pesar de mis errores, ella es paciente y es feliz con mi tímido cariño de muchachito tonto. Por ahora ella intenta ser el papel protagónico en nuestro romance, pero sé que no será por mucho tiempo. Dicen que todo da vueltas, y si este dicho es verdad, entonces ella recibirá mucho amor algún día. Espero ser yo quien se lo brinde, y si no logro hacerlo, sé que ella lo disfrutará con quién sea, porque así es ella: disfruta siempre lo mejor, sin importar lo que venga luego. Sabe disfrutar la vida y suele ser feliz con los pequeños detalles. Ese es tal vez, el significado del verdadero amor: ser feliz con las pequeñas cosas que recibimos.
lunes, 16 de agosto de 2010
Poema XII
Y yo decidí perderte por razones insospechadas.
El tiempo pasa y tu imagen todavía me hace vibrar como antes de perderte.
No he vuelto a dedicarte mis sueños ni mis caricias ni nada, en absoluto.
¿Te extraño? no lo sé.
Solo he vuelto a pensarte inesperadamente.
Ay mujer, cuánto te amé
Y cuán largo es olvidarme de ti.
Quizá vuelvas.
Ojala sea así.
Mas no hoy, que soy feliz.
Pues tu presencia solo alborotaría mi quietud.
Esta noche te dedico mis pensamientos porque así se ha destinado.
Pero quién sabe mañana, quizá no te recuerde.
Quizá deambule pensando en otra mujer que me ama sin razón.
Una que sabe amarme sin que su amor sea correspondido.
Y qué importa si el amor no es correspondido,
cuando uno ama, solo le interesa hacerlo sin esperar nada a cambio.
Aunque al final, la persona que más ha amado, será quien más ha perdido.
El tiempo pasa y tu imagen todavía me hace vibrar como antes de perderte.
No he vuelto a dedicarte mis sueños ni mis caricias ni nada, en absoluto.
¿Te extraño? no lo sé.
Solo he vuelto a pensarte inesperadamente.
Ay mujer, cuánto te amé
Y cuán largo es olvidarme de ti.
Quizá vuelvas.
Ojala sea así.
Mas no hoy, que soy feliz.
Pues tu presencia solo alborotaría mi quietud.
Esta noche te dedico mis pensamientos porque así se ha destinado.
Pero quién sabe mañana, quizá no te recuerde.
Quizá deambule pensando en otra mujer que me ama sin razón.
Una que sabe amarme sin que su amor sea correspondido.
Y qué importa si el amor no es correspondido,
cuando uno ama, solo le interesa hacerlo sin esperar nada a cambio.
Aunque al final, la persona que más ha amado, será quien más ha perdido.
Poema XI
El desdén incrédulo de quien me desconoce,
genera en mí una mirada desafiante.
Las ganas inconscientes despiertan avasalladores comentarios
que alegan adjetivos imprudentes,
ofuscando el alma de los ávidos oídos
y del corazón trémulo y distante.
Severa confusión que se pagará con deseos humanos y atributos indeseables.
Roces verbales, sumisos a la indiferencia atónita de quien permanece ausente en presencia.
Error por error contribuyen a la equívoca decisión por ocultar sinceridad.
Y, a la vez, emancipa temores prisioneros y adjunta caos y desolación en las almas
como si fuese una mentira envuelta en verdad que nadie quiere creer
por una insignificante confianza fallida.
De libre pensamiento surge ingeniosos abstractos conformistas y la melancólica creatividad del poeta que no será sino más que un hacendoso escritor ensombrecido en sus febriles líneas impertinentes.
Y aunque el pasado no se repita, aún lastima como si fuese un presente constante.
genera en mí una mirada desafiante.
Las ganas inconscientes despiertan avasalladores comentarios
que alegan adjetivos imprudentes,
ofuscando el alma de los ávidos oídos
y del corazón trémulo y distante.
Severa confusión que se pagará con deseos humanos y atributos indeseables.
Roces verbales, sumisos a la indiferencia atónita de quien permanece ausente en presencia.
