miércoles, 19 de enero de 2011

La loca

Esta chica fue mi enamorada hace algunos meses atrás. El pseudónimo de loca fue otorgado por mis amigos debido a las cosas que ella escribía por el Facebook y por su peculiar apariencia extravagante. Nunca esperé nada malo de ella, pero parece ser que me equivoqué.

La conocí hace 6 meses por casualidad y mediante mi prima. Yo fui muy descortés y juguetón al principio. Ella me decía para vernos en persona ya que sólo manteníamos conversaciones por Messenger pero yo siempre la paseaba y le decía que pronto nos veríamos, pero en realidad no tenía ganas de verla ni mucho menos de conocerla pese a que ella me caía súper bien. Cierto día logró convencerme.

La primera vez que salimos fuimos al cine. Yo fui acompañado de mi prima porque ambas se conocían. Después de aquella primera salida, me convencí de que no quería volver a ver a esa chica porque me pareció muy regalona y muy mandada, pues en esa primera salida que tuvimos la chica me abrazaba y me hacía cariñito en plena oscuridad del cine. Incluso cuando terminó la película ella quería llevarme a tomar unos tragos, es decir, quería embriagarse conmigo. Yo me opuse totalmente a su proposición y preferí dejar todo ahí. Tuve miedo, es verdad. Y se lo confesé a mi prima cuando volvimos a casa. Es más, le dije que no volvería a ver a su amiga porque no me gustaba su forma de comportarse. Mi prima me apoyó y me dijo que su amiga no me convenía porque era muy obsesionada con los chicos y que no los deja en paz.

A las semanas siguientes volví a salir con esa chica. A las pocas semanas de conocernos ella me propuso ser enamorados. Yo no estaba seguro de comprometerme. Ciertamente no sentía nada por ella y tampoco esperaba sentir algo en el futuro, sin embargo algo dentro de mí me decía que lo intente, que quizá valga la pena intentarlo. Yo ya había sufrido mucho por amor y presentía que esa chica podría hacerme feliz. Así que lo intenté y, por propuesta mía, fui su enamorado.

Durante nuestra relación todo iba bien y llegué a sentir un cariño especial por ella pero desgraciadamente ese cariño no era suficiente. Yo le conté cosas muy personales, le confesé secretos que en realidad no eran secretos porque ya se lo había contado a algunas personas.

Ella me prometió que nunca revelaría nada y yo le creí. Todo iba bien hasta que ambos cometimos un grabe error: durante nuestro romance nombrábamos a nuestras ex´s parejas. Ella me decía que su ex enamorado le había hecho mucho daño, que incluso le había sido infiel y que ella prefería mantenerlo como amigo, porque como enamorado no tenía sentido. Sin embargo, él le insistía para volver y le decía que estaba arrepentido por todo lo que había pasado, pero ella no daba su brazo a torcer (a menos eso era lo que ella me contaba).

Yo a veces no le creía pero tampoco me disgustaba que tenga cierta comunicación con su ex, aunque muchas veces éstas sean en persona. Ella había sufrido mucho por él (eso era lo que ella me daba a entender) y no quería volver a sufrir. Siempre me daba excusas para no volver con él o para contarme anécdotas tristes y vacías. Yo, por el contrario, le decía que mi ex enamorada era una chica increíble, que era la mujer de quien más me había enamorado y que a pesar de estar distanciado de ella aún le guardaba cierto cariño muy especial. Nunca le escondí nada, y tampoco tenía por qué hacerlo, no tenía por qué ocultar mis sentimientos. Yo no me avergonzaba de ellos. Además yo quería recordar de ese modo a mi ex enamorada: con cariño y no con rencor, pues con ella fui muy feliz aunque también viví momentos que quisiera no volver a vivir jamás, pero de nada sirve agoviarme y llenarme el corazón de malos sentimientos.

Dos meses después, decidí terminar con el romance que tenía con "la loca". Le dije que era mejor no seguir porque yo no estaba enamorado. Ella me odió y me hizo sentir culpable de todo. Yo me puse triste y me sentí de lo peor. Me sentía una persona frívola y cruel por hacer sufrir a una chica que sólo se dedicó a darme amor mientras yo le pagaba con tristeza y dolor. Era injusto para ella haberse encontrado con un tipo tan miserable como yo. Sin embargo, a los pocos días de haber terminado conmigo, me enteré que volvió con su ex enamorado, con aquel tipo que la hizo sufrir y que ella me juraba que no volvería porque él no la merecía. A mí no me afectó en absoluto que haya vuelto con él e incluso me dio gusto la noticia. A los días ella se permitió bloquearme la entrada a su muro de Facebook, yo no le reclamé nada porque quizá a ella le daba vergüenza que yo me entere que había vuelto con el tipo que la hizo sufrir y que le había sido infiel en el pasado, lo que ella no sabía es que yo ya estaba enterado y no sentía ningún remordimiento sino mucha alegría.

Nunca perdí comunicación con ella, aunque cada vez nos comunicábamos menos. Las pocas veces que nos escribíamos por el Chat, ella me decía que sus papás preguntaban por mí y querían que vaya a visitarlos. A mí no me parecía oportuno verla de momento porque ella tenía enamorado, además no quería que pensase que yo la buscaba con la finalidad de volver a tener algo con ella, por eso me mantuve al margen por un tiempo, pero ella insistía en vernos e incluso quería ir a mi casa. Yo no veía apropiado que me buscase porque ella ya tenía enamorado. Es por eso que un día, sin previo aviso, yo fui a visitarla.

Cuando llegué a su casa saludé a su papá y él me recibió muy contento. Cuando ingresé me topé con su hija. Ella me saludó muy sorprendida y me invitó a pasar a su sala. Al entrar, vi a un chico en su sala, aquel tipo era su enamorado. Me quedé frío al verlo, no esperaba encontrármelo. Ella nos presentó y nos saludamos con un gesto distante y fugaz. Aquel día ese tipo me mandaba indirectas, yo me hacía el cojudo pero en el fondo entendía todo lo que me trataba de decir. Él me daba a entender que yo era gay. A mí sinceramente me daba igual. Me percaté también que el chico la trataba mal, de forma poco romántica y egoísta.

Al rato de haber llegado, la señora Amelia (mamá de ella) apareció en su sala y yo me alegré de verla y me acerqué para darle un besito y un abrazo cariñoso. La señora Amelia me miró enrarecida y sonrió diciendo: “Hola… ehmm ¿cómo es que te llamabas? Me pareció raro que no recuerde mi nombre. Por desgracia, ese día, me enteré de cosas que hubiera preferido no enterarme.

Ese día la señora me preguntó qué había sido de mi vida. Yo le dije que constantemente le mandaba saludos mediante su hija y le agradecí por preguntar a su hija por mí y querer que la visité. Ella me dijo que su hija nunca le hizo llegar mis saludos y, por lo tanto, si la señora no recibía mis saludos y no recordaba ni mi nombre, era evidente que tampoco le decía a su hija que yo vaya a visitarlas. Muy por el contrario, me pareció que todo era un invento de su hija para querer verme.

Aquel día me fui muy humillado de aquella casa porque me sentí utilizado y manipulado por los caprichos de una chica, y lo que más pena me dio fue haber sido engañado por una loca. Una vez más fui un imbécil manipulado por una mujer.

