Hace unos días acabo de comenzar a escribir para un blog grupal. Recién he tenido mi primera publicación y ya tengo problemas. No entiendo por qué las personas se afectan con lo que escribo si nunca pongo sus nombres. Creo que se avergüenzan de sus actos y tienen miedo de ser descubiertos en mis líneas. Lo que no comprenden esas personas es que cuando escribo intento crear historias, no contar la vida real tal cual. Cuando escribo me divido en dos personajes: el escritor y narrador. Soy simplemente un tipo que escribe lo que “alguien” le dice. Me someto a las reglas del narrador y redacto sus historias. Así que cualquier cosa, quéjense con el narrador, no con el escritor.
Son casi poco más del mediodía y recibo una llamada. Es una chica. Al principio no reconozco su voz, pero según va hablando la logro identificar. - Como ella no quiere que ponga su nombre en ningún escrito mío, la llamaremos Manuela Penélope Arriola de Pajares. - Me reclama energúmena por qué escribí lo que viví con ella, por qué lo hice público en el blog de mi amiga Brenda. Yo me río divertidísimo por su enojo y porque, a pesar de todo, me demuestra que lee lo que escribo, que es mi fiel lectora en silencio. Le explico que no le puse ningún nombre a la tipa que describo en el post que publiqué, que no tema, que sería incapaz de delatarla. Ella no me cree y se siente afectada. Furiosa. Me culpa, y sospecho por su voz, que tiene ganas de insultarme y decirme: maricón de mierda, deja de escribir sobre mí, ¿acaso no tienes vida? Además nunca me la metiste porque tu huevada se doblaba. - Para mi buena suerte, ella es muy benévola y no tiene el carácter suficiente para agredirme verbalmente. Todavía me quiere, aunque no me lo diga. Después de explicarle y pedirle disculpas por mi atrevimiento literario, ella se despide, entonces ya un poco más calmada. Cuando cuelga, me río a mares. Disfruto su enojo y levanto la música a todo volumen y disfruto ser escritor. Bailo con mi perrita y ella, cómplice, ladra y se tira encima de mí, como disfrutando mi alegría.
Al rato, entro al blog http://sietevidasymas.blogspot.com/ y leo lo que escribí sobre Manuela Penélope Arriola de Pajares. Me percato que todo lo que escribí ahí no tiene nada que ver con lo que viví con ella.
1)Nunca tuvimos sexo. Sí intentábamos practicarlo pero nunca funcionaba. Nunca se la empujé despacito como dice en el post. Y yo nunca me calenté cuando ella me decía palabras eróticas, sucias, arrechas.
2)Su forma de intentar hacerlo era muy hardcore a comparación de mi estilo romanticón y cursi.
3)Nunca se la hundí. Ella muy bien sabe que nunca hicimos nada. Ganas no faltaron, pero por alguna razón extraña nunca culminábamos lo que empezábamos.
4)No éramos la pareja perfecta, eso lo inventé para que suene bonito el texto.
5)Nunca me toco pensando en ella, es más, no me toco hace tiempo. Ando ocupado por mis Finales y últimas prácticas que no me interesa tocarme.
Una vez aclarado esto, no entiendo por qué carajo me llamó Manuelita si todo lo que escribí jamás lo viví con ella. De verdad, no entiendo su disgusto. Qué extraña mujer. Está loca.
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Este blog es un desesperado intento por huir de la realidad. No esperen encontrar amor, aunque lo haya, ni esperen encontrar humor, aunque lo tenga.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
¡Qué huevada el amor!
Ciertamente me despreocupa mucho estar enamorado. Admito que a veces me muero por tener a alguien cerca, poder engreírla e intentar enamorarla, pero se me hace tan difícil tener una chica al lado. Después de Sandrita, mi ex enamorada, nadie ha vuelto a interesarme tanto. Tuve una enamorada hace unos meses, pero ni ella ni yo nos enamoramos. Estuvimos por razones desconocidas, quizá por eso duramos tan poco.
Ahora me importa un carajo enamorarme. Así estoy bien.
Mis amigos, los que siempre me jodían porque yo era el único que tenía chica (y vaya que la tuve, porque con ella, con Sandrita, duré casi 4 años), son ahora ellos los comprometidos y los que organizan sus salidas y los que van de la mano con su chica por la calle demostrando su amor, riendo por cualquier cosa y suspirando por alguna palabra bonita que les surja del corazón en un momento romántico.
Durante todo el año, no he tenido sino más que simples ilusiones fugaces con chicas, no he podido enamorar a nadie ¿o quizá nadie se enamoró de mí? El hecho es que hace tiempo no tengo ese latidito palpitante en el pecho ni he soñado despierto pensado en alguien. No he vuelto a suspirar ni a tener la mirada brillante mientras le confeso mi amor a una mujer. He olvidado lo que se siente cuando alguien te dice que te extraña, que le haces falta, que necesita verte para estar mejor. Ya no recuerdo el sabor de los besos ni la contextura de los labios. Tampoco recuerdo lo que se siente al recibir un abrazo cariñoso de una persona especial. He olvidado las cosas básicas del amor. Es más, ya ni recuerdo cómo era el amor.
El año se termina y me da vergüenza asistir a la fiesta de mi amigo, pues celebrará su cumpleaños en su casa y sólo ha invitado a dos amigos más y a mí. Todos tienen enamorada y están haciendo planes para ese día. Todos irán acompañados. Yo iré solo. Iré a humillarme. Iré para verlos en pareja y encontrar en uno de ellos el amor que me fue arrebatado del corazón hace casi un año. No creo ser un dependiente afectivo, pero al menos me gustaría volver a enamorarme, aunque por ahora sólo piense que el amor es una huevada.
Ahora me importa un carajo enamorarme. Así estoy bien.
Mis amigos, los que siempre me jodían porque yo era el único que tenía chica (y vaya que la tuve, porque con ella, con Sandrita, duré casi 4 años), son ahora ellos los comprometidos y los que organizan sus salidas y los que van de la mano con su chica por la calle demostrando su amor, riendo por cualquier cosa y suspirando por alguna palabra bonita que les surja del corazón en un momento romántico.
Durante todo el año, no he tenido sino más que simples ilusiones fugaces con chicas, no he podido enamorar a nadie ¿o quizá nadie se enamoró de mí? El hecho es que hace tiempo no tengo ese latidito palpitante en el pecho ni he soñado despierto pensado en alguien. No he vuelto a suspirar ni a tener la mirada brillante mientras le confeso mi amor a una mujer. He olvidado lo que se siente cuando alguien te dice que te extraña, que le haces falta, que necesita verte para estar mejor. Ya no recuerdo el sabor de los besos ni la contextura de los labios. Tampoco recuerdo lo que se siente al recibir un abrazo cariñoso de una persona especial. He olvidado las cosas básicas del amor. Es más, ya ni recuerdo cómo era el amor.
El año se termina y me da vergüenza asistir a la fiesta de mi amigo, pues celebrará su cumpleaños en su casa y sólo ha invitado a dos amigos más y a mí. Todos tienen enamorada y están haciendo planes para ese día. Todos irán acompañados. Yo iré solo. Iré a humillarme. Iré para verlos en pareja y encontrar en uno de ellos el amor que me fue arrebatado del corazón hace casi un año. No creo ser un dependiente afectivo, pero al menos me gustaría volver a enamorarme, aunque por ahora sólo piense que el amor es una huevada.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Care'vellopubico
Me ausento un día y dejo de entrar al Messenger y al Facebook y me pierdo de muchas cosas interesantes. Por qué en mi ausencia pasan cosas entretenidas, y por qué cuando estoy conectado todo es aburrido, monótono y hasta miserable, pero ahora las cosas se invierten y todo parece ser mejor sin mí.
Es jueves, me conecto al Messenger muy temprano impaciente por ver si tengo algún mensaje. Tengo 5 mensajes. Entro a mi bandeja para ver de quiénes son. Ilusión frecuente y desalentadora: todos los mensajes son insignificantes. Pongo música e intento alegrar mi día. De pronto una amiga me saluda por Messenger y me dice que por qué no me conecté ayer (miércoles), me lo dice como reclamándome. Yo sonrió y le devuelvo el saludo y le digo para joderla un poquito: oye care’vellopubico, ayer no pude entrar porque mi compu estaba mal.
Ella se ríe por el apodo y me cuenta muy entusiasmada que ha creado un blog donde se publicará un post cada día por una persona diferente. Son 7 personas en total, cada una publicará un día, pues a cada una se le ha otorgado un día para publicar. Yo le digo que es paja su idea, que me gusta mucho. Ella me dice que pensaba ponerme a mí los sábados, es decir, yo publicaría todos los sábados, sin embargo, como no me conecté ayer, ella le dijo a otro amigo y me descartó de su lista del blogger que había creado.
Me sentí un poco humillado y ridiculizado por aquella confesión, pero en el fondo la entendía y pensaba: “si me hubieras puesto en el blog seguramente tendrías más seguidores”, riendo por mi exclusión. Ella me mandó el link del blog para verlo. Yo entré rápidamente y vi el diseño, que por cierto estaba bien elaborado. Me gustó mucho. Estuvimos hablando del blog y me contaba que empezarán a publicar desde el lunes. Ella inaugurará las publicaciones pues a ella le toca escribir los lunes. Luego me contó que el blog está conformado por blogger de distintas personalidades y sexualidades, entre ellos están: lesbianas, gays, estudiosos, monces , etc.
Después de estar hablando de su blog y de la temática que tendrá, me propuso un trato algo humillante pero divertido a la vez, me dijo: si quieres puedes escribir los feriados. Yo me reí a mares y pensé: seguro me dice eso porque le doy pena y porque no quiere abandonarme. Yo acepté y ella de inmediato puso mi imagen en el blog y me otorgó un espacio, ahora soy dueño de los días feriados, donde escribiré lo que se me venga en gana.
Ella dice que me caracterizo por escribir cosas divertidamente sexuales y calenturientas lleno de morbo (unos amigos también me dijeron que escribo así porque seguramente no tengo sexo. Yo callo y pienso: es verdad, no la veo, pero tampoco me interesa. Me divierto mucho escribiendo y con eso me basta). Es que siempre jugueteo al doble sentido e intento que las personas muestren ese lado que tanto pavor les da. A muchas personas le da miedo, vergüenza, frustración y hasta cólera, hablar de sexo.