Error por error contribuyen a la equívoca decisión por ocultar sinceridad.
Y, a la vez, emancipa temores prisioneros y adjunta caos y desolación en las almas
como si fuese una mentira envuelta en verdad que nadie quiere creer
por una insignificante confianza fallida.
De libre pensamiento surge ingeniosos abstractos conformistas y la melancólica creatividad del poeta que no será sino más que un hacendoso escritor ensombrecido en sus febriles líneas impertinentes.
Y aunque el pasado no se repita, aún lastima como si fuese un presente constante.
viernes, 6 de agosto de 2010
Poema X
¿Y quién era yo antes de conocerte?
¿Y quién eres tú antes de conocerme?
Éramos dos extraños perdidos en su propio rumbo incoherente.
Ahora somos dos individuos mutilados al deseo constate de la piel.
Tus besos conceden placer absoluto a mis labios
y tu piel hibrida de razones conserva el misterio de un valle indescifrable,
pues te entregarás al amor de quien te ame.
Yo no te amo
pero ya empecé a sentirte.
Tú no me amas
pero esperas hacerlo.
No porque yo lo decido,
sino porque así se ha previsto.
Huye.
Huye pronto y llévame contigo.
Escapemos juntos y perdámonos por aquel paraíso infinito
que es estar unidos por un sinrazón de motivos.
Yo no te pertenezco
solo me entrego a tu voluntad y al capricho de mis ansias,
a tus manos incontrolables y a tu desmesurada locura por sentirme tuyo.
Vehemente compañía es la tuya,
pues llegaste a mí como la aurora de un sueño profundo,
y ahora alborotas mi quietud con tus verbos ambiguos
que derivan de tu pensamiento adolescente.
Y yo, dócil como el viento de verano,
adolecía de fantasías, mas no ahora
que navego encandilado por tus palabras afiebradas.
Quédate mujer, quédate en mí el tiempo que quieras
y si mi vida no basta para satisfacer tus aventuras
sígueme con el alma para aventurarnos al inframundo
que no hay más eternidad que la muerte misma
¿Y quién eres tú antes de conocerme?
Éramos dos extraños perdidos en su propio rumbo incoherente.
Ahora somos dos individuos mutilados al deseo constate de la piel.
Tus besos conceden placer absoluto a mis labios
y tu piel hibrida de razones conserva el misterio de un valle indescifrable,
pues te entregarás al amor de quien te ame.
Yo no te amo
pero ya empecé a sentirte.
Tú no me amas
pero esperas hacerlo.
No porque yo lo decido,
sino porque así se ha previsto.
Huye.
Huye pronto y llévame contigo.
Escapemos juntos y perdámonos por aquel paraíso infinito
que es estar unidos por un sinrazón de motivos.
Yo no te pertenezco
solo me entrego a tu voluntad y al capricho de mis ansias,
a tus manos incontrolables y a tu desmesurada locura por sentirme tuyo.
Vehemente compañía es la tuya,
pues llegaste a mí como la aurora de un sueño profundo,
y ahora alborotas mi quietud con tus verbos ambiguos
que derivan de tu pensamiento adolescente.
Y yo, dócil como el viento de verano,
adolecía de fantasías, mas no ahora
que navego encandilado por tus palabras afiebradas.
Quédate mujer, quédate en mí el tiempo que quieras
y si mi vida no basta para satisfacer tus aventuras
sígueme con el alma para aventurarnos al inframundo
que no hay más eternidad que la muerte misma
miércoles, 4 de agosto de 2010
Lo que no siento por ella
Enamorarse es tan sencillo como ver el cielo y suspirar. Es la ilusión más significativa en la adolescencia. Nos hace soñar y perdernos en pensamientos que esperamos se hagan realidad.
Enamorarse genera resultados insospechados, a veces causa una felicidad tierna y otras una tristeza innecesaria. Yo hace mucho lo estuve, y ahora no sé si quiero estarlo.
