lunes, 5 de septiembre de 2011

El fracasado que vive en mí

Es jodido llegar a esta edad. Es jodido porque a veces la vida parece difícil. En realidad es muy difícil. Uno se mata la cabeza pensando qué estudiar, qué carrera elegir o qué hacer una vez acabado el colegio.

Uno tiene que lidiar con los problemas familiares y problemas económicos que a esta edad se vuelven muy básicos. Me llega ser dependiente. Quiero independizarme. Quiero valerme por mi mismo. Quiero sentir que lo que vivo es mi vida y no lo que me impone el resto.

Desde chiquito tuve problemas para elegir mi propia vida, siempre la eligieron por mí, ahora me cuesta sostenerme. Soy demasiado débil. En el colegio me comporté muy relajado. Fui descuidándome en los estudios y sólo leía lo que me interesaba leer. Aprendía por mi cuenta. Leía libros de historia universal cuando tenía que estudiar para matemática. Leía novelas de amor en vez de estudiar para lenguaje. Nunca me gustó estudiar. Me apetecía más aprender pero por mi cuenta.

He sido muy egoísta, lo sé, pero nunca me gustó que impongan deberes en mí. Ahora me cuesta aceptarlo. Sufro mucho por este problema. Veo mi futuro con mucho incierto. No sé qué será de mi vida en algunos años. Tengo tantos sueños que cumplir y aún no sé qué espero para realizarlos.

Hay una canción que explica mucho lo que hice en el colegio, la letra se refiere una respuesta que se le da a la profesora:

Yo seré sincero: prefiero hacer mis letras
Que gastar en su clase mis lapiceros…


Esto demuestra, simplemente, el rencor que me consumió los últimos años que estuve en el colegio, pues nunca hacía caso a nadie, sólo escribía en mi cuaderno cosas irrelevantes, poco importantes.

Hacía la tarea cuando me daba la gana. Incluso, alguna vez en clase de matemática, la profesora empezó a repartir los exámenes, pero cuando llegó a mi pupitre me preguntó si es que yo iba a dar mi examen. Obviamente la miré y le dije que no. (Eso no quiere decir que yo haya sido malcriado, sino que no me apetecía darlo. Prefería escribir en mi cuaderno que estar resolviendo problemas numéricos).


Y así fue pasando mi vida. Limitándome a resolver ejercicios y hacer lo que me da la gana: escribir. Cada día que pasa me convenzo más que nunca seré el escritor que quiero ser. Nunca seré si quiera la persona que alguna vez soñé. Llámenme conformista o perdedor si quieren, pero mis continuos miedos me hacen pensar eso.

Vuelvo a repetir, veo mi futuro con mucho incierto. No sé cómo hacer para lograr todo lo que tengo en mente. Me aturdo. Me quiebra la idea de ser un pobre diablo que se sumerge en sus libros para escapar de su realidad cuando se siente mal.

Yo no sé cuánto tiempo tenga que pasar, pero por ahora, me siento incompetente y pusilánime. Un chico de lo más infeliz. Escribo de manera desesperada para desquitarme de todo el mal sabor que me deja la duda y el miedo. Es el mismo miedo que sufren muchas personas de mi edad, el mismo miedo que padecen los jóvenes de mi tiempo, y, probablemente, de todos los tiempos. Mis papás piensan que soy un buen hijo, pero están equivocados.

Estudio comunicaciones y a veces no sé qué tanto me servirá. Hace algunos años, cuando aún era niño, yo quería ser arqueólogo, filósofo, científico o al menos conservaba la esperanza de estudiar literatura. Mi mamá siempre pensó que yo no servía para ingresar a una universidad nacional porque durante la secundaria le demostré que no podía, por eso me matriculó en un instituto particular; claro, con el fin de convalidarlo luego en la universidad. Ahora no sé si quiero convalidarlo. Quiero trabajar y librarme del apoyo de mis padres. Que ellos disfruten su dinero y se olviden de mí. Yo podré arreglarme por mi cuenta, aunque no estoy seguro de eso, pero es lo que más deseo.

A veces carezco de ideas. Me refugio en mis libros pensando que así todo estará bien. Los libros que leo a veces me parecen literatura barata, aunque la única literatura barata que conozco son las cosas que escribo. Tengo el alma rencorosa llena de dolor. Un dolor que no sé por qué se origina. Quizá por el temor a fracasar. No me importaría fracasar, lo que me aturde es ser un fracasado.

miércoles, 17 de agosto de 2011

¡Medio año juntos!