A mí sinceramente no porque es normal, estoy orgulloso de mi valeroso compañero que tengo en la entrepierna, aunque sea chiquito (no sé que tan chiquito porque lo cojo con mis dos manos). Ahora ando feliz porque gracias a mi amiga Brenda Lucía, alías Brekis care’vellopubico he vuelto a escribir y ha publicar. Ciertamente pensaba publicar un poema pero aún no lo termino y no sé cuándo lo terminaré, solo espero que este fin de semana me dé tiempo.
Es jueves, me conecto al Messenger muy temprano impaciente por ver si tengo algún mensaje. Tengo 5 mensajes. Entro a mi bandeja para ver de quiénes son. Ilusión frecuente y desalentadora: todos los mensajes son insignificantes. Pongo música e intento alegrar mi día. De pronto una amiga me saluda por Messenger y me dice que por qué no me conecté ayer (miércoles), me lo dice como reclamándome. Yo sonrió y le devuelvo el saludo y le digo para joderla un poquito: oye care’vellopubico, ayer no pude entrar porque mi compu estaba mal.
Ella se ríe por el apodo y me cuenta muy entusiasmada que ha creado un blog donde se publicará un post cada día por una persona diferente. Son 7 personas en total, cada una publicará un día, pues a cada una se le ha otorgado un día para publicar. Yo le digo que es paja su idea, que me gusta mucho. Ella me dice que pensaba ponerme a mí los sábados, es decir, yo publicaría todos los sábados, sin embargo, como no me conecté ayer, ella le dijo a otro amigo y me descartó de su lista del blogger que había creado.
Me sentí un poco humillado y ridiculizado por aquella confesión, pero en el fondo la entendía y pensaba: “si me hubieras puesto en el blog seguramente tendrías más seguidores”, riendo por mi exclusión. Ella me mandó el link del blog para verlo. Yo entré rápidamente y vi el diseño, que por cierto estaba bien elaborado. Me gustó mucho. Estuvimos hablando del blog y me contaba que empezarán a publicar desde el lunes. Ella inaugurará las publicaciones pues a ella le toca escribir los lunes. Luego me contó que el blog está conformado por blogger de distintas personalidades y sexualidades, entre ellos están: lesbianas, gays, estudiosos, monces , etc.
Después de estar hablando de su blog y de la temática que tendrá, me propuso un trato algo humillante pero divertido a la vez, me dijo: si quieres puedes escribir los feriados. Yo me reí a mares y pensé: seguro me dice eso porque le doy pena y porque no quiere abandonarme. Yo acepté y ella de inmediato puso mi imagen en el blog y me otorgó un espacio, ahora soy dueño de los días feriados, donde escribiré lo que se me venga en gana.
Ella dice que me caracterizo por escribir cosas divertidamente sexuales y calenturientas lleno de morbo (unos amigos también me dijeron que escribo así porque seguramente no tengo sexo. Yo callo y pienso: es verdad, no la veo, pero tampoco me interesa. Me divierto mucho escribiendo y con eso me basta). Es que siempre jugueteo al doble sentido e intento que las personas muestren ese lado que tanto pavor les da. A muchas personas le da miedo, vergüenza, frustración y hasta cólera, hablar de sexo.
A mí sinceramente no porque es normal, estoy orgulloso de mi valeroso compañero que tengo en la entrepierna, aunque sea chiquito (no sé que tan chiquito porque lo cojo con mis dos manos). Ahora ando feliz porque gracias a mi amiga Brenda Lucía, alías Brekis care’vellopubico he vuelto a escribir y ha publicar. Ciertamente pensaba publicar un poema pero aún no lo termino y no sé cuándo lo terminaré, solo espero que este fin de semana me dé tiempo.
viernes, 12 de noviembre de 2010
La perra que se robó mi corazón
Llevo una semana con ella y sinceramente no esperaba tener su compañía. Fue todo muy rápido. Inesperado. Era inevitable no encontrarnos. Nuestro encuentro estaba destinado.
Iba caminado por la calle cuando de pronto ella se me acercó, estaba asustada, tenía la mirada triste y el rostro asustado, como si llevase una pena enorme en el alma. Yo seguí caminado e ignoré su tristeza, me hice el indiferente y sólo atiné a mirarla de reojo. Luego apresuré el paso.
Ella me seguía detrás, suplicándome en silencio que la ayude, que me apiade de ella y que la lleve conmigo. Caminamos algunas cuadras así: yo apurado y ella intentando encontrar en mí un poquito de ayuda. En el camino intenté perderla pero me fue imposible, mis intentos por botarla y alejarla fueron vanos, ella estaba dispuesta a seguirme a pesar de mi rechazo. La insulté y le dije de forma cruel y con la mirada llena de odio: ¡shht, fuera!, ¡largo!, ¡Vete! Pero ella me seguía a pesar de mis insultos. No quería irse. Estaba dispuesta a no separarse de mí.
Cuando llegué a mi casa, me di cuenta que me había olvidado la llave. Tuve que tocar. Mi hermano salió por la ventana y me dijo que ya bajaba, que le esperase. Me sentí incómodo esperándolo porque ella se mantenía a unos metros de mí y seguía con la misma mirada sufrida.
- ¿Y ese perro? – me preguntó mi hermano.
- No sé, me ha seguido desde la farmacia, creo que la han abandonado – le expliqué.
- Pobrecita – dijo mi hermano conmovido.
- Le voy hacer pasar, quizá quiere algo de comer. Mañana ya la boto. – Le dije a mi hermano con cierta mezquindad. El perro pasó, era negra y hembra y estaba flaquita, tenía rasgos de labrador, aunque fácil pudo haber sido cruzada con alguna raza callejera o chusca.
Como ya era tarde y las tiendas estaban cerradas, no podía comprarle galletitas para perros, así que no tuve más remedio que buscar en el refrigerador algo que le pueda gustar. Saqué unos trozos de pollo y puse agua a hervir en una olla. Luego busqué papa y un poco de fideos. Lo mezclé todo en el agua hirviente y preparé una especie de caldo algo extraño. Una vez mezclado lo probé para sentir el sabor y sabía asqueroso, le eché un poquito de sazonador y sal para darle gustito a mi experimento gastronómico, que yo, muy orgulloso, llamaba 'caldo de pollo'. Una vez listo esperé que se enfriara un poquito.
No sabía dónde servirle, llevaba casi 7 años sin mascota y no estaba preparado para tener uno. Cogí un taper viejo que nadie usaba, pensé que no me ganaría problemas si le daba de comer ahí.
Cuando le entregué el plato servido al perro, éste se desesperó por comer y empezó a devorarlo con ímpetu e impaciencia. Me dio pena ver cómo comía tan deprisa, me puse a pensar cuántos días habrá estado deambulado por la calle sin haber comido. Mis ojos se humedecieron y me dio rabia imaginar a la persona que la había abandonado. Esa noche el perrito durmió en mi casa, pasó una noche tranquila y con la pancita llena y quizá más calientita de los que solía pasar en la calle.
Al día siguiente fui a la casa de mi abuelita, que por suerte vive a unas cuantas casas de la mía, y le dije que me había encontrado un perrito en la calle pero no podía quedármelo porque en mi casa no había suficiente espacio. Ella me miró en silencio con una sabiduría que sólo los viejitos tienen, quizá intuyendo que yo le iba a proponer algo, y efectivamente, no se equivocaba:
- ¿Abuelita, crees que el perrito se pueda quedar en tu casa?
- ¿Es macho o hembra? – me respondió con una pregunta
- Jajaja no sé – le mentí. Sí sabía el sexo de la perrita pero por alguna razón se lo oculté.
- Ah ya… tráela para verla pues...
- Ya abuelita, voy a traerla entonces.
Fui corriendo a mi casa para bajar al perrito (que en realidad era perrita). Yo presentía que mi abuelita se lo iba a quedar, además hace menos de dos meses ella había perdido a su perrito porque se murió de una enfermedad extraña, el pobre no podía hacer sus necesidades, así que poco a poco su estomago fue hinchándose y acumulando todas sus heces hasta que no hubo más remedió que llevarlo al veterinario a que le pongan una inyección para provocarle una muerte inmediata.
Cuando volví a la casa de mi abuelita con la perrita, ella supo domarla y pudo voltearla ´para ver su órgano sexual.
- ¡Mira, mira, es hembra¡ - grité como loco, findiéndo sorpresa.
- Sí… ahora veo porque estaba en la calle – me dijo mi abuelita muy calmada.
- ¿Por qué dices eso abuelita?
- Es que a las perritas siempre las botan a la calle, si no la matan de chiquitas, muchas están destinadas a vivir en la calle.
Me dio mucha penar oír esas palabras de mi abuelita. Luego que me dijo eso no volví a preguntarle si quería quedarse con la perrita porque seguramente no la quería por su sexualidad. Así que me llevé a la perrita a mi casa y convencí a mi papá para que se quedara. Mi papá felizmente aceptó.
Ahora vivimos todos felices. A veces la perrita viene a mi cuarto y se echa en mi cama y me roba caricias. Yo siempre sedo a su mirada inocente y siempre la lleno de cariño, como si fuera parte de mi familia. Muchas veces intento engreírla, y aunque ella no entienda lo que le digo, yo sé que ella sabe que la quiero mucho, que soporto sus ladridos de madrugada porque mi cariño es más fuerte que mis ganas de dormir, y , sobre todo, que me desvivo por verla feliz así como yo lo soy con ella. Ella es muy tierna, aunque también muy juguetona. Cuando llegó de estudiar ella me recibe muy enérgica y se lanza encima de mí y ladra eufórica, como disfrutando de que yo haya llegado y presumiendo, quizá, que ella es la perrita más querida del mundo.
Iba caminado por la calle cuando de pronto ella se me acercó, estaba asustada, tenía la mirada triste y el rostro asustado, como si llevase una pena enorme en el alma. Yo seguí caminado e ignoré su tristeza, me hice el indiferente y sólo atiné a mirarla de reojo. Luego apresuré el paso.
Ella me seguía detrás, suplicándome en silencio que la ayude, que me apiade de ella y que la lleve conmigo. Caminamos algunas cuadras así: yo apurado y ella intentando encontrar en mí un poquito de ayuda. En el camino intenté perderla pero me fue imposible, mis intentos por botarla y alejarla fueron vanos, ella estaba dispuesta a seguirme a pesar de mi rechazo. La insulté y le dije de forma cruel y con la mirada llena de odio: ¡shht, fuera!, ¡largo!, ¡Vete! Pero ella me seguía a pesar de mis insultos. No quería irse. Estaba dispuesta a no separarse de mí.
Cuando llegué a mi casa, me di cuenta que me había olvidado la llave. Tuve que tocar. Mi hermano salió por la ventana y me dijo que ya bajaba, que le esperase. Me sentí incómodo esperándolo porque ella se mantenía a unos metros de mí y seguía con la misma mirada sufrida.