Por último, esta misma chica, le ha dicho a ciertas personas que yo soy gay y ha revelado ciertas cosas que yo le confesé en secreto. Sospecho que ha usado esa misma artimaña ridícula, y de lo más bajo, para volver con su ex chico. Seguro le ha dicho que yo soy un maricón para que vuelvan a estar juntos. Ahora entiendo las indirectas de su chico cuando lo conocí. Yo no sé que carajo le importa si soy gay o no, que se dediqué a su vida y que sea feliz con el chico que la hizo infeliz. Que me deje en paz y que haga con su vida lo que quiera.

Ahora siento lástima y pena por creer en ella y por confiarle ciertas cosas. Es más, aquella confesión que le hice se trataba de que un chico que estudiaba conmigo era gay y que quería conmigo. Y también que ese chico no era nada feo. Además que una vez un amigo mío me dio un piquito cuando estábamos ebrios y que aquel mismo amigo dormía conmigo porque se quedaba a dormir en mi casa cada vez que salíamos a las fiestas. Ella siempre me malinterpretaba y pensaba lo peor. Ahora sinceramente le digo que se meta por el culo todas mis confesiones y que aprenda a ser mejor persona.

lunes, 17 de enero de 2011

El pendejito mujeriego

Una vez más me gané un conflicto innecesario. No entiendo por qué siempre termino siendo acusado sin sentido y atacado con términos ofensivos y envenenados. Soy el centro de los prejuicios y adquisidor de las canalladas, por lo visto.

Bueno, comencemos.

Hace un tiempo conocí a una chica. Ella no quiere que ponga su nombre en ninguno de mis escritos, aunque tampoco sabe que escribo sobre ella. Por este motivo la llamaremos Alexandra. Somos amigos hace unos meses. Llevamos una relación extraña. Somos amigos y nos llevamos muy bien pero nos gusta tratarnos mal.
Hace un tiempo se ha venido desarrollando una serie de malos entendidos entre nosotros. Algunos amigos y amigas de ella piensan que Alexandra y yo tenemos algo, pero en realidad no tenemos nada, sólo la pasamos bien, nos reímos juntos, nos contamos ciertas cosas que nos pasan y tratamos de ayudarnos en lo que podamos, aunque permanezcamos siempre lejos y todo sea a través del chat.

Hace 6 meses, en julio del año pasado, estuve con su amiga. Tuve un romance algo accidentado al principio e insidioso al final. Debido a ello algunos amigos suyos (en especial uno que dice llamarse Iván) me tilda de ser un “pendejito mujeriego” que sólo intenta jugar con ella (con Alexandra), que soy una mala persona porque estuve con su amiga sin estar enamorado de ella (no sé si Iván sepa pero, la chica con la que estuve tampoco se enamoró de mí, además ella fue la que insistió para ser enamorados sabiendo que: lo que yo sentía no era amor. Lo que sí debo aclarar es que a pesar de no estar enamorado de aquella chica sí la quise demasiado e intenté hacerla feliz pero mis intentos siempre fracasaban y al final tomé la decisión de terminar con nuestra falsa relación porque no tenía sentido estar con alguien sin estar enamorado. Además, para variar, esa chica consiguió otro enamorado a los pocos días de haber terminar conmigo). Ahora me pregunto: ¿por qué tendría que otorgárseme ese término tan cruel y excesivo de “pendejito mujeriego”?
Para empezar, yo no tengo nada con Alexandra, así que no podría ser dueño de aquella ofensa cobarde, y si lo tuviera tampoco lo sería.

Haber, aclaremos algo: quizá Iván sí tenga razón y sí soy pendejito, pero del modo formal y correcto, como lo dice la Real Academia Española. Ahí sí me declararía un total pendejo, uno de los mejores y más aventajados, y es que pendejo no es más que los vellos púbicos. Pero si se refiere al significado vulgar y chabacano al que seguramente está acostumbrado, se equivoca. Y referido a ser mujeriego… puede que también tenga razón. Uno no tiene la culpa de encontrar chicas lindas por la calle ni de ser tan vulnerable a sus encantos, pero debo aclararle que cuando uno se enamora no hace falta ver a nadie más pues sólo una persona es la que puede hacerte feliz, y eso él lo debe saber si alguna vez se ha enamorado. Los ojos podrán ver a millones de mujeres por el mundo, pero el corazón sólo late por una.

Explicado esto, no sé por qué Iván se exaspera y se enardece y se enfurece y me llama de tal modo si ni siquiera me conoce. No digo que yo sea un angelito pero no creo merecer tal ofensa desleal y canallesca. Iván está empeñado en que yo voy hacer daño a Alexandra, que soy un descorazonado que sólo se burla de las mujeres y que soy de lo peor. Lo que Iván no sabe es que día a día me burlo de Alexandra y ella de mí. Nos lanzamos burlas sin maldad. Ambos nos fastidiamos por el Chat y disfrutamos de nuestras jodas y de nuestras tonterías inofensivas. A menudo nuestras bromas son inocentes y divertidas. Ninguno de los dos nos hacemos daño, aunque tampoco tenemos razones para hacerlo. Por lo tanto, no entiendo de dónde saca Iván la idea de que yo voy hacerle daño a Alexandra si ni siquiera se me ha pasado por la cabeza hacerlo. Yo no quiero lastimar a nadie ni tengo la intención de dañar a nadie ni de burlarme ni de herir a nadie. Todo lo contrario, siempre deseo tener menos problemas y evitar malos entendidos y peleas con el resto. Yo no pienso quitarle a su amiga ni tampoco quiero tenerle bronca a él por ser prejuicioso conmigo. Quiero creer que todo esto no es más que un malentendido fugaz que no tendrá mayor repercusión en el futuro.
En realidad no me siento ofendido de ningún modo. No creo ser capaz de ser como Iván me describe o como él se imagina que soy. Soy a penas un chiquillo que intenta conocer nuevas personas y entre ellas está su amiga (Alexandra), no es mi culpa que tengamos los mismos gustos para las amistades.

Imagino que aquel chico (Iván) debe sentir algo más fuerte que una simple amistad por nuestra amiga Alexandra. No lo culpo. Ella no es nada fea. Pero me parece poco honorable que use ciertas artimañas para atacarme y ponerme en hacke y dejarme de lado. Yo no intento robarle nada, es más, nunca le he hablado a Alexandra de amor ni he intentado buscar tener algo más allá que su amistad. Además ¿si me gustase qué? No tiene nada de malo enamorarme de ella. Uno no decide en el corazón ni en los sentimientos, simplemente las cosas se dan y punto. Así que tampoco hay tanto problema, se lo aseguro.

Una vez leí que: “el amor es una cosa maravillosa que saca lo peor de uno”. Quizá el mejor ejemplo de aquella frase tenga fundamentos en lo que está pasando con este muchacho. Yo no pienso competir con nadie ni pienso jugar de modo cruel ni ofensivo sólo por ganarme el cariño de una persona. El cariño no es un premio que se recibe tras un combate o una riña, sino que se gana a base de buen trato, comprensión y solidaridad. Yo no creo ser una persona mala, pero si lo fuera, lo último que haría es rebajarme a jugar del mismo modo que el enemigo. Y como él no es mi enemigo, porque ni siquiera lo conozco ni mucho menos sé si es mala persona, no tengo por qué guardarle rencor por algunos comentarios desafortunados que dijo en contra de mí.