Hay una chica con la cual estoy saliendo. Ella me quiere y yo a ella (ojo: quererse no necesariamente quiere decir que estemos enamorados). Somos muy felices estando juntos. Me hace reír y disfruto en silencio sus muestras de cariño.
Ella me complace de manera sorprendente, y hasta me atrevo a pensar que su cariño me es inmerecido. Su afecto es absoluto, o al menos yo lo creo así. Me escribe a menudo y sabe ganarse mi amor con detalles románticos. Yo la quiero, ella lo sabe, o al menos lo presiente. Ella me quiere, me lo demuestra a diario.
Hablamos todos los días, siempre tengo algo que contarle. Ella me oye enmudecida y yo le narro fragmentos de mi pasado, intrascendentes quizá, pero ella los disfruta con un goce enrarecido.
Cuando la conocí no pensé que llegaría a sentir lo que ahora siento por ella, ni siquiera imaginé extrañarla como ahora lo hago. Con los días fue robándome los pensamientos a base de afecto y dulzura. Me llevó a su casa y me presentó a sus padres, quienes me comparan, lo sospecho, con un ex enamorado que ella tuvo.
Creo que aquel último enamorado le marcó la vida. Ella lo amó demasiado, me lo confesó una noche cuando hablábamos por teléfono; sin embargo, por esas cosas raras de la vida su relación se estropeó. Según lo que ella me contó, fue que un tiempo el tipo le propuso terminar su relación, pero quería seguir besándola, abrazándola y hacer cosas de enamorados. A ella no le gustó esa propuesta porque pensó que el amor de él no era sincero; y, claro ¡qué va a ser sincero un amor que semejante proposición!
Si una persona es tu enamorado y luego te pide que dejen de serlo, pero te dice que se sigan frecuentando, y en esos encuentros te trata como si lo fuesen, el amor que te dice tener es incoherente. Para una persona enamorada no hay nada mejor que estar con el ser amado; por lo tanto, ese tipo sólo abuzaba del amor que ella sentía.
En otras palabras: era un pendejo que quería aprovecharse de ella; para luego, en un momento dado, largarse con alguna mujer que encuentre.
Yo la quiero, es verdad, ella me quiere, también lo es, incluso ya nos hemos besado producto a nuestros encuentros constantes y al gran cariño que nos tenemos. El asunto es ¿ella estará enamorada de mí? ¿Yo estaré enamorado de ella? Ambas preguntas me causan intriga.
Ella no me ha dicho que está enamorada de mí, aunque si interpreto sus actos y su forma de tratarme pareciera que sí. Yo, por el contrario, no puedo decir lo mismo. Yo no me siento enamorado, o al menos esa es mi duda. Es verdad que la pienso, la extraño, la quiero y siento muchas cosas por ella, pero no siento que estos sentimientos que ella genera en mí sean necesarios para dar el siguiente paso y pedirle que sea mi chica.
Ella quiere que lo intentemos, me lo ha repetido las últimas veces que nos hemos visto. Yo me he rehusado y le he explicado mis motivos. Le he dicho que no quiero sentirme atado a nadie ni mucho menos comprometerme. Sé que hago mal, y sé también que me estoy comportando como aquel patán que fue su último enamorado, pero tengo mis motivos.
No hace más de 7 meses he terminado una relación de años con la persona quien yo creía, hasta ese entonces, era el amor de mi vida. Duramos muchos años años. Ella fue mi primer amor, ese que se recuerda toda la vida. Fuimos muy felices juntos, pero como todo, nuestro final tenía que llegar; sin embargo nunca entendí los motivos por el cual nos separamos. El problema no es haberla perdido, sino no saber olvidarla. Su recuerdo aún me lastima. No podría estar con otra persona porque aún la pienso. No he cerrado esa etapa en mi vida.
Ese es el motivo por el cual no puedo formar un relación. El recuerdo de otra persona aún merodea mis pasos. Se inmiscuye en mis pensamientos y yo cedo inofensivo....
Enamorarse genera resultados insospechados, a veces causa una felicidad tierna y otras una tristeza innecesaria. Yo hace mucho lo estuve, y ahora no sé si quiero estarlo.