- ¿Y ese perro? – me preguntó mi hermano.
- No sé, me ha seguido desde la farmacia, creo que la han abandonado – le expliqué.
- Pobrecita – dijo mi hermano conmovido.
- Le voy hacer pasar, quizá quiere algo de comer. Mañana ya la boto. – Le dije a mi hermano con cierta mezquindad. El perro pasó, era negra y hembra y estaba flaquita, tenía rasgos de labrador, aunque fácil pudo haber sido cruzada con alguna raza callejera o chusca.
Como ya era tarde y las tiendas estaban cerradas, no podía comprarle galletitas para perros, así que no tuve más remedio que buscar en el refrigerador algo que le pueda gustar. Saqué unos trozos de pollo y puse agua a hervir en una olla. Luego busqué papa y un poco de fideos. Lo mezclé todo en el agua hirviente y preparé una especie de caldo algo extraño. Una vez mezclado lo probé para sentir el sabor y sabía asqueroso, le eché un poquito de sazonador y sal para darle gustito a mi experimento gastronómico, que yo, muy orgulloso, llamaba 'caldo de pollo'. Una vez listo esperé que se enfriara un poquito.
No sabía dónde servirle, llevaba casi 7 años sin mascota y no estaba preparado para tener uno. Cogí un taper viejo que nadie usaba, pensé que no me ganaría problemas si le daba de comer ahí.
Cuando le entregué el plato servido al perro, éste se desesperó por comer y empezó a devorarlo con ímpetu e impaciencia. Me dio pena ver cómo comía tan deprisa, me puse a pensar cuántos días habrá estado deambulado por la calle sin haber comido. Mis ojos se humedecieron y me dio rabia imaginar a la persona que la había abandonado. Esa noche el perrito durmió en mi casa, pasó una noche tranquila y con la pancita llena y quizá más calientita de los que solía pasar en la calle.
Al día siguiente fui a la casa de mi abuelita, que por suerte vive a unas cuantas casas de la mía, y le dije que me había encontrado un perrito en la calle pero no podía quedármelo porque en mi casa no había suficiente espacio. Ella me miró en silencio con una sabiduría que sólo los viejitos tienen, quizá intuyendo que yo le iba a proponer algo, y efectivamente, no se equivocaba:
- ¿Abuelita, crees que el perrito se pueda quedar en tu casa?
- ¿Es macho o hembra? – me respondió con una pregunta
- Jajaja no sé – le mentí. Sí sabía el sexo de la perrita pero por alguna razón se lo oculté.
- Ah ya… tráela para verla pues...
- Ya abuelita, voy a traerla entonces.
Fui corriendo a mi casa para bajar al perrito (que en realidad era perrita). Yo presentía que mi abuelita se lo iba a quedar, además hace menos de dos meses ella había perdido a su perrito porque se murió de una enfermedad extraña, el pobre no podía hacer sus necesidades, así que poco a poco su estomago fue hinchándose y acumulando todas sus heces hasta que no hubo más remedió que llevarlo al veterinario a que le pongan una inyección para provocarle una muerte inmediata.
Cuando volví a la casa de mi abuelita con la perrita, ella supo domarla y pudo voltearla ´para ver su órgano sexual.
- ¡Mira, mira, es hembra¡ - grité como loco, findiéndo sorpresa.
- Sí… ahora veo porque estaba en la calle – me dijo mi abuelita muy calmada.
- ¿Por qué dices eso abuelita?
- Es que a las perritas siempre las botan a la calle, si no la matan de chiquitas, muchas están destinadas a vivir en la calle.
Me dio mucha penar oír esas palabras de mi abuelita. Luego que me dijo eso no volví a preguntarle si quería quedarse con la perrita porque seguramente no la quería por su sexualidad. Así que me llevé a la perrita a mi casa y convencí a mi papá para que se quedara. Mi papá felizmente aceptó.
Ahora vivimos todos felices. A veces la perrita viene a mi cuarto y se echa en mi cama y me roba caricias. Yo siempre sedo a su mirada inocente y siempre la lleno de cariño, como si fuera parte de mi familia. Muchas veces intento engreírla, y aunque ella no entienda lo que le digo, yo sé que ella sabe que la quiero mucho, que soporto sus ladridos de madrugada porque mi cariño es más fuerte que mis ganas de dormir, y , sobre todo, que me desvivo por verla feliz así como yo lo soy con ella. Ella es muy tierna, aunque también muy juguetona. Cuando llegó de estudiar ella me recibe muy enérgica y se lanza encima de mí y ladra eufórica, como disfrutando de que yo haya llegado y presumiendo, quizá, que ella es la perrita más querida del mundo.
martes, 2 de noviembre de 2010
Se me dobló hacia la izquierda
Era sábado por la noche y había quedado con mis amigos en ir a una quinceañera. Aquel día nos vestimos con saco y corbata. Cuando llegamos a la fiesta a uno de mis amigos se le ocurrió ir a una discoteca porque el ambiente estaba muy aburrido.
A mí sinceramente me disgustó la idea porque detesto las discotecas y porque las veces que salía con ellos siempre la pasamos tomando y cantando como locos. Por desgracia ese día me convencieron y tuve que aceptar resignado y con cierto desgano.
En la discoteca me sentí ajeno, como desubicado, con ganas de estar en mi casa durmiendo o jugando en mi computadora.
Cuando fuimos a la barra por unos tragos, vimos un par de chicas riquísimas. Mis amigos me codearon y me dijeron: !Naranjo, miiiira! Trae a esas chicas para empatarnos (mi pseudónimo era Naranjo, yo solía ser la carnada y siempre tenía que ir por las chicas a hacerles el habla y luego llevarlas con ellos para estar todos en grupo).
Cuando me acerqué a las chicas, ellas se mostraron sonrientes, como aduladas de que yo me haya acercado a conversarles. Creo que les caí bien. Al rato me acompañaron donde mis amigos, quienes me veían haciendo el ridículo.
Las chicas nos preguntaron por qué estábamos con saco y corbata en una disco, nosotros les explicamos que no teníamos en mente ir a ese lugar, sino que inicialmente habíamos ido a una quinceañera pero como estábamos aburridos allá tuvimos que tomar la decisión de irnos y, pues, terminamos en una fiesta de verdad.
Mientras tomábamos cerveza y las chicas bailaban con mis amigos, una tipa se me acercó muy discretamente y me dijo: Hola, amiguito. Oye una consultita. Yo voltee a mirarla y con el tono de voz un poco alto debido a la fuerte música que sonaba, le dije: ¿si? dime. Ella señaló a un grupo de chicas y dijo: ¿ves a mis amigas de allá? Te quieren conocer, ¿podemos ir para presentártelas? – Claro, le respondí entusiasmado. Mis amigos empezaron joderme y a vociferar con cierto aire burlón: ¡wuuuuh... bien, naranjo! .
La tipa me condujo hacia donde estaban sus amigas y me las presentó. Eran 4 tipas. Ninguna me llamaba la atención, eran todas muy limitadas de belleza. Yo fingí amabilidad y puse cara de niño educado. Ellas secreteaban entre sí y reían tímidamente mientras me miraban, como susurrándose un chisme. Yo me sentía incómodo y sabía que hablaban de mí, y, probablemente, de lo guapo que me veía con saco y corbata.
En un acto de cobardía, intenté huir de esas tipas carroñeras, pero ellas, mujeres, siempre listas, se dieron cuenta de que yo pretendía escapar de sus garras y me comprometieron a bailar, yo me opuse pero ellas insistieron. Al final tuve que aceptar porque intuí que si las rechazaba, ellas, en un acto de venganza, me calatearían y me violarían con descaro en ese lugar. Para no pasar tal ridiculez, acepté bailar. La chica que se ofreció a bailar conmigo, era probablemente la más interesada en mí, pues me sonreía exageradamente y me miraba como diciendo: ¡ahora no te me escapas, papito! en su gesto se veía unas ganas incontrolables por sentirme cerca suyo, como si yo fuese un rico postre que está a punto de ser devorado.
La música que bailamos fue una salsa, un género que me gusta pero que, sin embargo, no sé bailarlo bien (en realidad no sé bailar nada). La chica me cogía la mano con delicadeza y yo poco a poco entraba en confianza y perdía el miedo. Mis amigos observaban todo desde lejos y yo veía cómo se burlaban de mí y de mi baile torpe y vergonzoso.
El baile duró demasiado, se hizo eterno. La chica se me acercaba excesivamente y me hacía sentir sus senos redonditos que estaban amoldados a su sostén blanco que yo podía ver con cierto descaro. Aquellas tetas era como dos esferas suaves que se hundían como esponja cuando tocaban mi cuerpo. Me gustaba sentir su pecho y ella lo sabía, por eso se entregaba de manera absoluta.
Cuando terminó la canción, ella quiso que sigamos bailando, pero el género ahora era otro, era reggaetón; a mí me daba pavor y mucha vergüenza bailarlo, pero ella me dijo que sigamos, que no sea malito, que era la última y luego descansábamos.
Yo no le respondí pero como seguí en la pista de baile, ella lo interpretó como una aceptación silenciosa, así que empezó a moverse con suavidad, de manera muy erótica. Yo me reía y, para malograrle el baile, empecé a moverme con cierta apatía, muy desganado. Ella se volteó con sensualidad y presionó su trasero con mi pajarito y empezó a agitarse con sutileza. Al principio me fue incómodo, pero luego me sofoqué y me calenté y pensé: si así se mueve cuando baila, cómo será cuando haga el amor.
Riéndome le seguí el jueguito y empecé a moverme a su ritmo. Era como tener sexo en público y con ropa. El baile era demasiado atrevido. Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de acercamiento; apenas tenía dieciséis años y ya sentía el cuerpo de una mujer moverse delante de mí.
Cada vez que ella aceleraba su ritmo, yo me agitaba, me sacudía con ímpetu para no defraudar a la chica. De pronto ocurrió algo inesperado, quizá fue por la vibración de nuestros cuerpos o por la excitación que la chica provocó en mí o por la forma deliciosa como se movía: mi muchachito se me paró, se puso tieso. La chica se dio cuenta y empezó a friccionar más su cuerpo con el mío, su falda era demasiado delgada y quizá eso le excitaba, pues sentía mi pene erecto agitándose detrás suyo.