Por ahora el único concepto que me llevo de él es que tiene un carácter rígido, características de una persona severa y poco flexible cuando se siente amenazado. Pero que se entere: yo no soy una amenaza. Si él lo cree así, entonces que me disculpe porque no es mi intención serlo.

Lo último que quiero agregar antes de terminar este post es que: me parece genial que se preocupe por Alexandra y que cuide de ella. Es muy admirable de su parte intentar buscar lo mejor para su amiga (que si por él fuera, serían más que amigos - y no lo culpo, sino que lo felicito por tener buen gusto- ). Espero que siga siendo tan sobreprotector y cariñoso con ella, pues ella se lo merece.
Mientras tanto seguiré siendo amigo de Alexandra, de nuestra amiga Alexandra para ser menos egoísta. Ella es genial y no se merece que dos chicos se peleen por malos entendidos. Es mejor preservar una amistad que perderla por banalidades.

jueves, 13 de enero de 2011

Los piratas

Mis amigos no serán los mejores del mundo pero lo compensan con sus ocurrencias. Siempre me hacen olvidar de mis problemas, y a veces me ayudan a solucionarlo. Me divierte planear alguna salida con ellos porque sé que todo terminará en aburrimiento y lamentos vanos. Por lo general siempre nos aburrimos cuando salimos a fiestas, pero aún así me gusta salir con ellos porque nos las ingeniamos para burlarnos de nuestros fracasos. Son increíbles. No los cambiaría por nada.

Daniel:
Somos 4. Todos nos conocimos en el colegio. Al principio nos llevábamos mal. Uno de ellos, el más cachetón y más viejo y, quizá, el más divertido y gracioso, fue mi amigo de casualidad. Todo comenzó en 3er año de secundaria, cuando todos los alumnos fuimos cambiados de salón por una decisión extraña del director. “Kiko”, como era conocido en aquel entonces, fue cambiado a mi salón. Los primeros días de clase él se sentaba solito al fondo y no hablaba con nadie. Su nombre verdadero era Daniel Pet. Semanas después de haber empezado el año escolar, Daniel ya tenía amigos e incluso era muy querido en mi salón. Empezó a caerle bien a todos mis compañeros gracias a su simpatía y buen humor. Yo no me atrevía a hablarle. Yo permanecía distante y poco me interesaba lo que él hacía con su vida. Un día, en el recreo, él se me acercó y me dijo que una chica quería conmigo, que yo le gustaba a esa chica. Yo le dije que ya tenía enamorada, pero se lo dije de forma cortante. Los días siguientes él seguía con lo mismo, se me acercaba y me hablaba de la chica. Incluso me recomendó que agarre con ella, que le dé un besito y después la dejase. Yo me rehusaba pero él insistía. Tiempo después me confesó que la chica le gustaba, que él estaba enamorado de ella y que simplemente me ayudaba porque ella se lo había pedido de favor. Él se tragó su cariño por la chica y quiso que ella sea feliz, y se enamoró de tal manera que no le importaba que la chica sea feliz con otra persona, él sólo quería lo mejor para ella. Lo que él no sabía cuando me hizo esa confesión es que yo me estaba enamorando de la chica, pero preferí dejarlo ahí y pasar del tema porque había ganado un amigo para toda la vida y no tenía sentido pelearnos por una chica.

Al finalizar el año escolar, me besé con aquella chica y terminamos por ser novios. Duramos apenas dos semanas. Daniel se había enamorado de otra niña y ya no había rencores. Nunca supe cómo aquel muchachito cachetón, inquieto, irreverente, miedoso, tonto, romántico y estafador, se había convertido en mi mejor amigo, pero aún así, agradezco mucho haberlo conocido y por ser un amigo genial e incondicional, a pesar de querer robarme mi cámara fotográfica y querer ver pornografía en mi computadora cuando llegamos ebrios después de alguna fiesta sabática.

Víctor:
A este otro amigo lo conocí de forma accidentada en 4to de secundaria. Él era nuevo en mi salón. Había repetido 1 año. Yo no tenía ganas de ser su amigo. Me bastaba con los que tenía. Siempre fui así: poco social y reservado. Un día, en hora de clase, él estaba fastidiando a todos mis compañeros tirándoles papelitos con una liga que lo usaba como resortera. En una ocasión, uno de esos papelitos casi me cae en el rostro. Yo volteé y lo miré con severidad, dándole a entender que tenga cuidado con su jueguito de niño malo y rebelde. Al rato, uno de sus papelitos me cayó en la mejía y lo enrojeció. Yo me sobé y volví a mirarlo, pero estaba vez ya no era una advertencia, sino le miré desafiante y vengativo.

A la salida, cogí mi mochila y fui a buscarlo al balcón del colegio pero no lo encontré. El muy marica se había corrido. Fui a buscarlo al paradero porque yo no pensaba dejar pasar su payasada. Al verlo en el paradero, me saqué la mochila y se la di a Daniel, quien en ese entonces ya era mi amigo y andábamos juntos a todas partes. Me acerqué a Antonio Camarita Munaylla, el intrépido chico que había osado joderme en clase.

Cuando me acerqué le empujé y empezamos a pelearnos en la calle, pero inmediatamente nuestros amigos se metieron y nos separaron.

Dos días después nos volvimos a ver, él estaba con su enamorada y yo estaba solo. Al vernos él se me acercó para disculparse pero yo no acepté sus disculpas. Me hice el orgulloso y quería tomar venganza. Él se llenó de valor y me dijo: “si quieres pegarme, pégame, de repente así te tranquilizas”. Yo lo miré con odio porque me reventaba que se haga el buenito delante de su enamorada cuando dos días antes, el pendejito ése, me había volteado la cara enrojeciéndola con su liguita asesina, yo no soporté más y le tiré un puñete en la cara en plena vía pública. En eso, de milagro, apareció mi mamá y nos separó (nunca supe cómo apareció mi mamá en ese preciso lugar y en el momento perfecto, fue como enviada por Dios para calmar mi enojo y evitar que me pelee).

Al día siguiente, Antonio y yo fuimos a la dirección porque ya todo el colegio se había enterado de nuestra pelea. Ambos firmamos un acuerdo hecho por el director en el cual nos comprometíamos a llevarnos bien sino seríamos suspendidos temporalmente del colegio. A mí me daba igual llevarme bien con ese tipo, mientras no me joda, todo estaría tranquilo. Semanas después hubo una fiesta cerca de mi casa de una amiga que él y yo conocíamos, y entre copas nos hicimos amigos y dejamos todo rencor de lado. Desde ese momento Victor Camarita Munaylla, ha sido uno de mis mejores amigos y ha sido cómplice de mil aventuras y de seguro lo seguirá siendo por mucho tiempo…

Leo:
Él es el más pastrulo de los 4, el más intoxicado y, quizá, el que mejor disfruta del sexo. Él estudió en primaria en mi colegio, luego fue cambiado pero volvió en la secundaria. Cuando volvió en 4to de secundaria, fue ubicado en mi salón. Él se sentaba al fondo. Tenía un aire intelectual y algo nerd por el gruesor de sus lentes y el peinado raya al medio que tenía. Era callado y parecía no importarle el resto. Aquel chico se llamaba Leo Rohn Bejarano, aunque él se llamaba así mismo “The killer”. Su pseudónimo no tenía nada que ver con su apariencia física.