Así se titula la nota que recibí hace unos días. Fue escrito por mi chica. Yo no sé cómo lo hace pero siempre termina sorprendiéndome. Y no debe ser así, a mí me gusta sorprender a las personas, no que me sorprendan. Y mucho menos escribiéndome.

Nunca nadie me escribió tanto como ella. Los únicos escritos que recibí de chiquito fueron las notificaciones que me enviaban desde el colegio para mis papás por no entrar a clase. Ahora alguien me escribe. Ese alguien es mi novia. No me escribe constantemente pero sí con determinada frecuencia. Sus líneas dicen lo siguiente:

Me gustas por lo tranquila
que me pongo cuando estoy contigo

Me gustas porque
me gusta que andemos por la calle
de la mano

Me gustas porque
te demoras en escoger qué es lo que
te vas a poner cuando ya nos tenemos que ir

Me gustas porque
hemos vivido cosas increíbles juntos

Me gustas porque
me gusta despertar y verte a mi lado

Me gustas porque
quiero escaparme muy lejos contigo

Me gustas porque
no me quiero separar de ti

Me gustas porque
quieres que sea tu mujer, tu esposa, la mami de Eduardito
y tu chica siempre, hasta que seamos viejitos

Me gustas porque me haces sentir especial,
porque quiero compartir mi vida contigo…

¡Te quiero, mi amor!


A decir verdad, es un escrito muy bonito. Conserva en su sencillez un encanto enternecedor. Adoro a mi chica. Me tiene completamente enamorado, como un loco. Mi vida se suspende en sus labios y en su compañía. ¡La quiero tanto! Gracias por escribirme, mi amor. También te quiero. Te quiero muchísimo.

Ella

Ella me conoció de casualidad
Por capricho del destino
No había opción, tenía que suceder


Ella me mira y no dice nada
Permanece quieta
Se repliega en mis brazos mientras descansa


Ella conserva cierto misterio
Su silencio lo ha confesado
No intento saberlo
No me conviene, lo presiento


Ella me quiere, me lo ha dicho
Yo le creo, no tengo por qué dudarlo


Ella es mi confidente, mi cómplice, mi chica mala
No tiene miedo, no teme a nada
Al menos así parece


Ella no vacila, se atreve, es decidida
Es más valiente que yo
Es fácil ser más valiente que yo.


Ella me demuestra una parte que desconocía del amor
No hay duda, la quiero
Me tiene sometido a sus encantos
Y yo quiero permanecer así: a su lado


Ella conserva un aroma delicioso
Su piel desnuda suele invitarme a acariciarle el cuerpo tibio con los labios
A besarla con paciencia, despacito
A ir descubriendo nuevas vibraciones en cada beso
en cada lugar, en cada rincón inhabitable de su piel


Ella se pasea por mi espalda, por mi cabello
Yo por su vientre, por su pecho
Por donde el amor nos lo permita


Ella está dispuesta a ir contra todo
en particular, contra el tiempo
Muchas veces nos limita, nos separa.


Ella me besa y yo pierdo la razón
Sus besos se han vuelto mi antojo,
sus labios mi capricho
su cuerpo mi deseo
Pero ella, en suma, es mi tentación.

domingo, 14 de agosto de 2011

Lo bueno de ser maleducado

Las mujeres suelen creerse muy educaditas, muy buenitas, muy chicas de su casa. Pero ¿qué pasa si una mujer se expresa de forma grosera o dice algo así como: sí pues, me gusta la pichula

Seguramente las personas que la escuchan se escandalizarían y armarían todo un show. Empezarían por tildarla de maleducada y puta. Todos la mirarían con menosprecio y asquerosidad, juzgándola por decir tal disparate. Pero ¿alguien se ha puesto a pensar cómo se debe sentir ella? De seguro muy apenada y muy avergonzada por lo que dijo; no sólo eso, seguro querrá desaparecer del planeta o simplemente morirse. Aunque no todas son así. Habrá otras mujeres que les importe un carajo la opinión del resto, pues, al fin y al cabo, uno tiene derecho a expresarse como quiere, como le da la gana. No tiene nada de malo expresarle al mundo entero sus gustos, incluso si esos gustos hacen alusión a una pichula. ¡A la mierda el resto, hay que expresarse como uno quiere, como se nos viene en gana!

Uno puede expresarse como quiere, claro, sin ofender al resto.

Una vez leí que las mujeres que se creen muy educaditas y muy inocentes, son las que en privado conversan con sus amigas sobre sexo sin vergüenza y analizan, imaginariamente, con sumo criterio el miembro de su pareja. ¿Me pregunto si mi mamá también hablará así? Seguro les dirá a sus amigas: "ay, mi Eduardito de niño tenía su pipilincito muy bonito, ojalá que ahora de grande no sea como el de su padre, sino pobre de él”.