Sus movimientos frenéticos generaron un incidente, y es que mi vultito de la entrepierna se inclinó hacia un lado, se dobló con severidad hacia la izquierda. Fue un poco tediosa esa desviación porque el pellejito que cubre la cabecita de mi pene se abrió y empezó a provocarme un ardor terrible. Inmediatamente perdí la erección y mi órgano sexual perdió rigidez y se ocultó como una oruguita tímida.
La canción por suerte terminó y la chica me dijo: ¡qué rico bailas! Yo me sentí halagado y un poco accidentado por el ardor en la entrepierna. Ella me llevó de la mano donde su grupito de amigas y yo le dije que iría al baño. Ella y sus amigas soltaron una risotada, pensado seguramente que yo iría al baño para masturbarme por la excitación del baile, pero en realidad era para acomodarme mi pipilin que se me había accidentado en aquel baile ardiente a la que la chica me había sometido.
Después de ir al baño volví donde mis amigos, ellos se rieron por mi hazaña y se burlaron de mis pasos torpes e incoherentes y de mi meneo estrepitoso en la pista de baile. Me sentí un tonto de lo peor. Así que les dije a mis amigos que iría a comprar más cigarros, pero nunca más volví. Me fui a mi casa solo y muy avergonzado y triste porque estaba convencido de que era un completo imbécil.
A mí sinceramente me disgustó la idea porque detesto las discotecas y porque las veces que salía con ellos siempre la pasamos tomando y cantando como locos. Por desgracia ese día me convencieron y tuve que aceptar resignado y con cierto desgano.
En la discoteca me sentí ajeno, como desubicado, con ganas de estar en mi casa durmiendo o jugando en mi computadora.
Cuando fuimos a la barra por unos tragos, vimos un par de chicas riquísimas. Mis amigos me codearon y me dijeron: !Naranjo, miiiira! Trae a esas chicas para empatarnos (mi pseudónimo era Naranjo, yo solía ser la carnada y siempre tenía que ir por las chicas a hacerles el habla y luego llevarlas con ellos para estar todos en grupo).
Cuando me acerqué a las chicas, ellas se mostraron sonrientes, como aduladas de que yo me haya acercado a conversarles. Creo que les caí bien. Al rato me acompañaron donde mis amigos, quienes me veían haciendo el ridículo.
Las chicas nos preguntaron por qué estábamos con saco y corbata en una disco, nosotros les explicamos que no teníamos en mente ir a ese lugar, sino que inicialmente habíamos ido a una quinceañera pero como estábamos aburridos allá tuvimos que tomar la decisión de irnos y, pues, terminamos en una fiesta de verdad.
Mientras tomábamos cerveza y las chicas bailaban con mis amigos, una tipa se me acercó muy discretamente y me dijo: Hola, amiguito. Oye una consultita. Yo voltee a mirarla y con el tono de voz un poco alto debido a la fuerte música que sonaba, le dije: ¿si? dime. Ella señaló a un grupo de chicas y dijo: ¿ves a mis amigas de allá? Te quieren conocer, ¿podemos ir para presentártelas? – Claro, le respondí entusiasmado. Mis amigos empezaron joderme y a vociferar con cierto aire burlón: ¡wuuuuh... bien, naranjo! .
La tipa me condujo hacia donde estaban sus amigas y me las presentó. Eran 4 tipas. Ninguna me llamaba la atención, eran todas muy limitadas de belleza. Yo fingí amabilidad y puse cara de niño educado. Ellas secreteaban entre sí y reían tímidamente mientras me miraban, como susurrándose un chisme. Yo me sentía incómodo y sabía que hablaban de mí, y, probablemente, de lo guapo que me veía con saco y corbata.
En un acto de cobardía, intenté huir de esas tipas carroñeras, pero ellas, mujeres, siempre listas, se dieron cuenta de que yo pretendía escapar de sus garras y me comprometieron a bailar, yo me opuse pero ellas insistieron. Al final tuve que aceptar porque intuí que si las rechazaba, ellas, en un acto de venganza, me calatearían y me violarían con descaro en ese lugar. Para no pasar tal ridiculez, acepté bailar. La chica que se ofreció a bailar conmigo, era probablemente la más interesada en mí, pues me sonreía exageradamente y me miraba como diciendo: ¡ahora no te me escapas, papito! en su gesto se veía unas ganas incontrolables por sentirme cerca suyo, como si yo fuese un rico postre que está a punto de ser devorado.
La música que bailamos fue una salsa, un género que me gusta pero que, sin embargo, no sé bailarlo bien (en realidad no sé bailar nada). La chica me cogía la mano con delicadeza y yo poco a poco entraba en confianza y perdía el miedo. Mis amigos observaban todo desde lejos y yo veía cómo se burlaban de mí y de mi baile torpe y vergonzoso.
El baile duró demasiado, se hizo eterno. La chica se me acercaba excesivamente y me hacía sentir sus senos redonditos que estaban amoldados a su sostén blanco que yo podía ver con cierto descaro. Aquellas tetas era como dos esferas suaves que se hundían como esponja cuando tocaban mi cuerpo. Me gustaba sentir su pecho y ella lo sabía, por eso se entregaba de manera absoluta.
Cuando terminó la canción, ella quiso que sigamos bailando, pero el género ahora era otro, era reggaetón; a mí me daba pavor y mucha vergüenza bailarlo, pero ella me dijo que sigamos, que no sea malito, que era la última y luego descansábamos.
Yo no le respondí pero como seguí en la pista de baile, ella lo interpretó como una aceptación silenciosa, así que empezó a moverse con suavidad, de manera muy erótica. Yo me reía y, para malograrle el baile, empecé a moverme con cierta apatía, muy desganado. Ella se volteó con sensualidad y presionó su trasero con mi pajarito y empezó a agitarse con sutileza. Al principio me fue incómodo, pero luego me sofoqué y me calenté y pensé: si así se mueve cuando baila, cómo será cuando haga el amor.
Riéndome le seguí el jueguito y empecé a moverme a su ritmo. Era como tener sexo en público y con ropa. El baile era demasiado atrevido. Yo no estaba acostumbrado a ese tipo de acercamiento; apenas tenía dieciséis años y ya sentía el cuerpo de una mujer moverse delante de mí.
Cada vez que ella aceleraba su ritmo, yo me agitaba, me sacudía con ímpetu para no defraudar a la chica. De pronto ocurrió algo inesperado, quizá fue por la vibración de nuestros cuerpos o por la excitación que la chica provocó en mí o por la forma deliciosa como se movía: mi muchachito se me paró, se puso tieso. La chica se dio cuenta y empezó a friccionar más su cuerpo con el mío, su falda era demasiado delgada y quizá eso le excitaba, pues sentía mi pene erecto agitándose detrás suyo.
Sus movimientos frenéticos generaron un incidente, y es que mi vultito de la entrepierna se inclinó hacia un lado, se dobló con severidad hacia la izquierda. Fue un poco tediosa esa desviación porque el pellejito que cubre la cabecita de mi pene se abrió y empezó a provocarme un ardor terrible. Inmediatamente perdí la erección y mi órgano sexual perdió rigidez y se ocultó como una oruguita tímida.
La canción por suerte terminó y la chica me dijo: ¡qué rico bailas! Yo me sentí halagado y un poco accidentado por el ardor en la entrepierna. Ella me llevó de la mano donde su grupito de amigas y yo le dije que iría al baño. Ella y sus amigas soltaron una risotada, pensado seguramente que yo iría al baño para masturbarme por la excitación del baile, pero en realidad era para acomodarme mi pipilin que se me había accidentado en aquel baile ardiente a la que la chica me había sometido.
Después de ir al baño volví donde mis amigos, ellos se rieron por mi hazaña y se burlaron de mis pasos torpes e incoherentes y de mi meneo estrepitoso en la pista de baile. Me sentí un tonto de lo peor. Así que les dije a mis amigos que iría a comprar más cigarros, pero nunca más volví. Me fui a mi casa solo y muy avergonzado y triste porque estaba convencido de que era un completo imbécil.
martes, 26 de octubre de 2010
La sonrisa del perdedor
Es domingo. He tenido una semana pésima. No me ha ido bien en nada. Espero que pronto todo cambie. Ya no quiero seguir con esta mala racha, me es insoportable. Me he cuestionado demasiado en asuntos a los que debería darle poca importancia, pero así soy yo, que le voy hacer, siempre me cuestiono de forma severa y suelo culparme de mis errores, pero ya no más, esto tiene que cambiar de una vez por todas.
Caprichos involuntarios me consumen siempre y aunque sé que soy débil ante ellos, siempre me aferro y me rindo tontamente como un niñito terco que no tiene más opción que terminar derrotando y culpándose de sus fracasos. Patrañas. No se qué carajo me pasa.
Mi único refugio son estas líneas que parecen condenarme a una derrota constante, donde intento desahogar toda mi tristeza interna sin tener buenos resultados. Dicen que los ojos son la ventana del alma, por lo tanto, si esto es verdad, tendría que decir que mi alma es demasiada indefensa y deprimente, y esto se ve reflejado en la mirada triste y resignada que poseo.
No crean que intento hacer un escrito triste, es simplemente que no tengo nada más que escribir sino tan solo palabras sombrías que emergen naturalmente desde lo más profundo de mi corazón. Ahora me lamento por hacer sufrir a las personas que me muestran cariño. Suelo comportarme como un personaje desinteresado y egoísta que sólo piensa en su bienestar y fundamenta motivos ridículos para excusarse de los problemas que genera. Soy tan mezquino. Los pocos amigos que tengo se están alejando por mi conducta irreverente y huraña.
Suelo desear lo mejor a las personas, les deseo suerte y mucha felicidad, pero cuando consiguen ser más felices sin mí, me siento traicionado y humillado por no ser yo el causante de esa felicidad. He perdido muchas personas cercanas a mí que me querían incondicionalmente (o quizá todavía me quieren pero silencio). Es triste ver como los demás tejen sus caminos e intentan mejorar su vida mientras yo me rehúso a cambiar la mía y me justifico diciendo que soy feliz con lo que hago, cuando en el fondo sé que estoy mintiendo y sólo digo tal disparate para que los demás no sientan pena por mí, pero las personas se dan cuenta de lo infeliz que soy y sospechan que sufro demasiado conviviendo en mi monótona vida.
Leer y escribir me encanta, pero sé que ahora ese encanto no me hace feliz, He perdido el deseo de aventurarme a la vida. Me encarcelo voluntariamente cada fin de semana en mis cosas, y vivo ensimismando en ideas que no tienen lógica ni fundamentos validos. Soy un maldito mentiroso que calla resignado y se inclina ante la soledad. Quisiera pronto despojarme de todo el sentimiento que ahora me atormenta, pero siento que sería como arrancarme la piel y caminar desnudo por estas calles frías, exponiéndome al cruel destino inminente que vislumbro desde mi pronto presente.