Hay una chica con la cual estoy saliendo. Ella me quiere y yo a ella (ojo: quererse no necesariamente quiere decir que estemos enamorados). Somos muy felices estando juntos. Me hace reír y disfruto en silencio sus muestras de cariño.
Ella me complace de manera sorprendente, y hasta me atrevo a pensar que su cariño me es inmerecido. Su afecto es absoluto, o al menos yo lo creo así. Me escribe a menudo y sabe ganarse mi amor con detalles románticos. Yo la quiero, ella lo sabe, o al menos lo presiente. Ella me quiere, me lo demuestra a diario.
Hablamos todos los días, siempre tengo algo que contarle. Ella me oye enmudecida y yo le narro fragmentos de mi pasado, intrascendentes quizá, pero ella los disfruta con un goce enrarecido.
Cuando la conocí no pensé que llegaría a sentir lo que ahora siento por ella, ni siquiera imaginé extrañarla como ahora lo hago. Con los días fue robándome los pensamientos a base de afecto y dulzura. Me llevó a su casa y me presentó a sus padres, quienes me comparan, lo sospecho, con un ex enamorado que ella tuvo.
Creo que aquel último enamorado le marcó la vida. Ella lo amó demasiado, me lo confesó una noche cuando hablábamos por teléfono; sin embargo, por esas cosas raras de la vida su relación se estropeó. Según lo que ella me contó, fue que un tiempo el tipo le propuso terminar su relación, pero quería seguir besándola, abrazándola y hacer cosas de enamorados. A ella no le gustó esa propuesta porque pensó que el amor de él no era sincero; y, claro ¡qué va a ser sincero un amor que semejante proposición!
Si una persona es tu enamorado y luego te pide que dejen de serlo, pero te dice que se sigan frecuentando, y en esos encuentros te trata como si lo fuesen, el amor que te dice tener es incoherente. Para una persona enamorada no hay nada mejor que estar con el ser amado; por lo tanto, ese tipo sólo abuzaba del amor que ella sentía.
En otras palabras: era un pendejo que quería aprovecharse de ella; para luego, en un momento dado, largarse con alguna mujer que encuentre.
Yo la quiero, es verdad, ella me quiere, también lo es, incluso ya nos hemos besado producto a nuestros encuentros constantes y al gran cariño que nos tenemos. El asunto es ¿ella estará enamorada de mí? ¿Yo estaré enamorado de ella? Ambas preguntas me causan intriga.
Ella no me ha dicho que está enamorada de mí, aunque si interpreto sus actos y su forma de tratarme pareciera que sí. Yo, por el contrario, no puedo decir lo mismo. Yo no me siento enamorado, o al menos esa es mi duda. Es verdad que la pienso, la extraño, la quiero y siento muchas cosas por ella, pero no siento que estos sentimientos que ella genera en mí sean necesarios para dar el siguiente paso y pedirle que sea mi chica.
Ella quiere que lo intentemos, me lo ha repetido las últimas veces que nos hemos visto. Yo me he rehusado y le he explicado mis motivos. Le he dicho que no quiero sentirme atado a nadie ni mucho menos comprometerme. Sé que hago mal, y sé también que me estoy comportando como aquel patán que fue su último enamorado, pero tengo mis motivos.
No hace más de 7 meses he terminado una relación de años con la persona quien yo creía, hasta ese entonces, era el amor de mi vida. Duramos muchos años años. Ella fue mi primer amor, ese que se recuerda toda la vida. Fuimos muy felices juntos, pero como todo, nuestro final tenía que llegar; sin embargo nunca entendí los motivos por el cual nos separamos. El problema no es haberla perdido, sino no saber olvidarla. Su recuerdo aún me lastima. No podría estar con otra persona porque aún la pienso. No he cerrado esa etapa en mi vida.
Ese es el motivo por el cual no puedo formar un relación. El recuerdo de otra persona aún merodea mis pasos. Se inmiscuye en mis pensamientos y yo cedo inofensivo....