Tengo algunas amigas que me cuentan que las mujeres son más abiertas que los hombres (entiéndase ABIERTA en el modo de hablar y no en referencia al acto sexual), pues me dicen que cuando hacen reuniones de mujeres es inevitable no hablar de sexo. Lo peor es que hablan con mucho detalle, muy explícito, y al final, claro, terminan contando absolutamente todo. Son unas ninfas justagtivas, unas malcriadas del raje, unas víboras vivientes, en suma: unas cuentacuentos sexuales.

Yo me pregunto ¿por qué los hombres sí podemos expresarnos cómo queramos y a las mujeres sólo les permitimos decir palabras educadas e ideales de una dama? ¿Acaso la mujer no puede decir una lisura? ¿Acaso el hombre tiene privilegios y la mujer vive sometida a una educación falsa? Lo cierto es que aún estamos en una sociedad muy machista, muy clasista, muy prejuiciosa y superficial. Una vez una chica que conozco me dijo que cuando practicaba al sexo con su novio, ella solía decir palabrotas, eso la excitaba más. Su arrechura en un momento fue tanta que terminó por decirle a su novio: “¡perro, muévete más!”, y el tipo muy obediente y con gran entusiasmo intentó agitarse un poco más, se sacudía sin control e intentaba complacer a su chica. Un empeño destacado considerando que no todas las parejas emplean ese método de excitación.

Hace unos días cuando hice una entrevista a Oswaldo Reynoso, un escritor considerado dentro de la generación de los 50s, junto a Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, como escritores del realismo urbano en la literatura. Me decía que cuando él empezó a escribir lo hizo en referencia a ese grupo de personas que son ignoradas ante la vista de los demás, esas personas menospreciadas y marginadas, esas que viven en los barrios populares y no en el sector de la Lima aristocrática. A él (a Don Oswaldo) le interesaba más la realidad de las personas que los engaños del dinero, por eso escribió Los inocentes, un libro donde se emplea diálogos coloquiales impulsados por la mala vida y por el vocablo juvenil, muchas veces llenos de lisuras. Ahora entiendo que no importa ser educado para tener aceptación ante los demás, sino que es mejor aceptar la mala educación, pues, al final, uno también aprende de eso.

martes, 19 de julio de 2011

Poema XVI

Intenta coger mis manos
Siéntelas
Son tuyas

Como son tuyos también mis sueños y mis momentos
mis despertares y mi andar

Intenta obsequiarme una mirada, desafiante y trasnochada
Intenta seducirme con tu amor
lléname de ti y endulza mis placeres

Regálame un beso, un día, una noche
Regálame el corazón que yo te regalo el mío
Encadenemos un instante
Un momento

Intenta callar, intenta no decir nada
sólo veme en la oscuridad de tus pensamientos

Intenta cambiar mis latidos, mis energías, mis despertares
quiero que todo lo mío sea tuyo

Perdámonos en un suspiro,
en una caricia o
en verso inadvertido

Enlacemos nuestros labios hasta enloquecer
Escondámonos del tiempo,
que jamás nos encuentre

Intenta huir
intenta perderte
intentar alejarte
Intenta lo que quieras, pero llévame contigo.

lunes, 30 de mayo de 2011

Vulgarcito

Si pudiera volver a nacer, pediría ser más grosero, más vulgar, más atrevido, menos tarado y más sinvergüenza. Sería un pendejito de esquina, un palomilla. Jugaría pichanguita todos los días con los amigos del barrio (claro, ahí sí tendría amigos en mi barrio, no como ahora que a penas y me conocen de vista).

Recuerdo que cuando era niño mis amigos del colegio me acusaban de gilerito, de enamorador, de pulseador de chicas. Ese concepto fue alargándose con los años y me duró toda la secundaria. Era el pendejito del colegio. Luego pasé a ser el mariconcito, un ascenso vergonzoso. Nunca supe el origen de ambos calificativos pero a mí me importaba un carajo. Me daba igual. Gracias a esas jodas y a esos repitentes calificativos insultantes que escupían en mi contra, fui creyendo ser así, como el resto me llamaba. El resultado fue que tuve muchas amigas. Tuve facilidad de acercarme a las mujeres, de hablar con ellas y escuchar sus problemas, sus quejas, sus molestias para con sus enamorados. Años más tarde, y con un poquito de teoría por las lecturas de amor que me interesaban leer, aprendí muchas cosas acerca de las relaciones de pareja. Ahora, a mis 20 años, no seré un experto, pero creo saber lo esencial. He ayudado a muchas parejas a solucionar sus problemas, pero también he fracasado, es que hay parejas que no tienen solución, o, en el peor de los casos, la única solución es separarse.