Siempre la gente me ve como el chico buenito incapaz de realizar alguna cosa malintencionada, incapaz de cometer algún acto vil o alguna travesura malvada, pero lo que muchos ignoran es que detrás del rostro de muchachito educado y buenito que pueden apreciar en mí, se oculta un tipo desolado que mira un futuro incierto, con incertidumbre y mucho miedo, pues detrás de mi rostro indefenso existe una alma vacía que poco a poco pierde interés por seguir adelante luchando por sus sueños.
Últimamente he pensado que no tengo talento, que me limito a escribir textos intentando huir de mi realidad, pues sólo en mis relatos puedo pintar un mundo interesante, cosa que en la realidad me es tan ajeno e indiferente. En mis escritos puedo amar con el alma y puedo ser feliz con alguna palabra bonita o alguna frase divertida o algún deseo tentador. Mentira. Detrás de ese escritor, existe un narrador insatisfecho con sus historias y miente para provocar interés en sus lectores, lectores escasos que depositan su confianza en breves historias de amor que el escritor suele amoldar con sus recursos literarios que cada vez se desvanecen y pierden lucidez.
Cuando por las noches me echo en mi cama y apago la luz y establezco absoluta oscuridad en mi cuarto, me envuelvo en recuerdos que quisiera volver a vivir, como por ejemplo: me encantaría volver a vivir aquella historia de amor que viví en la secundaria, aquel amor que fue prohibido y que, sin embargo, tuvo el coraje de amarse a pesar de las circunstancias, aquel romance de infinita felicidad donde los amantes demostraban todo su amor en un segundo, por eso huían hacia los salones más alejados como dos personitas traviesas para que los auxiliares no vean aquella muestra de amor simplificado en un beso. O por ejemplo, me encantaría volver a tener la oportunidad de aprovechar mi tiempo en escribir historias fascinantes en vez de haberlo desaprovechado en vicios tontos. Me gustaría volver a tener a mi mamá cerca y decirle que es la mejor mamá del mundo y que la quiero con el alma entera y decirle que nunca se vaya de mi lado porque desde que se fue no tengo una cómplice como ella ni una confidente que escuche mis problemas. Extraño sus caricias nocturnas y los momentos cuando ella me llamaba y yo iba a su cuarto encantadísimo de la vida y le comentaba con timidez mis secretos de amor, ella acariciaba mi cabello mientras yo me perdía en su perfume exquisito y oía sus maravillosos consejos pensando en lo afortunado que era mi papá por tener a una mujer tan encantadora como mi mami.
Los tiempos ahora son otros y debo solventar mi presente y darle lucha a los cuestionamientos que me inundan la cabeza y debo hacer prevalecer mis ideales y ser perseverante en la batalla por ser escritor y debo dejarme envolver en mis sueños como antes lo hacia, cuando tenía una motivación enérgica llena de esperanzas y confianza hacia mí mismo. Aunque los tiempos cambien y ahora ya nada sea como antes, aún conservo talentos que no exploto y debo sacar a flote si quiero ser el personaje que tanto soñé de niño.
Caprichos involuntarios me consumen siempre y aunque sé que soy débil ante ellos, siempre me aferro y me rindo tontamente como un niñito terco que no tiene más opción que terminar derrotando y culpándose de sus fracasos. Patrañas. No se qué carajo me pasa.
Mi único refugio son estas líneas que parecen condenarme a una derrota constante, donde intento desahogar toda mi tristeza interna sin tener buenos resultados. Dicen que los ojos son la ventana del alma, por lo tanto, si esto es verdad, tendría que decir que mi alma es demasiada indefensa y deprimente, y esto se ve reflejado en la mirada triste y resignada que poseo.
No crean que intento hacer un escrito triste, es simplemente que no tengo nada más que escribir sino tan solo palabras sombrías que emergen naturalmente desde lo más profundo de mi corazón. Ahora me lamento por hacer sufrir a las personas que me muestran cariño. Suelo comportarme como un personaje desinteresado y egoísta que sólo piensa en su bienestar y fundamenta motivos ridículos para excusarse de los problemas que genera. Soy tan mezquino. Los pocos amigos que tengo se están alejando por mi conducta irreverente y huraña.
Suelo desear lo mejor a las personas, les deseo suerte y mucha felicidad, pero cuando consiguen ser más felices sin mí, me siento traicionado y humillado por no ser yo el causante de esa felicidad. He perdido muchas personas cercanas a mí que me querían incondicionalmente (o quizá todavía me quieren pero silencio). Es triste ver como los demás tejen sus caminos e intentan mejorar su vida mientras yo me rehúso a cambiar la mía y me justifico diciendo que soy feliz con lo que hago, cuando en el fondo sé que estoy mintiendo y sólo digo tal disparate para que los demás no sientan pena por mí, pero las personas se dan cuenta de lo infeliz que soy y sospechan que sufro demasiado conviviendo en mi monótona vida.
Leer y escribir me encanta, pero sé que ahora ese encanto no me hace feliz, He perdido el deseo de aventurarme a la vida. Me encarcelo voluntariamente cada fin de semana en mis cosas, y vivo ensimismando en ideas que no tienen lógica ni fundamentos validos. Soy un maldito mentiroso que calla resignado y se inclina ante la soledad. Quisiera pronto despojarme de todo el sentimiento que ahora me atormenta, pero siento que sería como arrancarme la piel y caminar desnudo por estas calles frías, exponiéndome al cruel destino inminente que vislumbro desde mi pronto presente.
Siempre la gente me ve como el chico buenito incapaz de realizar alguna cosa malintencionada, incapaz de cometer algún acto vil o alguna travesura malvada, pero lo que muchos ignoran es que detrás del rostro de muchachito educado y buenito que pueden apreciar en mí, se oculta un tipo desolado que mira un futuro incierto, con incertidumbre y mucho miedo, pues detrás de mi rostro indefenso existe una alma vacía que poco a poco pierde interés por seguir adelante luchando por sus sueños.
Últimamente he pensado que no tengo talento, que me limito a escribir textos intentando huir de mi realidad, pues sólo en mis relatos puedo pintar un mundo interesante, cosa que en la realidad me es tan ajeno e indiferente. En mis escritos puedo amar con el alma y puedo ser feliz con alguna palabra bonita o alguna frase divertida o algún deseo tentador. Mentira. Detrás de ese escritor, existe un narrador insatisfecho con sus historias y miente para provocar interés en sus lectores, lectores escasos que depositan su confianza en breves historias de amor que el escritor suele amoldar con sus recursos literarios que cada vez se desvanecen y pierden lucidez.
Cuando por las noches me echo en mi cama y apago la luz y establezco absoluta oscuridad en mi cuarto, me envuelvo en recuerdos que quisiera volver a vivir, como por ejemplo: me encantaría volver a vivir aquella historia de amor que viví en la secundaria, aquel amor que fue prohibido y que, sin embargo, tuvo el coraje de amarse a pesar de las circunstancias, aquel romance de infinita felicidad donde los amantes demostraban todo su amor en un segundo, por eso huían hacia los salones más alejados como dos personitas traviesas para que los auxiliares no vean aquella muestra de amor simplificado en un beso. O por ejemplo, me encantaría volver a tener la oportunidad de aprovechar mi tiempo en escribir historias fascinantes en vez de haberlo desaprovechado en vicios tontos. Me gustaría volver a tener a mi mamá cerca y decirle que es la mejor mamá del mundo y que la quiero con el alma entera y decirle que nunca se vaya de mi lado porque desde que se fue no tengo una cómplice como ella ni una confidente que escuche mis problemas. Extraño sus caricias nocturnas y los momentos cuando ella me llamaba y yo iba a su cuarto encantadísimo de la vida y le comentaba con timidez mis secretos de amor, ella acariciaba mi cabello mientras yo me perdía en su perfume exquisito y oía sus maravillosos consejos pensando en lo afortunado que era mi papá por tener a una mujer tan encantadora como mi mami.
Los tiempos ahora son otros y debo solventar mi presente y darle lucha a los cuestionamientos que me inundan la cabeza y debo hacer prevalecer mis ideales y ser perseverante en la batalla por ser escritor y debo dejarme envolver en mis sueños como antes lo hacia, cuando tenía una motivación enérgica llena de esperanzas y confianza hacia mí mismo. Aunque los tiempos cambien y ahora ya nada sea como antes, aún conservo talentos que no exploto y debo sacar a flote si quiero ser el personaje que tanto soñé de niño.
viernes, 22 de octubre de 2010
Poema XIII
El futuro me parece tan incierto como el desarrollo de este poema.
No tengo ideas, sueños, mucho menos interés por seguir de pie.
Siento frío y me siento austero.
Siento que soy un ermitaño de suprema incapacidad.
Deambulo sin rumbo y me pierdo en el sabor de mis pensamientos que yacen ya sin sabor.
Es de noche, y el día fue tan fugaz como el suspiro de los enamorados, como el mío antes de perder el amor imperdible que albergo en mi corazón.
¿Soñar? Me es tan ajeno a veces.
He dejado de soñar.
Si pudiera siquiera saber lo que me espera, estoy seguro que detendría mi andar, pero el tiempo pasa y me es improbable detenerlo.
A veces solo huyo, y huyo en los escritos que afiebrado intento crear sin tener un fin exacto.
Si mi futuro dependiera de mi intuición entonces escribía sin cesar, pero como de sueños no se vive, solo me limito a vivir esta vida ya sin vida.
Aliviaría mi sedienta ambición si pudiera tener una motivación, motivación que surge y se adhiere a una crónica evaluada como decepcionante ante la intriga del lector que no se atreve a leer mis líneas y que, sin embargo, me critica.
Mezquindad y abulia empozados en mi alma es el refugio donde decaigo en días como hoy, donde el silencio se hace eterno y la soledad una constante intolerable.
Baldíos de placer es lo que me obsequia el cuerpo de una dama de comportamiento anómalo que infringe seducción con sus deseos pecaminosos. Menudo ofrecimiento la suya y obstinada aceptación la mía.
Con los días, sabré si mi prematura exigencia literaria tendrá frutos, y si ha de ser una respuesta inesperada, solo será la repercusión de lo evidente.
No tengo ideas, sueños, mucho menos interés por seguir de pie.
Siento frío y me siento austero.
Siento que soy un ermitaño de suprema incapacidad.
Deambulo sin rumbo y me pierdo en el sabor de mis pensamientos que yacen ya sin sabor.