A pesar que no nos hablábamos, siempre nos juntábamos en el recreo para jugar partido. Un día, en uno de esos partidos bruscos y con roces agresivos, yo tenía la pelota en mis pies y amenazaba al arco rival con anotar un gol. De pronto, cuando estuve a punto de disparar, después de haberme llevado a dos compañeros, me acomodo para patear y hacer el gol, y Leo, conocido como The killer, el asesino de lentes gruesos y raya al medio, me robó el balón con una barrida brusca y exagerada. Aquella entrada ruda me había tumbado al piso e hizo que cayera de brazo, rompiéndome unos tendones del brazo derecho. Permanecí unos minutos en el piso.

Todos mis amigos pararon el juego y me decían que me pare, pensado, quizá, que yo estaba fingiendo pero en realidad me había lastimado. No podía mover el brazo porque me dolía demasiado. Mi amigo Daniel fue a reclamarle a Leo por aquella entrada descabellada. Mis amigas me auxiliaron rápidamente. Luego se acercó la bibliotecaria del colegio para ayudarme. Al ver mi estado, llamó inmediatamente a una ambulancia. Durante una semana las chicas de mi salón no le hablaban a Leo “the killer” por lo que me había hecho. Todos le hacían la ley del hielo como castigo a su brusquedad. Permanecí 15 días con yeso. Daniel me iba a visitar a mi casa e íbamos a jugar Play Station pese a tener el brazo lastimado. Cuando volví al colegio, Leo me pidió disculpas y yo las acepté sin rencor. Todo acto de rudeza había quedado en la cancha y no había nada que reclamar.


Hoy en día los 4 somos grandes amigos y, pese a haber terminado hace poco más de 3 años el colegio, aún seguimos viéndonos y seguimos siendo los mismos imbéciles de siempre. Somos los únicos de la promoción que nunca falta cuando hay algún reencuentro o alguna salida a alguna fiesta. Espero seguir contando con ellos y que ellos cuenten conmigo. No los quisiera perder por más diferencias que tengamos y por los mil errores y tonterías que solemos cometer a diario. Siempre nos jodemos horrible, pero en el fondo sabemos que ninguno quiere el mal para el otro. Ellos saben mil secretos míos y yo sé millones de secretos suyos. Ellos son mis mejores amigos, y espero que lo sean para toda la vida…

domingo, 26 de diciembre de 2010

2010 gracias por nada

Como última post del año escribiré acerca de todo lo que me pasó durante estos doce meses.

Enero: Comencé mal el año. Terminé con la chica que hasta ese entonces era la persona más especial de mi vida, de quien más me había enamorado. Duramos poco menos de 4 años. Éramos muy felices. Nunca supimos cómo se terminó nuestra relación, lo cierto es que decidimos separarnos por un acuerdo mutuo.

Febrero: Una vez más pasé 14 de febrero solo y aburrido, resignándome a mirar a otras parejas felices en el mes del amor. Tengo la mala suerte de nunca haber pasado un 14 de febrero junto a una enamorada. No sé si es mala suerte pero nunca la paso bien en esa fecha.

Marzo: Mis amigos empezaron a salir a discotecas y yo no los acompañaba. No me apetecía salir a ninguna parte. Prefería desperdiciar mis fines de semana escribiendo como un loco enérgico sumergido en sus pensamientos surrealistas y volverlas realidad. Además, sumado a ello, salía a caminar en las tardes por el parque.

Abril: Mis amigos me sorprendieron un fin de semana y me prepararon una fiesta sorpresa en mi casa. La fiesta fue genial, el 70% de los chic@s que fueron a mi fiesta tuvieron sexo, menos yo. Todos se embriagaron y me dejaron solito en mi sala mientras ell@s tenían sexo ardiente y desenfrenado. Dos días después (el día central de mi cumpleaños), mi ex enamorada fue a visitarme mi casa para saludarme. Luego de vernos aquel día, volvimos. Volvimos a ser enamorados. Ella quedó en llamarme para volver a vernos, sin embargo no lo hizo hasta 2 meses después, cuando me enteré que ella ya andaba con otro chico.

Mayo: Llamé a mi ex enamorada por teléfono y la saludé por su cumpleaños, a lo que ella respondió: mi cumpleaños es dentro de 2 días. Me sentí un completo imbécil al oír eso. Había confundido nuestro supuesto aniversario con su cumpleaños. Nosotros cumplíamos 4 años de novios el 9 de mayo, día en que la saludé confundiéndome con su cumpleaños, cuando en realidad ella cumplía años el 11 de mayo.

Junio: Me enteré que mi ex enamorada tenía enamorado. Era un tipo de pésima reputación y mal visto por todos mis amigos, quienes, a su vez, también eran amigos de mi ex chica y de su nuevo enamorado. A mí me daba igual la reputación que ese chico tenía, sólo esperaba que no le haga daño a Sandrita porque no me gustaría verla con el corazón destrozado. No se lo merece.

Julio: Le dije a mi profesora de Fotografía que era una vaga de mierda porque no quiso revisarme mi examen final cuando ella dijo que el examen sería asesorado. Días después, esa conducta rebelde y caprichosa me costaría mi nota final porque la hijaputa me jaló en Evaluación Permanente con 11 (la nota mínima para aprobar en Isil es de 13). También, ese mismo mes, fue el cumpleaños de mi mejor amigo.

Agosto: Conocí a una chica rara, rarísima. Se llamaba Rozalyn. Era una tipa con el cabello desordenado y abultado. Desde la 1ra vez que nos vimos quiso abuzar de mí. Era muy mandada. Yo intentaba desenmascararla pero no lo lograba. Incluso recuerdo que ese primer día que nos vimos ella quería embriagarme. Los días siguientes me propuso ser su enamorado. Yo me hacía el desentendido e intentaba evadir su pregunta, pero ella insistía y tuve que ceder a su obstinación.

Septiembre: Mi nueva enamorada me hacía detalles sumamente sorprendentes. Sin embargo, mi ex enamorada reapareció en mi vida. Me llamaba por teléfono y me decía para encontrarnos. Yo nunca acepté su propuesta. Fui un tarado porque meses después me arrepentí de no salir con ella nuevamente. En ese entonces, no me decidí por verla porque sabía que si lo hacía me jugaba mucho. No quería hacerme daño ni hacer daño a terceras personas.

Octubre: Terminé con mi enamorada. Le dije que no estaba enamorada de ella. Para eso, ella me había confesado semanas antes que su cariño hacia mí estaba en duda. A mí ciertamente me daba igual, no me sentía enamorado de ella y era mejor terminar con nuestra falsa relación. Al final me decepcioné mucho de ella porque a la semana de terminar conmigo volvió con su ex chico, de quien me juraba que no volvería nunca porque él era un tipo que no la merecía. Incluso él le había sido infiel. Lo peor, y quizá más grave fue que ella le contó a él asuntos míos muy privados. No quise odiarla ni dejar de hablar con ella, quise saber, por el contrario, qué tan valiente era y quería saber si tenía el coraje de darme explicaciones, pero nunca lo hizo. Me demostró que era cobarde, tan igual a mí o incluso peor.