Como dije en un principio, me gustaría ser un tipo más avivado (entiéndase avivado como liberal, mañosón, vulgar). Hubo un tiempo donde quise intentar serlo. Empecé a fumar demasiado, a tal punto de probar marihuana, a beber alcohol sin motivo, a salir con mis amigos cada fin de semana a discotecas sin que éstas me gusten, a conversar con chicas que encontrábamos solas en las fiestas, a organizar (y esto nunca se realizó) conceptos e ideas para filmar una película porno, empecé a decir lisuras delante de mis papás, a no saludar a las personas mayores, a privarme de alimentos saludables, a no ir al colegio, a verle las tetas a las mujeres de la calle, a mirarle el calzoncito a la profesora de literatura que seducía a toda la clase con sus piernas, a robarle los condones a mi papá para vendérselos a mis amigos, pero nunca me gustó ser así. Me sentía mal. Incómodo. Sentía que no podía fingir ni mentirme a mí mismo. Fracasé en mi afán de volverme un rebelde sin causa.

Yo no entendía, y no entiendo, como es que las personas pueden rascarse sus partes genitales en la calle. Como es que escupen y botan basura desvergonzadamente. A veces me río de todo esto. Incluso debo admitir que a veces admiro el código verbal que se emplea en la calle. Una vez escuché una conversación en el micro, donde el cobrador le decía al chofer: “oe, causita, hoy tengo un plancito con mi chibola. Conchesumare, pero no tengo plata. No sé adónde vaos a ir. Toy misio” – El chofer le respondió: “¡oe, a la firme! ¿Tú crees que la Elvira quiere pasear? Quiere su pedazo ya. Ya le toca. Te estás volviendo cojudo, comparito. Ya debes medir el aceite pe’, lo justo”. Ambos terminaron riendo, como burlándose de sí mismos. Yo los miraba y me reía en silencio con ellos. Disfrutaba su forma de hablar, me parecía admirable, divertida.

Leyendo Los inocentes, un libro del escritor peruano Oswaldo Reynoso, entendí que las buenas narrativas también contienen grosería y mucho sexo. Adoran de manera sobrenatural al sexo que, a mi parecer, ya parece una nueva ideología. Yo siempre he intentado escribir moderadamente. Formal, se podría decir. Cuando me dejan tareas o algún trabajo siempre intento ser lo más formal posible, pero muchas veces lo formal aburre. No estoy en edad para aparentar formalidad. ¡Al carajo la formalidad! Yo quiero ser más libre al expresarme, más suelto, más boca suelta.

Un tema relacionado que también me divierte, es cuando escucho a los niños decir lisuras. Muestra el lado maduro de los niños, o al menos el lado adulto que ellos intentan aparentar diciendo palabrotas. Yo de niño siempre me mostré muy educadito, muy tranquilo, al extremo de acompañar a mi abuelita a sus largas visitas a la iglesia, para lo cual tenía que hacer el sacrificio de levantarme de madrugada. O cuando ella asistía a sus reuniones con personas de su misma creencia religiosa, yo tenía que mantenerme despierto hasta altas horas de la noche por respeto a Dios. Por creerme buenito me ganaba sesiones largas de oraciones. Mientras mi abuelita rezaba el rosario y pedía ayuda para las personas enfermas y necesitadas, yo rezaba internamente y le pedía a Diosito por mí, porque se termine pronto todo y poder volver a casa. Fueron años de mucho sacrificio. De largas horas encomendado al señor. Una vez estuve en la iglesia con mi abuelita, y recuerdo que aquella noche no había cenado, así que cuando repartieron la hostia yo me acerqué al padre de manera sigilosa, muy inocente, para que me diera uno de esos delgaditos bocaditos divinos y calmara mi hambre. ¡Me moría de hambre! Total, Diosito entendería mi travesura y me perdonaría porque él lo perdona todo. Lo que no debe perdonar, quizá, es que mi mayor fantasía sexual sea hacerlo en un confesionario.

lunes, 23 de mayo de 2011

Recuerdos

Hay momentos que uno nunca olvida y probablemente jamás olvidará. Existes instantes de esos que se recuerdan toda la vida. Yo no sé cuántos años viva pero estoy convencido de que algún día, quizá en muchos años, esté en algún lugar que ahora desconozco - pero que para ese entonces ya no desconoceré -, y tal vez en ese momento pueda recordar con disimulada alegría todas las cosas que ahora conservo en absoluto silencio.