Es de noche, y el día fue tan fugaz como el suspiro de los enamorados, como el mío antes de perder el amor imperdible que albergo en mi corazón.
¿Soñar? Me es tan ajeno a veces.
He dejado de soñar.
Si pudiera siquiera saber lo que me espera, estoy seguro que detendría mi andar, pero el tiempo pasa y me es improbable detenerlo.
A veces solo huyo, y huyo en los escritos que afiebrado intento crear sin tener un fin exacto.
Si mi futuro dependiera de mi intuición entonces escribía sin cesar, pero como de sueños no se vive, solo me limito a vivir esta vida ya sin vida.
Aliviaría mi sedienta ambición si pudiera tener una motivación, motivación que surge y se adhiere a una crónica evaluada como decepcionante ante la intriga del lector que no se atreve a leer mis líneas y que, sin embargo, me critica.
Mezquindad y abulia empozados en mi alma es el refugio donde decaigo en días como hoy, donde el silencio se hace eterno y la soledad una constante intolerable.
Baldíos de placer es lo que me obsequia el cuerpo de una dama de comportamiento anómalo que infringe seducción con sus deseos pecaminosos. Menudo ofrecimiento la suya y obstinada aceptación la mía.
Con los días, sabré si mi prematura exigencia literaria tendrá frutos, y si ha de ser una respuesta inesperada, solo será la repercusión de lo evidente.
viernes, 15 de octubre de 2010
Para la monga más dulce del mundo
Esta es una post muy especial, va dedicado a una persona encantadora que supo soportarme un tiempo breve que pareció una eternidad. Sí, una eternidad llena de momentos inolvidables que quizá, algún día, pueda contar con detalles específicos.
Llevo un par de días sin ella, y siento que todo anda mal entre nosotros. Ella se comporta de forma indiferente e intenta manifestarme su rencor y desprecio aunque no lo logre, pues yo sé que ella no me desprecia ni me odia, al menos no del todo. Ante sus ojos soy un oportunista que desaprovechó la oportunidad de ser feliz, y tiene razón, perdí mucho al alejarme de ella, pero mi decisión fue tomada por motivos que ahora explicaré.
Rozalyn, su nombre ha alborotado mi mente estos últimos meses. Ha llenado de ternura mi vida. Supo comprender mi conducta inconsistente y me apoyó en lo que pudo, aunque para ella yo sea un canalla que le paga con traición. Ella era mi chica, mi enamorada, la mujer que a base de cariño me supo conquistar. La última vez que nos vimos, tomé una decisión muy apresurada y me atreví a confesarle mis sentimientos. Le dije que no me sentía enamorado, que he intentado enamorarme pero no he podido, le expliqué que yo no mando en el corazón, que si fuese así me hubiese encantado enamorarme de ella. Pero ella no me entendió, echó a llorar y me miraba con tristeza, con los ojos humedecidos de llanto como reclamándome por el amor que me brindó.
- ¿Estás enamorada de mí? – Le pregunté con frialdad.
- Un poco – me respondió, muy tímida, como sospechando una mala noticia.
- No te quiero mentir, es mejor decirte esto de una vez antes que siga pasando más tiempo - dramaticé
- Qué cosa mongo, dime
- Es que siento que no estoy enamorado. Sí te quiero, te quiero muchísimo, pero no me siento enamorado. No creo ser capaz de quererte como tú esperas que lo haga. No puedo – dije con voz suave, como disculpándome – He intentado enamorarme de ti, pero he fracasado, y es mejor que sepas esto de una vez porque no quiero ser un cobarde mentiroso. No es justo que tú me quieras como lo haces mientras yo juego al confundido.
Ella me miraba en silencio, escuchando mis palabras que eran como puñaladas que desgarraban su alma. Yo me sentía una persona descorazonada, muy estúpido, muy incapaz e inútil por hacer sentir mal a la chica que me abrió el corazón para llenarme de cariño. El silencio dividía nuestros mundos y yo observaba desde lejos cómo su mundo se desplomaba. Intenté consolarla y abrazarla pero ella no me lo permitía, me rechazaba una y mil veces, era yo un traidor que la había defraudado. El ambiente se tornaba insoportable, hostil. Yo me permití algunas ironías para aliviar su tristeza.
- No llores, si quieres méteme un lapo para que te desquites, pero no llores, no me gusta verte así. – Le dije, cariñoso.
Ella permanecía callada, como ausente. Luego añadí.
- Oye, abotónate un poquito tu blusa, se te ve las tetas.
Ella sonrió ligeramente, como orgullosa de que le vean sus senos. Yo no sabía qué hacer, quería abrazarla y decirle que me perdone, que no era mi intención lastimarla, pero el daño ya estaba hecho y no podía dar marcha atrás, no podía decirle: oye, por si acaso lo que te dije fue de broma, si estoy enamorado de ti. No podía jugar en ese momento de seriedad, tampoco podía comportarme como un niñito inmaduro que miente por lástima. Era mejor decirle la verdad aunque le duela, no podía callar algo tan importante, ella no se lo merecía, por eso lo hice, porque ella es tan importante para mí que no le puedo ocultar nada, ni mis sentimientos. Ella me abrió el corazón y me hizo vivir momentos de amor, de ternura, de pasión, de locura, y en honor a esos momentos, debía ser sincero. Parte del amor es alejarse de la persona a quien quieres por su felicidad, es algo que ella no entiende. Ella podrá ser más feliz sin mí, estoy seguro. Yo quisiera hacerla inmensamente feliz, lo intenté, pero no pude, por eso me alejo, para dejarle el camino libre y dejar de ser una carga para su corazón.
Antes de despedirnos, me acerqué para abrazarla y sentirla cerca, sentir su fragancia de mujer y conservarla en mis mejores recuerdos, pero ella no me lo permitió, me empujó bruscamente y yo me puse triste. No entendía por qué actuaba de esa forma tan cruel, quizá yo merecía lo peor del mundo, pero no su desprecio, solo quería hacerle entender que pese a no estar enamorado de ella sí la quiero, y la quiero demasiado, pero ella no lo entendía, me veía como un enemigo que intenta hacerle daño, y no era así, yo la quiero de verdad. Que lastima que hayamos terminado mal. Yo nunca quise que me odie, no quise su desprecio, solo la quise a ella y quería hacerla feliz, no pude y me arrepiento, me arrepiento del tiempo que le quité y del final que le regalé. Lo siento, lo siento de verdad Rozalyn Medina, lo siento por quererte como te quiero y por alejarme de ti. Discúlpame, y espero que algún día me puedas comprender.
Llevo un par de días sin ella, y siento que todo anda mal entre nosotros. Ella se comporta de forma indiferente e intenta manifestarme su rencor y desprecio aunque no lo logre, pues yo sé que ella no me desprecia ni me odia, al menos no del todo. Ante sus ojos soy un oportunista que desaprovechó la oportunidad de ser feliz, y tiene razón, perdí mucho al alejarme de ella, pero mi decisión fue tomada por motivos que ahora explicaré.
Rozalyn, su nombre ha alborotado mi mente estos últimos meses. Ha llenado de ternura mi vida. Supo comprender mi conducta inconsistente y me apoyó en lo que pudo, aunque para ella yo sea un canalla que le paga con traición. Ella era mi chica, mi enamorada, la mujer que a base de cariño me supo conquistar. La última vez que nos vimos, tomé una decisión muy apresurada y me atreví a confesarle mis sentimientos. Le dije que no me sentía enamorado, que he intentado enamorarme pero no he podido, le expliqué que yo no mando en el corazón, que si fuese así me hubiese encantado enamorarme de ella. Pero ella no me entendió, echó a llorar y me miraba con tristeza, con los ojos humedecidos de llanto como reclamándome por el amor que me brindó.
- ¿Estás enamorada de mí? – Le pregunté con frialdad.
- Un poco – me respondió, muy tímida, como sospechando una mala noticia.
- No te quiero mentir, es mejor decirte esto de una vez antes que siga pasando más tiempo - dramaticé
- Qué cosa mongo, dime
- Es que siento que no estoy enamorado. Sí te quiero, te quiero muchísimo, pero no me siento enamorado. No creo ser capaz de quererte como tú esperas que lo haga. No puedo – dije con voz suave, como disculpándome – He intentado enamorarme de ti, pero he fracasado, y es mejor que sepas esto de una vez porque no quiero ser un cobarde mentiroso. No es justo que tú me quieras como lo haces mientras yo juego al confundido.
Ella me miraba en silencio, escuchando mis palabras que eran como puñaladas que desgarraban su alma. Yo me sentía una persona descorazonada, muy estúpido, muy incapaz e inútil por hacer sentir mal a la chica que me abrió el corazón para llenarme de cariño. El silencio dividía nuestros mundos y yo observaba desde lejos cómo su mundo se desplomaba. Intenté consolarla y abrazarla pero ella no me lo permitía, me rechazaba una y mil veces, era yo un traidor que la había defraudado. El ambiente se tornaba insoportable, hostil. Yo me permití algunas ironías para aliviar su tristeza.
- No llores, si quieres méteme un lapo para que te desquites, pero no llores, no me gusta verte así. – Le dije, cariñoso.
Ella permanecía callada, como ausente. Luego añadí.
- Oye, abotónate un poquito tu blusa, se te ve las tetas.
Ella sonrió ligeramente, como orgullosa de que le vean sus senos. Yo no sabía qué hacer, quería abrazarla y decirle que me perdone, que no era mi intención lastimarla, pero el daño ya estaba hecho y no podía dar marcha atrás, no podía decirle: oye, por si acaso lo que te dije fue de broma, si estoy enamorado de ti. No podía jugar en ese momento de seriedad, tampoco podía comportarme como un niñito inmaduro que miente por lástima. Era mejor decirle la verdad aunque le duela, no podía callar algo tan importante, ella no se lo merecía, por eso lo hice, porque ella es tan importante para mí que no le puedo ocultar nada, ni mis sentimientos. Ella me abrió el corazón y me hizo vivir momentos de amor, de ternura, de pasión, de locura, y en honor a esos momentos, debía ser sincero. Parte del amor es alejarse de la persona a quien quieres por su felicidad, es algo que ella no entiende. Ella podrá ser más feliz sin mí, estoy seguro. Yo quisiera hacerla inmensamente feliz, lo intenté, pero no pude, por eso me alejo, para dejarle el camino libre y dejar de ser una carga para su corazón.