Noviembre: Me decidí a escribirle a una chica por Facebook, aquella chica me generaba mucho interés y quería conocerla desde hace un tiempo atrás. Por suerte la chica y yo tuvimos una buena comunicación y empezamos a conocernos por Facebook y días después por Messenger. Solíamos encontrarnos a altas horas de la noche en línea y nos contábamos (o mejor dicho, me contaba) lo que le pasaba con un chico. Nos referíamos al chico como “el mudito”, pseudónimo otorgado porque él la enamoraba a ella por Messenger y teléfono pero nunca hablaban personalmente. Él se intimidaba. Cuando se veían en la universidad ni se saludaban.
Le cogí cariño muy rápido a esta niña, incluso a veces peleábamos y nos decíamos insultos cariñosos para fastidiarnos. Como nos caíamos tan bien, decidimos encontrarnos un 13 de diciembre, un lunes, para variar. Según ella tenía la agenda recargada y sólo ese día tenía libre.

Diciembre: Conocí a la chica. Verla fue increíble. Creo que me llegó a gustar poquito. Quizá más que poquito. En realidad me gustó mucho. Nuestro primer encuentro fue accidentado y muy poco relevante. Fue normal y simple, pero yo la pasé genial. A la semana siguiente tuve que viajar a Chile y dejé de tener esos encuentros cibernéticos con ella por las noches y sólo nos comunicábamos por mensajes al Facebook.
Por último, y esto fue lo mejor del 2010, fue que: un día antes de viajar, vi a mi amiga teniendo relaciones sexuales con su chico. No sé si fue casual o adrede, pero el hecho es que observé cómo mi amigo hundía su sexo en el de mi amiga. Fue divertido.

Ya casi es navidad y yo estoy pegado a la lap top escribiendo como un adicto.

Espero que todos pasen una bonita navidad. Saludos.

martes, 14 de diciembre de 2010

Un lunes cualquiera, pero distinto a los demás

Hace poco más de un mes quedé en salir hoy, lunes 13 de diciembre, con una chica a la que no conocía, apenas nos escribíamos por Messenger.

Al principio todo comenzó como un juego, como si fuese un día distante y muy alejado de la realidad. Sinceramente pensé que no ocurriría. Pero el día llegó y aquí me tienen, escribiendo estas líneas para recordar lo vivido.

Quedamos en encontrarnos a las 5 de la tarde en Open Plaza, un centro comercial ubicado en el cruce de la avenida Angamos con Tomás Marsano, en el distrito de Surquillo. Quedamos en ir al cine, clásico en personas de nuestra edad. Ella de 17 y yo de 19. Aquél día llegué tarde a la cita. La busqué en el cine y no la encontré. La llamé a su celular para saber dónde estaba, tal vez se había desanimado de verme. Al contestar, oí por primera vez su voz. Me pareció una voz extraña, algo juguetona y pizpireta. Le pregunté dónde estaba, ella respondió que en el cine, esperándome, luego me hizo la misma pregunta y yo le dije que en mi casa (bromeando). Después me desmentí y le confesé que estaba muy cerca. En realidad, estaba en una esquina llamándola desde un teléfono público.

Me apresuré para darle el alcance. Cuando la vi desde lejos, ella me sonrío sin motivo, quizá pensando arrepentida: ¿él es Eduardo? Me acerqué intentando mostrar sobriedad, pero en el fondo me moría de nervios. Ella vestía un jean azul y una blusa blanca. Sandalias negras y una cartera pequeña. Su cabello era oscuro y tenía un peinado que le acentuaba bien. Era simpática, qué digo simpática, simpatiquísima, más de lo que había imaginado. Ella no mentía cuando me decía por Messenger que me quedaría impresionado al verla.

A su lado me sentí torpe, mal vestido y temeroso. Llevaba puesto un jean cualquiera, medio gastado, unas zapatillas blancas marca converse y un polo sencillito color turquesa. El cabello desordenado y mi cuerpo delgadísimo, carente de músculos. Solo me defendía mi actitud y mis ocurrencias.

No sé si fue parte de los nervios, pero me reía sin razón y decía cosas incoherentes por momentos. Ella lo notó, lo sospecho. Pero me era imposible estar tranquilo a su lado. No sabía cómo controlarme. Por suerte, ya desde la primera cita, me tuvo mucha paciencia.

Inicialmente, habíamos quedado en ver una película de terror, pero lamentablemente a esa hora no había más películas que Narnia, Harry Potter y Megamente. Optamos por esta última, ya que a ella no le gustaba ni Narnia ni Harry Potter; además, a mí tampoco me apetecía ver esas películas. Antes de entrar al cine compramos canchita y gaseosa. Cuando entramos a la sala, no había nadie. Estaba vacío. Sólo éramos ella y yo. A los pocos minutos entró un niño con su mamá, luego una pareja de enamorados y de a poco fue ingresando gente a la sala.

Mientras esperamos a que empezara la película, hablamos un poco de nosotros. Por momentos, ella se reía con mis bromas y sus ojos se ponían chinitos. Me gustaba sentirla feliz a mi lado. Yo la miraba constantemente, ella no tanto, quizá se sentía incomoda por mi mirada o quizá le importaba poco mirarme, o tal vez sí me miraba y solo disimulaba muy bien. No lo sé. Lo cierto es que todo iba yendo bien. Incluso, ya durante la película, ella empezó a hacer las típicas travesuras de cine: me arrojaba canchita para distraerme. Yo disfrutaba las licencias que se daba para fastidiarme y me enternecía lo niña que se ponía para llamar mi atención.

Cuando la película empezó a ponerse interesante, ambos permanecimos atentos, en silencio, hablando poco, casi nada. Por momentos nos decíamos cosas al oído y luego soltábamos carcajadas como dos niños divertidísimos por las ocurrencias de los protagonistas; aunque, a decir verdad, yo a veces me salía de la película y pensaba: ¿Después de ver esto se tendrá que ir? ¿Habrá tiempo para conocernos un poquito más? ¿Podré decirle que disfruto estar a su lado? Me cuestionaba inútilmente. No había razón para atormentarme con preguntas sin sentido, si se tenía que ir, pues bien, habría que entenderla. Y si se quedaba, enhorabuena. Lo cierto es que entendí que tenía que disfrutar el momento y dejar de lado lo que vendría después, sino arruinaría ese instante y yo no quería que eso pasara porque la estaba pasando genial.

Me percaté que su papá la llamaba a cada rato, dando muestras de preocupación e interés por lo que hacía su hija. Ciertamente, yo sería igual si fuese padre, cuidaría a mi hija sobre todas las cosas y me preocuparía por su bienestar.

Al terminar la película paseamos un rato por el centro comercial. Me contó acerca de su familia y yo de la mía. Por momentos escribía desde su celular diciéndole a su papá que se encontrarían en su casa, pero él insistía en pasar a recogerla. Así que no nos quedó más opción que despedirnos. No me dejó acompañarla porque había pedido permiso para salir con una amiga y no con un chico. Su papá la esperaría en la entrada principal del centro comercial, así que yo tuve que irme por una salida alterna.  

Más adelante, mientras caminaba por la calle feliz por la tarde que había tenido, ella apareció de pronto en una esquina con su papá y caminaban en dirección opuesta hacia donde yo iba. Quedé mirándola sorprendido y vi que ella sonreía. Le correspondí la sonrisa y nos cruzamos divertidísimos, como dos niñitos disfrutando de una travesura. Me sentí su cómplice en ese momento y muy feliz de haber compartido una tarde especial a su lado.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Las consecuencias de escribir...