Siempre digo que no llegaré a ser anciano, que mi desordenada vida y mis comprobadas limitaciones físicas no me permitirán serlo, pero ahora más que nunca me gustaría llegar a una edad prolongada.

Creo que cada anciano guarda indescifrables secretos de su larga vida. Incluso existen secretos que nunca se revelan y que, quizá, nunca se revelarán porque las personas prefieren guardarlas como suyas para siempre.

Es fácil contar lo que nos conviene, es fácil mentir y alterar ligeramente los recuerdos a favor de uno, como también lo es exagerar e inventarse historias falsas, pero ¡qué difícil es guardar secretos y conservarlos dentro de uno mismo!

Tener una historia sin que nadie lo sepa, sólo tus pensamientos, es complicadísimo.

Hace mucho comprendí que yo estaba condenado a ser una de esas personas, pues pese a tener amigos mayores que yo, sé que hay historias y anécdotas que no pueden ser reveladas por el simple hecho de que ellos lo tergiversarían, y alborotados inventarían o modificarían mi verdad.

Comprendí que debo callar y debo mantenerme sosegado y fingir que todo anda normal, que mis mayores alegrías son sólo para mí y que por más que quiera gritarle al mundo entero lo feliz que soy, debo callar sus causas. Es por mi bien, por respeto a mí recuerdo, por el honor de la persona involucrada.

Yo no me considero una persona reservista de secretos, pero si de algo estoy seguro, es que sé guardarlos muy bien. Sin embargo, tengo la mala suerte de tener amigos que sólo me buscan en momentos difíciles, cuando están tristes o cuando se sienten solos; en el peor de los casos, cuando tienen algún tipo de problema. Y cuando yo los necesito, no están o prefieren mantenerse al margen por razones desconocidas.

Es verdad que a veces se me han escapado ligeros comentarios un poquito evidentes que comprometen al resto, pero al final nadie me cree porque piensan que son inventos míos o simplemente bromas sin sentido. He perdido credibilidad.

El hecho es que ahora tengo mi propia historia. Mi propio recuerdo. Mi propio secreto. Y sé que algún día muy lejano, en tiempos muy apartados a éste, seré feliz recordando mi historia, mis recuerdos, los instantes que viví en alguna etapa de mi vida, cuyos fragmentos tendrán origen en una complicidad adolescente, en la inquietud por descubrir el mundo con ansias locas.

Hace unas horas, volviendo a casa después de una exposición de pintura, me topé con un tipo que estaba sentando al borde de una rampa, la cual cubría unos metros el pequeño jardín de una caseta de serenazgo. El tipo me produjo nostalgia. Parecía un personaje literario. Su vestuario era oscuro y poseía cierto aire intelectual. Mientras las personas pasaban por su lado, él parecía estar ensimismado, como sumergido en sus pensamientos. Llevaba la mirada perdida. Sus ojos reflejaban un vacío profundo. Procuré fingir desinterés. Hice como si no me interesara, pero su presencia me produjo un recuerdo inmediato. Recordé el libro de Ernesto Sabato, “El Túnel”, y aquel tipo me recordó al protagonista, Juan Pablo Castel, un pintor obsesionado con una mujer, cuyo amor de vuelve odio y, en consecuencia, un crimen: asesinarla. El pesimismo y la melancolía que el tipo expresaba sentado en la rampa, es el mismo que relacioné con el pesimismo y la melancolía que se desarrolla a lo largo de la novela.

Con esto quiero llegar a un punto exacto: muchas veces los recuerdos lastiman. Muchas veces es mejor despojarse de ellos y evitar guardarlos. Uno nunca sabe hasta qué punto pueda llegar a influir en nosotros.

Yo de momento intento guardar mis mejores recuerdos, pero sé que los mejores recuerdos también lastiman en un momento dado. Lo que importa en sí, es saber manejarlos, llevarlos como son, como recuerdos.

Yo no sé de qué manera influyan en mi vida los recuerdos que tengo, pero si de algo estoy seguro, es que los peores recuerdos que conservo ni los he escrito ni los he contado, sólo quiero que no me pertenezcan. Y los mejores, pues, que se vuelvan a repetir.

lunes, 2 de mayo de 2011

Mi amor por ella

Como muchas personas, le temo al amor. Y no es un miedo cualquiera, sino uno que alborota mi quietud en los días de su ausencia. Trato de no pensar en momentos tristes, pero a veces decaigo indefenso y no entiendo por qué lo hago.

Estoy enamorado pero a veces esos pensamientos me llevan a lugares desconocidos. Y algunas veces me lleno de soledad teniendo el amor de una chica que a veces me parece inmerecido. Yo pensaba que el amor se limitaba a ser feliz y ya, pero comprendo que el amor también te llena de instantes de fantasía y te enrumba hacia una locura inimaginable.