Antes de despedirnos, me acerqué para abrazarla y sentirla cerca, sentir su fragancia de mujer y conservarla en mis mejores recuerdos, pero ella no me lo permitió, me empujó bruscamente y yo me puse triste. No entendía por qué actuaba de esa forma tan cruel, quizá yo merecía lo peor del mundo, pero no su desprecio, solo quería hacerle entender que pese a no estar enamorado de ella sí la quiero, y la quiero demasiado, pero ella no lo entendía, me veía como un enemigo que intenta hacerle daño, y no era así, yo la quiero de verdad. Que lastima que hayamos terminado mal. Yo nunca quise que me odie, no quise su desprecio, solo la quise a ella y quería hacerla feliz, no pude y me arrepiento, me arrepiento del tiempo que le quité y del final que le regalé. Lo siento, lo siento de verdad Rozalyn Medina, lo siento por quererte como te quiero y por alejarme de ti. Discúlpame, y espero que algún día me puedas comprender.
sábado, 2 de octubre de 2010
El Facebook y sus consecuencias
No quiero tocar temas que afecten a nadie, pero es mejor desahogar toda la incomodidad que llevo dentro, y la única forma que encuentro es esta, escribiendo. Si alguien se siente afectado, pues deberá comprender lo que hago, así lo haga de manera arbitraria.
A veces mi tolerancia y mis ganas de establecerme en una realidad inexistente, y sentir que todo está bien aún sabiendo que no lo está, me lleva a una constante autodestrucción.
Hace unos días tuve un descontrol emocional, un disgusto que me gustó por sus consecuencias.
Un impertinente cometario generó entredichos en personas que era mejor mantenerlas distantes, pero lamentablemente se generó un enfrentamiento mediante mensajes inoportunos escritos por puro impulso. Todo comenzó por un comentario negligente de mi prima, un descuido tonto, quien comentó el estado de Facebook de Sandrita, mi ex enamorada, y yo, donde habíamos escrito de forma juguetona algunos pequeños cometarios inofensivos, el cual, mi prima, muy ingenua y tonta, malinterpretó, y luego comentó de forma ingenuamente venenosa una frase popular que dice: “donde hubo fuego… ”. Dicho comentario causó disgusto por parte del novio de Sandrita, a quien seguramente le incomodó todo lo escrito, desde mis comentarios juguetones hasta las respuestas cómplices de Sandrita, y, obviamente, la torpeza imperdonable de mi prima. Al ver todo lo escrito, quiso hacerse presente y, en consecuencia, comentó el estado de Facebook de Sandrita, pero su comentario fue desdeñoso, menospreciativo, humillador e indiferente.
Yo respondí de inmediato, diciendo: “lamento generarles problemas, lo siento, en serio. Espero que sean felices”, disculpándome por lo ocurrido y por el error que mi prima había cometido.
Luego se desencadenó una serie de entredichos y juramentos banales por parte de Sandrita, quien afirmaba querer a su chico, le juraba que lo quería solo a él, pero él, muy ofendido, denegó el estado de reconciliación y armonía, desconfiando del cariño de Sandrita, haciéndole un berrinche celópata por Facebook. (Ciertamente yo estaba de su parte(de parte del chico), yo tampoco creía que Sandrita sólo lo quisiera a él - lo dudo muy tajantemente -. Yo sé que ella aún me quiere, quizá en silencio y sin tanta intensidad como antes, pero aún me sigue queriendo. Quizá su cariño sea débil y escaso, pero me quiere. Un amor de años no se olvida tan pronto. Nuestra relación duró casi 4 años. Sé que si yo la necesitase en algún momento, ella acudiría a mí para ayudarme. Lo sé porque la conozco. Porque conozco la nobleza de su alma y he vivido los sentimientos que conserva en el corazón. Sé lo buena que es, y sé también que me guarda un cariño muy especial, por eso estoy seguro que me quiere, pero es mejor jurar que sólo lo quiere a él para no tener problemas.)
Después de leer la versión hecha por Sandrita asegurando que sólo lo quiere a él, el tipo escribió un mensaje refiriéndose a mí y al amor que le tuve a Sandrita, afirmando categóricamente y con excesiva seguridad que: “yo (él) he llenado a Sandrita de amor, cosa que tú nunca hiciste”. Al leer sus líneas no sabía si reírme o responderle, lo cierto es que me quedé perplejo frente al computador inundado de pensamientos nauseabundos. Desolado preferí no responder. Pensé que responderle sería como envilecerme. No quería ser parte de su juego. Si intentaba manipularme y creerse un tipo superior y prepotente, que se crea lo que quiera, no me interesa. Él quizá se siente muy halagado porque Sandrita le jura que lo quiere, pero ese cariño que Sandrita le dice tener, no se compara al interminable amor que sintió por mí, pues a mí me amó, y yo la amé más de lo que él podrá hacerlo, se lo aseguro. Pero preferí no comentarle porque a mí no me interesa convencerlo del cariño que Sandrita me tuvo o yo le tuve, me basta con que ella y yo sepamos que el amor que tuvimos fue real. Incomparable. Lo más tierno y embellecedor que nos ha podido pasar a tan corta edad. Por eso preferí mantener la educación y evitar que se genere más conflictos entre ellos.
Unas horas después, me percato que Sandrita borró todos los comentarios. Optó por lo más sabio, pienso. Hizo lo correcto.
PPor eso amé tanto a esa chica, me digo, porque sabe callar cuando es necesario, y sabe mostrar su cariño en momentos oportunos y, sobre todo, sabe decir palabras dulces y enternecer todo instante áspero y avinagrado con su prematura sabiduría adolescente. Sabe calmar las aguas turbias a base de dulzura y encanto, por eso amé tanto a esa chica, porque con hacer tan poco, hace mucho. Por eso la amé, porque en sus pequeños detalles está la grandeza de su amor.
A veces mi tolerancia y mis ganas de establecerme en una realidad inexistente, y sentir que todo está bien aún sabiendo que no lo está, me lleva a una constante autodestrucción.
Hace unos días tuve un descontrol emocional, un disgusto que me gustó por sus consecuencias.
Un impertinente cometario generó entredichos en personas que era mejor mantenerlas distantes, pero lamentablemente se generó un enfrentamiento mediante mensajes inoportunos escritos por puro impulso. Todo comenzó por un comentario negligente de mi prima, un descuido tonto, quien comentó el estado de Facebook de Sandrita, mi ex enamorada, y yo, donde habíamos escrito de forma juguetona algunos pequeños cometarios inofensivos, el cual, mi prima, muy ingenua y tonta, malinterpretó, y luego comentó de forma ingenuamente venenosa una frase popular que dice: “donde hubo fuego… ”. Dicho comentario causó disgusto por parte del novio de Sandrita, a quien seguramente le incomodó todo lo escrito, desde mis comentarios juguetones hasta las respuestas cómplices de Sandrita, y, obviamente, la torpeza imperdonable de mi prima. Al ver todo lo escrito, quiso hacerse presente y, en consecuencia, comentó el estado de Facebook de Sandrita, pero su comentario fue desdeñoso, menospreciativo, humillador e indiferente.
Yo respondí de inmediato, diciendo: “lamento generarles problemas, lo siento, en serio. Espero que sean felices”, disculpándome por lo ocurrido y por el error que mi prima había cometido.
Luego se desencadenó una serie de entredichos y juramentos banales por parte de Sandrita, quien afirmaba querer a su chico, le juraba que lo quería solo a él, pero él, muy ofendido, denegó el estado de reconciliación y armonía, desconfiando del cariño de Sandrita, haciéndole un berrinche celópata por Facebook. (Ciertamente yo estaba de su parte(de parte del chico), yo tampoco creía que Sandrita sólo lo quisiera a él - lo dudo muy tajantemente -. Yo sé que ella aún me quiere, quizá en silencio y sin tanta intensidad como antes, pero aún me sigue queriendo. Quizá su cariño sea débil y escaso, pero me quiere. Un amor de años no se olvida tan pronto. Nuestra relación duró casi 4 años. Sé que si yo la necesitase en algún momento, ella acudiría a mí para ayudarme. Lo sé porque la conozco. Porque conozco la nobleza de su alma y he vivido los sentimientos que conserva en el corazón. Sé lo buena que es, y sé también que me guarda un cariño muy especial, por eso estoy seguro que me quiere, pero es mejor jurar que sólo lo quiere a él para no tener problemas.)
Después de leer la versión hecha por Sandrita asegurando que sólo lo quiere a él, el tipo escribió un mensaje refiriéndose a mí y al amor que le tuve a Sandrita, afirmando categóricamente y con excesiva seguridad que: “yo (él) he llenado a Sandrita de amor, cosa que tú nunca hiciste”. Al leer sus líneas no sabía si reírme o responderle, lo cierto es que me quedé perplejo frente al computador inundado de pensamientos nauseabundos. Desolado preferí no responder. Pensé que responderle sería como envilecerme. No quería ser parte de su juego. Si intentaba manipularme y creerse un tipo superior y prepotente, que se crea lo que quiera, no me interesa. Él quizá se siente muy halagado porque Sandrita le jura que lo quiere, pero ese cariño que Sandrita le dice tener, no se compara al interminable amor que sintió por mí, pues a mí me amó, y yo la amé más de lo que él podrá hacerlo, se lo aseguro. Pero preferí no comentarle porque a mí no me interesa convencerlo del cariño que Sandrita me tuvo o yo le tuve, me basta con que ella y yo sepamos que el amor que tuvimos fue real. Incomparable. Lo más tierno y embellecedor que nos ha podido pasar a tan corta edad. Por eso preferí mantener la educación y evitar que se genere más conflictos entre ellos.
Unas horas después, me percato que Sandrita borró todos los comentarios. Optó por lo más sabio, pienso. Hizo lo correcto.
PPor eso amé tanto a esa chica, me digo, porque sabe callar cuando es necesario, y sabe mostrar su cariño en momentos oportunos y, sobre todo, sabe decir palabras dulces y enternecer todo instante áspero y avinagrado con su prematura sabiduría adolescente. Sabe calmar las aguas turbias a base de dulzura y encanto, por eso amé tanto a esa chica, porque con hacer tan poco, hace mucho. Por eso la amé, porque en sus pequeños detalles está la grandeza de su amor.
martes, 31 de agosto de 2010
A los 5 años
Mi infancia fue duradera y complicada. Me hicieron vivir de manera apresurada. Experimenté lo que, estoy seguro, nadie ha experimentado a tan corta edad.
A los 5 postulé para entrar al colegio. Aprobé el examen pero no ingresé por mi edad. Era muy niño. Necesariamente tenía que tener 6 años para iniciar la vida escolar.