Hace unos días acabo de comenzar a escribir para un blog grupal. Recién he tenido mi primera publicación y ya tengo problemas. No entiendo por qué las personas se afectan con lo que escribo si nunca pongo sus nombres. Creo que se avergüenzan de sus actos y tienen miedo de ser descubiertos en mis líneas. Lo que no comprenden esas personas es que cuando escribo intento crear historias, no contar la vida real tal cual. Cuando escribo me divido en dos personajes: el escritor y narrador. Soy simplemente un tipo que escribe lo que “alguien” le dice. Me someto a las reglas del narrador y redacto sus historias. Así que cualquier cosa, quéjense con el narrador, no con el escritor.

Son casi poco más del mediodía y recibo una llamada. Es una chica. Al principio no reconozco su voz, pero según va hablando la logro identificar. - Como ella no quiere que ponga su nombre en ningún escrito mío, la llamaremos Manuela Penélope Arriola de Pajares. - Me reclama energúmena por qué escribí lo que viví con ella, por qué lo hice público en el blog de mi amiga Brenda. Yo me río divertidísimo por su enojo y porque, a pesar de todo, me demuestra que lee lo que escribo, que es mi fiel lectora en silencio. Le explico que no le puse ningún nombre a la tipa que describo en el post que publiqué, que no tema, que sería incapaz de delatarla. Ella no me cree y se siente afectada. Furiosa. Me culpa, y sospecho por su voz, que tiene ganas de insultarme y decirme: maricón de mierda, deja de escribir sobre mí, ¿acaso no tienes vida? Además nunca me la metiste porque tu huevada se doblaba. - Para mi buena suerte, ella es muy benévola y no tiene el carácter suficiente para agredirme verbalmente. Todavía me quiere, aunque no me lo diga. Después de explicarle y pedirle disculpas por mi atrevimiento literario, ella se despide, entonces ya un poco más calmada. Cuando cuelga, me río a mares. Disfruto su enojo y levanto la música a todo volumen y disfruto ser escritor. Bailo con mi perrita y ella, cómplice, ladra y se tira encima de mí, como disfrutando mi alegría.

Al rato, entro al blog http://sietevidasymas.blogspot.com/ y leo lo que escribí sobre Manuela Penélope Arriola de Pajares. Me percato que todo lo que escribí ahí no tiene nada que ver con lo que viví con ella.

1)Nunca tuvimos sexo. Sí intentábamos practicarlo pero nunca funcionaba. Nunca se la empujé despacito como dice en el post. Y yo nunca me calenté cuando ella me decía palabras eróticas, sucias, arrechas.
2)Su forma de intentar hacerlo era muy hardcore a comparación de mi estilo romanticón y cursi.
3)Nunca se la hundí. Ella muy bien sabe que nunca hicimos nada. Ganas no faltaron, pero por alguna razón extraña nunca culminábamos lo que empezábamos.
4)No éramos la pareja perfecta, eso lo inventé para que suene bonito el texto.
5)Nunca me toco pensando en ella, es más, no me toco hace tiempo. Ando ocupado por mis Finales y últimas prácticas que no me interesa tocarme.

Una vez aclarado esto, no entiendo por qué carajo me llamó Manuelita si todo lo que escribí jamás lo viví con ella. De verdad, no entiendo su disgusto. Qué extraña mujer. Está loca.

sábado, 27 de noviembre de 2010

¡Qué huevada el amor!

Ciertamente me despreocupa mucho estar enamorado. Admito que a veces me muero por tener a alguien cerca, poder engreírla e intentar enamorarla, pero se me hace tan difícil tener una chica al lado. Después de Sandrita, mi ex enamorada, nadie ha vuelto a interesarme tanto. Tuve una enamorada hace unos meses, pero ni ella ni yo nos enamoramos. Estuvimos por razones desconocidas, quizá por eso duramos tan poco.

Ahora me importa un carajo enamorarme. Así estoy bien.

Mis amigos, los que siempre me jodían porque yo era el único que tenía chica (y vaya que la tuve, porque con ella, con Sandrita, duré casi 4 años), son ahora ellos los comprometidos y los que organizan sus salidas y los que van de la mano con su chica por la calle demostrando su amor, riendo por cualquier cosa y suspirando por alguna palabra bonita que les surja del corazón en un momento romántico.

Durante todo el año, no he tenido sino más que simples ilusiones fugaces con chicas, no he podido enamorar a nadie ¿o quizá nadie se enamoró de mí? El hecho es que hace tiempo no tengo ese latidito palpitante en el pecho ni he soñado despierto pensado en alguien. No he vuelto a suspirar ni a tener la mirada brillante mientras le confeso mi amor a una mujer. He olvidado lo que se siente cuando alguien te dice que te extraña, que le haces falta, que necesita verte para estar mejor. Ya no recuerdo el sabor de los besos ni la contextura de los labios. Tampoco recuerdo lo que se siente al recibir un abrazo cariñoso de una persona especial. He olvidado las cosas básicas del amor. Es más, ya ni recuerdo cómo era el amor.

El año se termina y me da vergüenza asistir a la fiesta de mi amigo, pues celebrará su cumpleaños en su casa y sólo ha invitado a dos amigos más y a mí. Todos tienen enamorada y están haciendo planes para ese día. Todos irán acompañados. Yo iré solo. Iré a humillarme. Iré para verlos en pareja y encontrar en uno de ellos el amor que me fue arrebatado del corazón hace casi un año. No creo ser un dependiente afectivo, pero al menos me gustaría volver a enamorarme, aunque por ahora sólo piense que el amor es una huevada.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Care'vellopubico

Me ausento un día y dejo de entrar al Messenger y al Facebook y me pierdo de muchas cosas interesantes. Por qué en mi ausencia pasan cosas entretenidas, y por qué cuando estoy conectado todo es aburrido, monótono y hasta miserable, pero ahora las cosas se invierten y todo parece ser mejor sin mí.

Es jueves, me conecto al Messenger muy temprano impaciente por ver si tengo algún mensaje. Tengo 5 mensajes. Entro a mi bandeja para ver de quiénes son. Ilusión frecuente y desalentadora: todos los mensajes son insignificantes. Pongo música e intento alegrar mi día. De pronto una amiga me saluda por Messenger y me dice que por qué no me conecté ayer (miércoles), me lo dice como reclamándome. Yo sonrió y le devuelvo el saludo y le digo para joderla un poquito: oye care’vellopubico, ayer no pude entrar porque mi compu estaba mal.

Ella se ríe por el apodo y me cuenta muy entusiasmada que ha creado un blog donde se publicará un post cada día por una persona diferente. Son 7 personas en total, cada una publicará un día, pues a cada una se le ha otorgado un día para publicar. Yo le digo que es paja su idea, que me gusta mucho. Ella me dice que pensaba ponerme a mí los sábados, es decir, yo publicaría todos los sábados, sin embargo, como no me conecté ayer, ella le dijo a otro amigo y me descartó de su lista del blogger que había creado.

Me sentí un poco humillado y ridiculizado por aquella confesión, pero en el fondo la entendía y pensaba: “si me hubieras puesto en el blog seguramente tendrías más seguidores”, riendo por mi exclusión. Ella me mandó el link del blog para verlo. Yo entré rápidamente y vi el diseño, que por cierto estaba bien elaborado. Me gustó mucho. Estuvimos hablando del blog y me contaba que empezarán a publicar desde el lunes. Ella inaugurará las publicaciones pues a ella le toca escribir los lunes. Luego me contó que el blog está conformado por blogger de distintas personalidades y sexualidades, entre ellos están: lesbianas, gays, estudiosos, monces , etc.