Mi tristeza de esta noche no es una tristeza cualquiera, es una generada por el miedo a perder. Yo he ganado mucho con este amor que ahora tengo, pero ganar no siempre depende de uno. Esta vez depende de dos. De ella y de mí. De su amor y de mi amor. Ella no se imagina pero, su felicidad es mi felicidad. Su sonrisa es mi sonrisa. Su corazón es mi corazón. Y si ella se entrega, yo me entrego. Porque no hay nada mejor que estar a su lado compartiendo este amor que ahora nos pertenece. Yo no quisiera sacarla de mi mente porque ahí donde está es donde quiero que esté. Llenándome de alegría y cambiándome la vida. Intentando descubrir que el amor es mucho más que un sentimiento. Es ella. Ella quien tiene la capacidad de enamorarme con tan solo una mirada. Con alguna caricia sutil en las noches que permanecemos juntos.

Si me preguntaran qué es el amor para mí, diría que mi amor se resume en una sola palabra: Alejandra. Es ella quien me demuestra su significado. Ella la causante de sentir lo que ahora siento. Por más minúsculo que sean mis formas de expresarle mi amor, es inmenso. Sin embargo, ella intenta ser paciente y me demuestra que está siempre dispuesta a otorgarme lo mejor de sí para que yo sea feliz.

A su lado siento que mi amor es livianito. Indefenso. Tiritarte ante su presencia infinita. Suelo callar cuando en realidad quiero gritar que estoy enamorado. A veces me limito a darle un beso cuando en realidad quiero expresarle mucho más que eso. Mi miedo me lo impide, y es un miedo que nunca conocí. Jamás tuve miedo a expresar mis sentimientos como ahora. Siento que no existen palabras para decirle lo que ella me hace sentir. Me gustaría demostrarle mucho más, pero cuanto más me esfuerzo, menos lo logro.

Estoy incapacitado. Su amor me deja indefenso. No tengo reacción y divago en silencio perdido en su mirada encantadora que tanto me gusta, y lo único que hago es abrazarla para intentar aliviar mi timidez. Aquella timidez que me impide muchas cosas, entre ellas a quererla como ella lo espera.

Los interminables besos que solemos darnos son como de fruta fresca, como un trocito del mejor dulce que pueda existir. Suaves y duraderos. Envolventes en todos sus sentidos. Y yo me dejo consumir por sus labios, y entregado a su cuerpo le brindo lo mejor de mí. Yo no sé si ella sepa, pero no puedo resistir la tentación inmensa que ella provoca en mí cuando permanece a mi lado. No quisiera separarme de ella, pero cuando cae la noche, sé que el tiempo limita nuestros encuentros y tenemos que separarnos. Yo pasaría la noche entera a su lado, abrigándola con el poco calor que me queda. Viéndola reposar sobre su cama, durmiendo dulcemente mientras yo la observo seducido por su encanto. Si pudiera decirle algo ahora, le diría que ha hecho de mí una persona sumamente feliz. Con su entrega y su pasión, con su ternura y su amor, sus detalles y su encanto. Absolutamente todo es ideal para quererla cada día más. Yo no sé cuánto es el amor que siento, pero si he de afirmarle algo, es que estoy completamente enamorado de ella.

domingo, 1 de mayo de 2011

El feliz que vive de sus recuerdos infelices

Llevo muchos días sin escribir. Ya he perdido el interés por escribir. He perdido el interés a muchas cosas. Ahora sólo lo hago por compromiso a cumplir con alguna tarea. Me cansé de escribir y sentir que mendigo atención entre los amigos y/o seguidores que pueda tener. Ciertamente nunca me gustaron las redes sociales, pero una vez que creé mi Blog, tuve que usar más seguido el Facebook. Era la única manera de que las personas cercanas a mí puedan leerme, pues puse un enlace donde cada vez que publicase algo en mi Blog, también se publicara automáticamente en el Facebook. Al principio tuvo éxito. Recibía comentarios por cada escrito, tanto en el Blog como en el Facebook. Tuve que incorporarme rápidamente a la vida de las Redes Sociales y dedicarle más tiempo. Ahora ya no tengo interés en contar nada. No tengo ideas. No quiero escribir. Es más, siento que escribo mal.