A los 5 di mi primer besito en mi fiesta de cumpleaños. Un payaso me hizo jugar con una niña. Nos puso frente a frente, mirándonos. Puso una galleta en medio de nuestros labios y nos dijo: cuando yo cuente hasta tres, ustedes tienen que darle un besito a la galleta, el que lo hace primero, gana. Recuerdo que yo vestía con traje de marinerito, la niñita se llamaba fany y lucía un vestido turquesa.
El payaso puso música y luego contó: uno, dos… dos y medio. Y recuerdo que yo hice trampa porque pensé que ese dos y medio era tres y me acerqué a la galleta para darle besito y ganarle a la chica. El payaso me acusó de impaciente pero a mí ciertamente me daba igual. Luego dijo: esta vez sí contaré hasta 3 así que atentos. El payaso robó la atención de todas las personas de la fiesta y se concentraron en mí y en la chica.
Yo me mantenía con la mirada enfocada en la galleta y, seguramente, la chica también. El payaso contó: 1, 2 y… 3. La chica y yo nos acercamos rápidamente a la galleta y el payaso, tramposo, sacó la galleta del medio y la chica y yo nos dimos un besito a vista de todos los invitados de la fiesta, quienes disfrutaron con mucha simpatía aquel beso inesperado. Fue inevitable evitar el contacto de nuestros labios. Ese fue mi primer beso, accidentado y juguetón.
A los 5 años también iba a casa de mi madrina por la tardes. Iba a jugar con su sobrina y con su amiguito. Solíamos jugar a las escondidas. Yo siempre hacía que el niño cuente primero y nos busque. El niño tenía que contar hasta 10, pero parecía que contaba hasta 100 porque siempre se equivocaba y volvía a empezar de nuevo. Yo hacía trampa, era tramposo y un poquito travieso desde muy niño, yo le decía a la sobrina de mi madrina dónde escondernos. Le decía que se metiera al armario, ella me hacía caso y entraba obediente. Yo me hacía el tonto y entraba con ella. Nos escondíamos como dos personitas que intentan cometer un crimen. Un día nos escondimos demasiado tiempo. Yo intenté acercarme a ella para susurrarle algo al oído pero fue tanta la oscuridad que terminé por darle un besito. Luego de esa vez siempre nos escondíamos en el armario y nos dábamos besitos a escondidas. Éramos novios en secreto. Nadie sabía nuestro romance, ni nosotros mismos. Pero cuando entrábamos a ese armario nos comportábamos como amantes de toda la vida.
A los 5 también experimenté otras cosas. Tuve mi primera vez. Recuerdo que fui al estadio con mi papá y sus amigos, jugaba la “U” vs Sport Boys. Yo no sabía el nombre de los jugadores, excepto de uno, de mi ídolo, del goleador: Roberto Martínez. Yo quería ser como él cuando creciera. Quería ser el goleador de la “U” y que mi nombre sea coreado por miles de hinchas. Imaginaba hacer un gol de chalaca al último minuto de un partido y salir campeón del Perú con Universitario de Deportes.
¡Es tan fácil soñar de niño¡ El partido estaba emocionante, pero como yo no sabía los nombres de los jugadores me aburrí rapidito y le dije a mi papá: papi, tengo sed, cómprame algo. Mi papá me dijo que me compraría en el entretiempo, pero yo me moría de sed e insistí. Lastimosamente no había ningún vendedor cerca y yo moría de sed. Mi papá se compadeció de mí y me dijo: prueba un poquito. Invitándome su lata de cerveza Cusqueña. Como yo no sabía que la cerveza amargaba tomé un sorbito considerable. Después me lamenté porque ese líquido me raspó la garganta y, además, sabía amargo.
Al poco rato no podía caminar con firmeza y mis piernitas se sentían débiles y trémulas. Me dio sueño inexplicablemente y no podía mantenerme en pie. El trago había dado efecto. Estaba borrachito. Caminaba zigzagueante. Mi papá se burlaba de mí y sus amigos también. Yo los miraba ingenuamente y ellos disfrutaban verme mareado.
A los 5 años yo le gustaba a dos chicas del jardín que eran primas. Siempre le pegaban a mi amigo porque él me molestaba con las 2 y ambas se avergonzaban. A mí me gustaba una de ellas. Recuerdo que yo las miraba desde lejos y disfrutaba verlas jugar en el recreo. Solían mecerse en los columpios.
Mis días favoritos eran cuando iban con vestido y se subían a los columpios. Yo las miraba atento desde lejos y las chicas se mecían con tal velocidad que, sin querer, les veía su calzoncito blanquito o rosadito, en ocasiones amarillo, siempre colores claros. Adoraba ese instante fugaz de placer. Me encantaba verles su ropita interior. A veces le rogaba a Diosito que mandara vientos fuertes para que agite las faldas de las chicas.
Yo, en ese entonces, no entendía por qué cada vez que las veía, algo se despertaba en mi entrepierna. Era como un ser que tomaba firmeza sin que yo se lo ordenara. A veces me causaba problemas porque se despertaba sin mi permiso y cuando me paraba para caminar, se me veía un bultito en la parte baja.
Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos años, pero sin duda, guardo esos recuerdos con un absoluto cariño. Fueron momentos especiales. Considerando, claro, que no todos los niños tenemos el privilegio de verle el calzoncito a nuestras amigas.
A los 5 postulé para entrar al colegio. Aprobé el examen pero no ingresé por mi edad. Era muy niño. Necesariamente tenía que tener 6 años para iniciar la vida escolar.
A los 5 di mi primer besito en mi fiesta de cumpleaños. Un payaso me hizo jugar con una niña. Nos puso frente a frente, mirándonos. Puso una galleta en medio de nuestros labios y nos dijo: cuando yo cuente hasta tres, ustedes tienen que darle un besito a la galleta, el que lo hace primero, gana. Recuerdo que yo vestía con traje de marinerito, la niñita se llamaba fany y lucía un vestido turquesa.
El payaso puso música y luego contó: uno, dos… dos y medio. Y recuerdo que yo hice trampa porque pensé que ese dos y medio era tres y me acerqué a la galleta para darle besito y ganarle a la chica. El payaso me acusó de impaciente pero a mí ciertamente me daba igual. Luego dijo: esta vez sí contaré hasta 3 así que atentos. El payaso robó la atención de todas las personas de la fiesta y se concentraron en mí y en la chica.
Yo me mantenía con la mirada enfocada en la galleta y, seguramente, la chica también. El payaso contó: 1, 2 y… 3. La chica y yo nos acercamos rápidamente a la galleta y el payaso, tramposo, sacó la galleta del medio y la chica y yo nos dimos un besito a vista de todos los invitados de la fiesta, quienes disfrutaron con mucha simpatía aquel beso inesperado. Fue inevitable evitar el contacto de nuestros labios. Ese fue mi primer beso, accidentado y juguetón.
A los 5 años también iba a casa de mi madrina por la tardes. Iba a jugar con su sobrina y con su amiguito. Solíamos jugar a las escondidas. Yo siempre hacía que el niño cuente primero y nos busque. El niño tenía que contar hasta 10, pero parecía que contaba hasta 100 porque siempre se equivocaba y volvía a empezar de nuevo. Yo hacía trampa, era tramposo y un poquito travieso desde muy niño, yo le decía a la sobrina de mi madrina dónde escondernos. Le decía que se metiera al armario, ella me hacía caso y entraba obediente. Yo me hacía el tonto y entraba con ella. Nos escondíamos como dos personitas que intentan cometer un crimen. Un día nos escondimos demasiado tiempo. Yo intenté acercarme a ella para susurrarle algo al oído pero fue tanta la oscuridad que terminé por darle un besito. Luego de esa vez siempre nos escondíamos en el armario y nos dábamos besitos a escondidas. Éramos novios en secreto. Nadie sabía nuestro romance, ni nosotros mismos. Pero cuando entrábamos a ese armario nos comportábamos como amantes de toda la vida.
A los 5 también experimenté otras cosas. Tuve mi primera vez. Recuerdo que fui al estadio con mi papá y sus amigos, jugaba la “U” vs Sport Boys. Yo no sabía el nombre de los jugadores, excepto de uno, de mi ídolo, del goleador: Roberto Martínez. Yo quería ser como él cuando creciera. Quería ser el goleador de la “U” y que mi nombre sea coreado por miles de hinchas. Imaginaba hacer un gol de chalaca al último minuto de un partido y salir campeón del Perú con Universitario de Deportes.
¡Es tan fácil soñar de niño¡ El partido estaba emocionante, pero como yo no sabía los nombres de los jugadores me aburrí rapidito y le dije a mi papá: papi, tengo sed, cómprame algo. Mi papá me dijo que me compraría en el entretiempo, pero yo me moría de sed e insistí. Lastimosamente no había ningún vendedor cerca y yo moría de sed. Mi papá se compadeció de mí y me dijo: prueba un poquito. Invitándome su lata de cerveza Cusqueña. Como yo no sabía que la cerveza amargaba tomé un sorbito considerable. Después me lamenté porque ese líquido me raspó la garganta y, además, sabía amargo.
Al poco rato no podía caminar con firmeza y mis piernitas se sentían débiles y trémulas. Me dio sueño inexplicablemente y no podía mantenerme en pie. El trago había dado efecto. Estaba borrachito. Caminaba zigzagueante. Mi papá se burlaba de mí y sus amigos también. Yo los miraba ingenuamente y ellos disfrutaban verme mareado.
A los 5 años yo le gustaba a dos chicas del jardín que eran primas. Siempre le pegaban a mi amigo porque él me molestaba con las 2 y ambas se avergonzaban. A mí me gustaba una de ellas. Recuerdo que yo las miraba desde lejos y disfrutaba verlas jugar en el recreo. Solían mecerse en los columpios.
Mis días favoritos eran cuando iban con vestido y se subían a los columpios. Yo las miraba atento desde lejos y las chicas se mecían con tal velocidad que, sin querer, les veía su calzoncito blanquito o rosadito, en ocasiones amarillo, siempre colores claros. Adoraba ese instante fugaz de placer. Me encantaba verles su ropita interior. A veces le rogaba a Diosito que mandara vientos fuertes para que agite las faldas de las chicas.
Yo, en ese entonces, no entendía por qué cada vez que las veía, algo se despertaba en mi entrepierna. Era como un ser que tomaba firmeza sin que yo se lo ordenara. A veces me causaba problemas porque se despertaba sin mi permiso y cuando me paraba para caminar, se me veía un bultito en la parte baja.
Ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos años, pero sin duda, guardo esos recuerdos con un absoluto cariño. Fueron momentos especiales. Considerando, claro, que no todos los niños tenemos el privilegio de verle el calzoncito a nuestras amigas.