Después de estar hablando de su blog y de la temática que tendrá, me propuso un trato algo humillante pero divertido a la vez, me dijo: si quieres puedes escribir los feriados. Yo me reí a mares y pensé: seguro me dice eso porque le doy pena y porque no quiere abandonarme. Yo acepté y ella de inmediato puso mi imagen en el blog y me otorgó un espacio, ahora soy dueño de los días feriados, donde escribiré lo que se me venga en gana.

Ella dice que me caracterizo por escribir cosas divertidamente sexuales y calenturientas lleno de morbo (unos amigos también me dijeron que escribo así porque seguramente no tengo sexo. Yo callo y pienso: es verdad, no la veo, pero tampoco me interesa. Me divierto mucho escribiendo y con eso me basta). Es que siempre jugueteo al doble sentido e intento que las personas muestren ese lado que tanto pavor les da. A muchas personas le da miedo, vergüenza, frustración y hasta cólera, hablar de sexo.

A mí sinceramente no porque es normal, estoy orgulloso de mi valeroso compañero que tengo en la entrepierna, aunque sea chiquito (no sé que tan chiquito porque lo cojo con mis dos manos). Ahora ando feliz porque gracias a mi amiga Brenda Lucía, alías Brekis care’vellopubico he vuelto a escribir y ha publicar. Ciertamente pensaba publicar un poema pero aún no lo termino y no sé cuándo lo terminaré, solo espero que este fin de semana me dé tiempo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La perra que se robó mi corazón

Llevo una semana con ella y sinceramente no esperaba tener su compañía. Fue todo muy rápido. Inesperado. Era inevitable no encontrarnos. Nuestro encuentro estaba destinado.

Iba caminado por la calle cuando de pronto ella se me acercó, estaba asustada, tenía la mirada triste y el rostro asustado, como si llevase una pena enorme en el alma. Yo seguí caminado e ignoré su tristeza, me hice el indiferente y sólo atiné a mirarla de reojo. Luego apresuré el paso.

Ella me seguía detrás, suplicándome en silencio que la ayude, que me apiade de ella y que la lleve conmigo. Caminamos algunas cuadras así: yo apurado y ella intentando encontrar en mí un poquito de ayuda. En el camino intenté perderla pero me fue imposible, mis intentos por botarla y alejarla fueron vanos, ella estaba dispuesta a seguirme a pesar de mi rechazo. La insulté y le dije de forma cruel y con la mirada llena de odio: ¡shht, fuera!, ¡largo!, ¡Vete! Pero ella me seguía a pesar de mis insultos. No quería irse. Estaba dispuesta a no separarse de mí.

Cuando llegué a mi casa, me di cuenta que me había olvidado la llave. Tuve que tocar. Mi hermano salió por la ventana y me dijo que ya bajaba, que le esperase. Me sentí incómodo esperándolo porque ella se mantenía a unos metros de mí y seguía con la misma mirada sufrida.

- ¿Y ese perro? – me preguntó mi hermano.
- No sé, me ha seguido desde la farmacia, creo que la han abandonado – le expliqué.
- Pobrecita – dijo mi hermano conmovido.
- Le voy hacer pasar, quizá quiere algo de comer. Mañana ya la boto. – Le dije a mi hermano con cierta mezquindad. El perro pasó, era negra y hembra y estaba flaquita, tenía rasgos de labrador, aunque fácil pudo haber sido cruzada con alguna raza callejera o chusca.

Como ya era tarde y las tiendas estaban cerradas, no podía comprarle galletitas para perros, así que no tuve más remedio que buscar en el refrigerador algo que le pueda gustar. Saqué unos trozos de pollo y puse agua a hervir en una olla. Luego busqué papa y un poco de fideos. Lo mezclé todo en el agua hirviente y preparé una especie de caldo algo extraño. Una vez mezclado lo probé para sentir el sabor y sabía asqueroso, le eché un poquito de sazonador y sal para darle gustito a mi experimento gastronómico, que yo, muy orgulloso, llamaba 'caldo de pollo'. Una vez listo esperé que se enfriara un poquito.

No sabía dónde servirle, llevaba casi 7 años sin mascota y no estaba preparado para tener uno. Cogí un taper viejo que nadie usaba, pensé que no me ganaría problemas si le daba de comer ahí.

Cuando le entregué el plato servido al perro, éste se desesperó por comer y empezó a devorarlo con ímpetu e impaciencia. Me dio pena ver cómo comía tan deprisa, me puse a pensar cuántos días habrá estado deambulado por la calle sin haber comido. Mis ojos se humedecieron y me dio rabia imaginar a la persona que la había abandonado. Esa noche el perrito durmió en mi casa, pasó una noche tranquila y con la pancita llena y quizá más calientita de los que solía pasar en la calle.

Al día siguiente fui a la casa de mi abuelita, que por suerte vive a unas cuantas casas de la mía, y le dije que me había encontrado un perrito en la calle pero no podía quedármelo porque en mi casa no había suficiente espacio. Ella me miró en silencio con una sabiduría que sólo los viejitos tienen, quizá intuyendo que yo le iba a proponer algo, y efectivamente, no se equivocaba:

- ¿Abuelita, crees que el perrito se pueda quedar en tu casa?
- ¿Es macho o hembra? – me respondió con una pregunta
- Jajaja no sé – le mentí. Sí sabía el sexo de la perrita pero por alguna razón se lo oculté.
- Ah ya… tráela para verla pues...
- Ya abuelita, voy a traerla entonces.

Fui corriendo a mi casa para bajar al perrito (que en realidad era perrita). Yo presentía que mi abuelita se lo iba a quedar, además hace menos de dos meses ella había perdido a su perrito porque se murió de una enfermedad extraña, el pobre no podía hacer sus necesidades, así que poco a poco su estomago fue hinchándose y acumulando todas sus heces hasta que no hubo más remedió que llevarlo al veterinario a que le pongan una inyección para provocarle una muerte inmediata.

Cuando volví a la casa de mi abuelita con la perrita, ella supo domarla y pudo voltearla ´para ver su órgano sexual.

- ¡Mira, mira, es hembra¡ - grité como loco, findiéndo sorpresa.
- Sí… ahora veo porque estaba en la calle – me dijo mi abuelita muy calmada.
- ¿Por qué dices eso abuelita?
- Es que a las perritas siempre las botan a la calle, si no la matan de chiquitas, muchas están destinadas a vivir en la calle.

Me dio mucha penar oír esas palabras de mi abuelita. Luego que me dijo eso no volví a preguntarle si quería quedarse con la perrita porque seguramente no la quería por su sexualidad. Así que me llevé a la perrita a mi casa y convencí a mi papá para que se quedara. Mi papá felizmente aceptó.