Mi problema quizá se resume en una frase hecha por el polaco Ryszard Kapuscinski, un periodista, escritor, ensayista y poeta que afirma: “la mayoría se preocupa más en cómo escribir y muy poco en qué leer”. Dicho de otro modo, la lectura influye mucho en el desarrollo de los escritos. Una lectura te genera ideas, creatividad, ingenio y te da cierto punto de vista sobre distintos temas; sin embargo, llevo mucho tiempo sin tener una lectura que me apasione. El último buen libro que leí fue María, del escritor colombiano Jorge Isaac, una historia de amor imposible de consumarse, y que sólo la muerte termina siendo el nexo para que las personas que se oponen a esa relación, se den cuenta que el sentimiento de los jóvenes fue real y que, sin embargo, les fue negado.

Ha pasado muchas semanas desde que terminé de leer aquel libro. Después no he tenido la suerte de encontrar buenos libros, o quizá no me he interesado lo suficiente en buscarlos. He estado leyendo algunos blog’s y algunas columnas pero no me ha servido de mucho. Siento que pierdo el interés en algo que tanto me gusta: escribir. A veces dejo todo al azar y descuido lo que más aprecio. No soy un conformista, pero me comporto como tal. Los recuerdos a veces influyen en mi estado de ánimo, y cuando estoy a punto de escribir algo, logran desviarme de mi propósito y no escribo nada. Me pierdo en mí mismo y prefiero echarme a pensar. He llegado a la conclusión de que pierdo el tiempo sentado frente al monitor intentando escribir algo que quizá a nadie le importe.

Nunca me ha gustado contar lo que me pasa porque siento que las personas de mi edad son poco comprensibles (muy impulsivas en realidad). En el peor de los casos terminan sugiriendo consejos evidentes y de poca ayuda. Por eso sólo me limito a escribir: porque de alguna manera me relaja y siento que despojo los malos sentimientos.

Ahora todo me es esquivo y carezco de interés por escribir algo relevante o tan siquiera esperanzador o emotivo. Ya ni los buenos sentimientos me generan el motivo suficiente para escribir. Quiero pensar que estoy pasando por un mal momento que pronto se diluirá, aunque a veces pienso que mi respuesta la puedo hallar en el pasado, pero no quiero volver a esos años por más felices que hayan sido. Años en que viví en sumos extremos y no sabía diferenciar entre la felicidad y la tristeza. El amor y el desamor me sometían a su interés y yo no sabía diferenciarlos. No volvería porque toda la felicidad que viví un día, ahora me persigue en recuerdos que alteran mi presente, entre ellos el motivo por el cual he dejado de escribir. Mi mayor felicidad, es ahora una enfermedad constante que me consume a diario sin encontrarle una cura. Soy una persona feliz que vive en sus recuerdos infelices, aunque en un lejano día no lo fueron.

jueves, 14 de abril de 2011

Lima no es el Perú

En estas últimas semanas muchas personas de mi edad se han venido creyendo grandes conocedores de política. Muchos se atreven a pronosticar lo que podría pasar en el Perú después de las actuales elecciones nacionales que se ha prolongado hasta una segunda vuelta.

Es increíble cómo todos los jóvenes se alborotan, se atemorizan, se intimidan, se escandalizan y temen por la estabilidad económica del Perú. Apuesto mi vida a que muchas de esas personas no saben sobre las propuestas de los dos candidatos que siguen en lucha; sin embargo, critican de manera muy arbitraria las consecuencias del mal voto y acusan a las personas provincianas de ser ignorantes y de que gracias a ellos somos un país mediocre e incapaz.
De por sí, el Perú es un país que está mal desde hace muchos años. Es la herencia que nos han dejado gobiernos anteriores.

Todos los ciudadanos peruanos siempre nos quejamos de la falta de democracia, y ahora que la hay, nos quejamos de la misma. No soportamos que la decisión en mayoría de otras personas sea distinta a la nuestra y mucho peor que apoyen a un partido político radical.

Evidentemente más del 60% de personas en Lima querían que PPK gane las elecciones o tan siquiera pase a segunda vuelta, entre ellos muchos jóvenes. Lamentablemente las cosas no se dieron y ahora todos culpan al electorado provinciano de este gran error. ¡Señores, Lima no es el Perú! No sé de qué justicia hablamos y nos quejamos los peruanos si ni siquiera somos justos entre nosotros mismos. No respetamos la libertad de decisión, sino más bien la acusamos y menospreciamos con prejuicios.

Un tema importante en estas elecciones es el síndrome PPK que tuvo buenas y notorias consecuencias. Quizá este viejito que fue llamado por Toledo en el debate como “Mister Kuczynski”, sí tuvo influencia en los jóvenes y logró por fin involucrarlos en una decisión electoral seria y pudo llegar a ellos de manera directa. La pregunta es ¿PPK pudo llegar a los jóvenes a base de ideas o es que los jóvenes se acercaron a él por fines triviales y/o “moda”? Digo moda porque las pulseritas, los politos, el PPKuy y las infinidades de cosas que sacó, incluyendo la campaña en redes sociales, fueron muy aceptados por los jóvenes. Causó gran impacto entre ellos y tuvo como consecuencia la aceptación de estas personas, que por cierto son personitas muy fáciles de convencer y novatos en política; y, en el peor de los casos, poco informadas y dejadas a su suerte para ir detrás del mejor postor. Dicho de otra manera, son personas que otorgan su voto al candidato que confía en ellos y les obsequia algún detallito bonito para engancharlos.

Haber, si retrocedemos 11 o 15 años atrás, y recordamos la campaña de Alberto Fujimori, podríamos decir que él uso la misma estrategia que PPK, pero Fujimori lo hizo con las personas de provincia, por ese sector pobre del Perú que hoy vota por su hija Keiko en agradecimiento.

Si hacen un breve retroceso, recordarán que Fujimori regaló arroz, azúcar, víveres, productos de primera necesidad y se acercó a las personas que tenían escasos ingresos económicos. Estas personas necesitadas regalaron su voto a Fujimori a cambio de unos cuantos kilos de productos. Ahora PPK hace lo mismo con los jóvenes, les regala pulseritas, politos de diferentes colores, llaveros y se involucra en las redes sociales. Discúlpenme los simpatizantes de PPK pero él también les compró su voto así como Fujimori lo hizo con los más pobres en los años 90.

El peruano de por sí, es materialista. Las personas se alegran con algún regalito u obsequio. Se entusiasman. Por eso PPK tuvo gran aceptación entre jóvenes: por una buena estrategia de marketing.

A mi juicio, el señor PPK me parece un buen candidato. Es un probado personaje de éxito. Así lo demostró cuando estuvo a cargo del Ministerio de Energía y Minas y del Ministerio de Economía. Tiene grandes dotes para ser un gran presidente, sus ideas y su capacidad le ayudarían al Perú en su camino hacia el desarrollo. Según vi un informe en CNN, hace un tiempo el Perú está ubicado en el 2do país emergente en Latinoamérica y en constante crecimiento desde el 2001, año en que Alejandro Toledo estuvo a cargo del poder ejecutivo. Este crecimiento se puede truncar sabiendo que en la actualidad solamente contamos con el 'comandante' Ollanta Humala y la señora Keiko Fujimori como alternativas para la segunda vuelta. Ambas opciones tienen desaprobación por más del 40% de los peruanos. Nadie quisiera tenerlo como presidente en los próximos 5 años, por eso, como bien lo cataloga Mario Vargas Llosa a una revista española: “los peruanos tenemos la difícil decisión de elegir entre el sida y el cáncer”.

Aún queda secuelas de las acciones del fujimorismo en la década de los 90, muchas muertes, genocidios, masacres, conflictos internos entre civiles y militares, mucha injusticia. Sin embargo existen personas, en su mayoría gente de provincia, que ven a este partido político como héroe y salvador, debido a que el fujimorismo logró librarlos del terrorismo en los años de absoluto pánico nacional, pero en realidad 'el chinito dictador' que tuvimos como presidente décadas atrás, nunca terminó con el terrorismo, sino que simplemente lo arrinconó a un lado, lo acorraló, lo enjauló, minimizó su intensidad, pues hoy en día Sendero Luminoso sigue creciendo. Se viene nutriendo de nuevas personas (entre ellos niños). Aunque su líder máximo, el camarada Gonzalo, que no es otro más que Abimael Guzmán se encuentre en la cárcel y seguramente muera allí, sus seguidores seguirán desde su trinchera viendo el momento preciso para reaparecer, esta vez, quizá, con mayor fuerza.

Ahora, ciertamente, no sé por quién votarán los jóvenes que votaron por PPK. No sé lo que pase en la segunda vuelta. No sé quién irá a ganar. Es todavía un misterio que el tiempo terminará por revelar. Lo que sí sé, es que los que no somos simpatizantes de Humala ni de Keiko, estaremos en una posición muy difícil. Esta segunda vuelta será como ir a una cámara de gas y sentir que estamos siendo obligados a elegir la opción que, finalmente, terminará siendo un mal para nosotros mismos.

Quedará en nuestras memorias la remota idea de que aquí en el Perú un día existió la paz, hubo crecimiento económico y prevaleció la armonía. Creímos en el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad y el desarrollo, pero por alguna razón extraña y profética, nunca quisimos superarnos y votamos por un presidente que terminó siendo, quizá, uno de los peores de la historia.