Ahora vivimos todos felices. A veces la perrita viene a mi cuarto y se echa en mi cama y me roba caricias. Yo siempre sedo a su mirada inocente y siempre la lleno de cariño, como si fuera parte de mi familia. Muchas veces intento engreírla, y aunque ella no entienda lo que le digo, yo sé que ella sabe que la quiero mucho, que soporto sus ladridos de madrugada porque mi cariño es más fuerte que mis ganas de dormir, y , sobre todo, que me desvivo por verla feliz así como yo lo soy con ella. Ella es muy tierna, aunque también muy juguetona. Cuando llegó de estudiar ella me recibe muy enérgica y se lanza encima de mí y ladra eufórica, como disfrutando de que yo haya llegado y presumiendo, quizá, que ella es la perrita más querida del mundo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Se me dobló hacia la izquierda

Era sábado por la noche y había quedado con mis amigos en ir a una quinceañera. Aquel día nos vestimos con saco y corbata. Cuando llegamos a la fiesta a uno de mis amigos se le ocurrió ir a una discoteca porque el ambiente estaba muy aburrido.

A mí sinceramente me disgustó la idea porque detesto las discotecas y porque las veces que salía con ellos siempre la pasamos tomando y cantando como locos. Por desgracia ese día me convencieron y tuve que aceptar resignado y con cierto desgano.

En la discoteca me sentí ajeno, como desubicado, con ganas de estar en mi casa durmiendo o jugando en mi computadora.

Cuando fuimos a la barra por unos tragos, vimos un par de chicas riquísimas. Mis amigos me codearon y me dijeron: !Naranjo, miiiira! Trae a esas chicas para empatarnos (mi pseudónimo era Naranjo, yo solía ser la carnada y siempre tenía que ir por las chicas a hacerles el habla y luego llevarlas con ellos para estar todos en grupo).

Cuando me acerqué a las chicas, ellas se mostraron sonrientes, como aduladas de que yo me haya acercado a conversarles. Creo que les caí bien. Al rato me acompañaron donde mis amigos, quienes me veían haciendo el ridículo.

Las chicas nos preguntaron por qué estábamos con saco y corbata en una disco, nosotros les explicamos que no teníamos en mente ir a ese lugar, sino que inicialmente habíamos ido a una quinceañera pero como estábamos aburridos allá tuvimos que tomar la decisión de irnos y, pues, terminamos en una fiesta de verdad.

Mientras tomábamos cerveza y las chicas bailaban con mis amigos, una tipa se me acercó muy discretamente y me dijo: Hola, amiguito. Oye una consultita. Yo voltee a mirarla y con el tono de voz un poco alto debido a la fuerte música que sonaba, le dije: ¿si? dime. Ella señaló a un grupo de chicas y dijo: ¿ves a mis amigas de allá? Te quieren conocer, ¿podemos ir para presentártelas?Claro, le respondí entusiasmado. Mis amigos empezaron joderme y a vociferar con cierto aire burlón: ¡wuuuuh... bien, naranjo! .

La tipa me condujo hacia donde estaban sus amigas y me las presentó. Eran 4 tipas. Ninguna me llamaba la atención, eran todas muy limitadas de belleza. Yo fingí amabilidad y puse cara de niño educado. Ellas secreteaban entre sí y reían tímidamente mientras me miraban, como susurrándose un chisme. Yo me sentía incómodo y sabía que hablaban de mí, y, probablemente, de lo guapo que me veía con saco y corbata.

En un acto de cobardía, intenté huir de esas tipas carroñeras, pero ellas, mujeres, siempre listas, se dieron cuenta de que yo pretendía escapar de sus garras y me comprometieron a bailar, yo me opuse pero ellas insistieron. Al final tuve que aceptar porque intuí que si las rechazaba, ellas, en un acto de venganza, me calatearían y me violarían con descaro en ese lugar. Para no pasar tal ridiculez, acepté bailar. La chica que se ofreció a bailar conmigo, era probablemente la más interesada en mí, pues me sonreía exageradamente y me miraba como diciendo: ¡ahora no te me escapas, papito! en su gesto se veía unas ganas incontrolables por sentirme cerca suyo, como si yo fuese un rico postre que está a punto de ser devorado.

La música que bailamos fue una salsa, un género que me gusta pero que, sin embargo, no sé bailarlo bien (en realidad no sé bailar nada). La chica me cogía la mano con delicadeza y yo poco a poco entraba en confianza y perdía el miedo. Mis amigos observaban todo desde lejos y yo veía cómo se burlaban de mí y de mi baile torpe y vergonzoso.

El baile duró demasiado, se hizo eterno. La chica se me acercaba excesivamente y me hacía sentir sus senos redonditos que estaban amoldados a su sostén blanco que yo podía ver con cierto descaro. Aquellas tetas era como dos esferas suaves que se hundían como esponja cuando tocaban mi cuerpo. Me gustaba sentir su pecho y ella lo sabía, por eso se entregaba de manera absoluta.

Cuando terminó la canción, ella quiso que sigamos bailando, pero el género ahora era otro, era reggaetón; a mí me daba pavor y mucha vergüenza bailarlo, pero ella me dijo que sigamos, que no sea malito, que era la última y luego descansábamos.

Yo no le respondí pero como seguí en la pista de baile, ella lo interpretó como una aceptación silenciosa, así que empezó a moverse con suavidad, de manera muy erótica. Yo me reía y, para malograrle el baile, empecé a moverme con cierta apatía, muy desganado. Ella se volteó con sensualidad y presionó su trasero con mi pajarito y empezó a agitarse con sutileza. Al principio me fue incómodo, pero luego me sofoqué y me calenté y pensé: si así se mueve cuando baila, cómo será cuando haga el amor.

Riéndome le seguí el jueguito y empecé a moverme a su ritmo. Era como tener sexo en público y con ropa. El baile era demasiado atrevido. Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de acercamiento; apenas tenía dieciséis años y ya sentía el cuerpo de una mujer moverse delante de mí.

Cada vez que ella aceleraba su ritmo, yo me agitaba, me sacudía con ímpetu para no defraudar a la chica. De pronto ocurrió algo inesperado, quizá fue por la vibración de nuestros cuerpos o por la excitación que la chica provocó en mí o por la forma deliciosa como se movía: mi muchachito se me paró, se puso tieso. La chica se dio cuenta y empezó a friccionar más su cuerpo con el mío, su falda era demasiado delgada y quizá eso le excitaba, pues sentía mi pene erecto agitándose detrás suyo.

Sus movimientos frenéticos generaron un incidente, y es que mi vultito de la entrepierna se inclinó hacia un lado, se dobló con severidad hacia la izquierda. Fue un poco tediosa esa desviación porque el pellejito que cubre la cabecita de mi pene se abrió y empezó a provocarme un ardor terrible. Inmediatamente perdí la erección y mi órgano sexual perdió rigidez y se ocultó como una oruguita tímida.

La canción por suerte terminó y la chica me dijo: ¡qué rico bailas! Yo me sentí halagado y un poco accidentado por el ardor en la entrepierna. Ella me llevó de la mano donde su grupito de amigas y yo le dije que iría al baño. Ella y sus amigas soltaron una risotada, pensado seguramente que yo iría al baño para masturbarme por la excitación del baile, pero en realidad era para acomodarme mi pipilin que se me había accidentado en aquel baile ardiente a la que la chica me había sometido.

Después de ir al baño volví donde mis amigos, ellos se rieron por mi hazaña y se burlaron de mis pasos torpes e incoherentes y de mi meneo estrepitoso en la pista de baile. Me sentí un tonto de lo peor. Así que les dije a mis amigos que iría a comprar más cigarros, pero nunca más volví. Me fui a mi casa solo y muy avergonzado y triste porque estaba convencido de que era un completo imbécil.